Martín y Candela eran dos hermanos rubios que vivían en un bonito piso en Madrid, la ciudad llena de vida y colores. Cada mañana, cuando el sol asomaba tímidamente por las ventanas, ellos se despertaban con una sonrisa porque sabían que tenían un día lleno de aventuras esperándolos en el cole. Su mamá y su mami siempre les preparaban un desayuno delicioso: pan con miel, un poquito de leche tibia y frutas dulces. Después de comer, los abrazaban fuerte, les deseaban un buen día y los acompañaban hasta la puerta para que fueran a la escuela, donde se portaban siempre muy bien.
Martín tenía seis años y Candela tenía cuatro, y aunque eran diferentes en algunas cosas, como en sus juegos favoritos—él amaba jugar a los dinosaurios y a la pelota, mientras que ella prefería los muñecos y pintar—, siempre compartían todo, desde sus risas hasta sus sueños. Lo que más les gustaba era imaginar que en Madrid, detrás de aquellos altos edificios y calles llenas de coches, había un mundo secreto de princesas y castillos mágicos, donde ellos podían ser héroes y guardianes de la ciudad.
Una tarde, después de la escuela, mientras caminaban de regreso a casa con su mamá y su mami, Martín miró hacia un parque cercano y le susurró a Candela:
—¿Sabes? Creo que hoy es un día especial. ¿Te imaginas que encontramos una princesa? Pero no una princesa cualquiera, una princesa que necesita nuestra ayuda.
Candela se iluminó con esa idea y apretó la mano de su hermano:
—¡Vamos a buscarla! Seguro está escondida en algún árbol o en ese castillo de arena que hicieron otros niños.
Su mamá sonrió al verlos tan emocionados y les dijo:
—Si encuentran a esa princesa, cuéntenme todo, ¿vale? Siempre les encanta usar la imaginación.
Los cuatro llegaron al parque, y Martín y Candela comenzaron a investigar con ojos de exploradores. Miraron bajo los arbustos, se sentaron en los bancos para imaginar historias y hasta usaron palitos para dibujar castillos en la tierra. De repente, Candela divisó algo brillante entre las hojas de un árbol grande.
—¡Mira, Martín! ¡Es una varita mágica! —exclamó mientras la recogía con cuidado.
Martín la tomó y observó:
—Es de verdad. Tiene una estrella en la punta que brilla con la luz del sol. ¿Crees que es de una princesa?
Justo en ese momento, apareció un perrito pequeño, blanco y con manchas doradas, que empezó a ladrar alegremente y a correr alrededor de ellos. Candela y Martín se rieron y acariciaron al perrito, que parecía querer jugar.
—¡Hola, amiguito! —dijo Candela— ¿Eres el guardián de la varita?
Martín imaginó que el perrito podría ser el amigo especial de esa princesa mágica que estaban buscando. De pronto, el animalito comenzó a correr hacia un rincón del parque, donde había un banco antiguo y unas flores muy bonitas.
Los niños, curiosos, lo siguieron. Cuando llegaron, vieron algo que parecía un libro grande y antiguo junto a una caja dorada con dibujos de coronas y castillos. La mamá de Martín y Candela se acercó y preguntó:
—¿Qué han encontrado, pequeños?
Candela abrió cuidadosamente la caja y de ella salió una carta escrita con letras doradas. Martín leyó en voz alta:
“Queridos guardianes de la varita, hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivió una niña llamada Estrella. Ella era una princesa que cuidaba de todos los animales y flores con mucho amor. Pero un día, un hechizo hizo que desapareciera y solo su varita mágica quedó aquí, en la Ciudad del Amor. Si leen esto, significa que son los elegidos para ayudarla a volver.”
Los dos hermanos se miraron con ojos brillantes de emoción. ¿Serían ellos, Martín y Candela, los guardianes que la princesa Estrella esperaba? Su mami, que adoraba los cuentos de princesas tanto como ellos, les dijo con voz suave:
—Queridos, a veces, en la vida real, podemos ser princesas y príncipes ayudando con amor y cuidado a quienes nos rodean. ¿Quieren intentarlo?
Martín y Candela asintieron con fuerza. Decidieron entonces que cuidarían juntos de todo lo que vieron en el parque aquel día, como si fueran guardianes mágicos.
Los días siguientes, jugaron mucho en el parque. Martín aprendió a hablar con las ardillas y Candela cuidaba de las flores para que no se marchitaran. Todo parecía mágico y real a la vez. En el cole, contaban a sus amigos y maestros sobre la princesa Estrella y cómo estaban ayudando a que volviera con su varita.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.