Cuentos de Terror

El Bosque de las Sombras

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez cinco amigos inseparables: Juan, María, Pablo, Laura y Sergio. Todos tenían once años y vivían en un pequeño pueblo rodeado por un extenso bosque llamado “El Bosque de las Sombras”. La leyenda decía que en ese lugar sucedían cosas extrañas, pero los adultos siempre les decían que no eran más que cuentos para asustar a los niños. Sin embargo, ninguno de los cinco podía resistirse a la tentación de explorar lo desconocido.

Una noche de luna llena, después de una larga semana de clases, decidieron aventurarse en el bosque. Al principio, todo parecía normal: el aire fresco y el crujido de las hojas bajo sus pies les daban una sensación de aventura. Pero a medida que avanzaban más y más profundo, las sombras parecían hacerse más grandes, y el ambiente comenzó a tornarse inquietante.

«Esto no me gusta,» dijo María, siempre la más cautelosa del grupo.

«Vamos, no seas miedosa,» le respondió Juan, el más valiente. «No hay nada aquí más que árboles y animales.»

Pero en el fondo, todos sabían que algo no estaba bien. Los árboles parecían moverse a su alrededor, y cada sonido del bosque resonaba como un susurro siniestro.

Después de caminar durante un buen rato, llegaron a un claro en el que se alzaba una vieja cabaña de madera. Estaba abandonada, con las ventanas rotas y la puerta colgando de una bisagra. Era el lugar perfecto para pasar un rato de susto.

«¿Entramos?» preguntó Pablo, con una sonrisa que no parecía del todo sincera.

«Claro,» respondió Sergio, el más callado del grupo, quien siempre tenía una mirada seria y fría. «No hemos venido hasta aquí para quedarnos afuera.»

Laura dudó por un momento, pero no quiso parecer la única que tenía miedo, así que asintió y todos avanzaron hacia la cabaña.

Al entrar, el lugar olía a moho y polvo. La luz de la luna apenas iluminaba el interior, pero pudieron ver un viejo sofá raído, una mesa cubierta de telarañas y algunas velas apagadas. Lo más curioso era una serie de cuadros en las paredes, retratando a personas desconocidas, todas con expresiones sombrías.

Mientras exploraban, Sergio se quedó atrás, mirando un rincón oscuro de la habitación. Algo en sus ojos parecía distinto, pero los demás no lo notaron. De repente, un fuerte golpe se escuchó desde la parte superior de la cabaña, como si algo hubiera caído en el piso de arriba.

«¡¿Qué fue eso?!» gritó Laura, sobresaltada.

«Debe ser el viento,» intentó calmarla Pablo, aunque su propia voz temblaba.

«Vamos a ver,» dijo Juan, decidido a no dejar que el miedo los controlara.

Subieron las escaleras con cautela, cada uno más nervioso que el anterior. Al llegar al piso superior, se encontraron con una pequeña habitación vacía, salvo por una cama vieja cubierta de polvo y una ventana que daba al bosque. La habitación estaba tan tranquila que era imposible que algo hubiera causado aquel ruido. Sin embargo, la sensación de que no estaban solos persistía.

De repente, la puerta se cerró de golpe detrás de ellos, atrapándolos en la habitación. María gritó y corrió hacia la puerta, intentando abrirla, pero estaba bloqueada.

«¡Estamos atrapados!» exclamó Pablo, intentando forzar la puerta.

«Tranquilos, debe haber una explicación,» dijo Juan, aunque en su interior comenzaba a sentir el miedo arrastrarse por su piel.

En ese momento, Sergio se apartó del grupo y se dirigió hacia la ventana. «Tal vez haya otra salida,» murmuró, sin mirar a nadie.

Laura, que había estado observándolo en silencio, notó algo extraño en su comportamiento. Desde que habían entrado en el bosque, Sergio no había hablado mucho, y su expresión era más fría de lo normal. Un escalofrío recorrió su espalda.

«¿Estás bien, Sergio?» preguntó con cautela, pero él no respondió.

De repente, las velas en la cabaña comenzaron a encenderse solas, iluminando la habitación con una luz temblorosa. Los cinco amigos se miraron, aterrorizados, mientras una risa suave pero escalofriante resonaba en el aire.

«¿Qué está pasando?» gritó María, ahora completamente aterrada.

«Esto no es normal,» murmuró Juan, tratando de mantener la calma.

Y entonces, sin previo aviso, Sergio dio un paso adelante, sus ojos brillando con una luz extraña. «Nunca debieron haber venido aquí,» dijo, su voz más baja y profunda de lo habitual.

Los demás lo miraron, sin entender. «¿De qué estás hablando, Sergio?» preguntó Pablo, retrocediendo.

«Este lugar… siempre ha sido mío,» respondió Sergio, su rostro transformándose en una mueca siniestra. «Y ahora, ustedes también lo serán.»

La habitación pareció cerrarse sobre ellos, el aire se volvía más denso, y las sombras en las paredes comenzaban a moverse como si tuvieran vida propia.

Laura fue la primera en comprenderlo. «¡Sergio… tú… eres tú!» tartamudeó, incapaz de completar la frase. El horror en su rostro era suficiente para que los demás comenzaran a unir las piezas del macabro rompecabezas.

El rostro de Sergio se deformaba ante sus ojos, ya no era el chico callado que conocían. Una maldad antigua se reflejaba en su mirada, y su sonrisa era perturbadoramente fría. «¿No lo ves, Laura?» dijo, caminando lentamente hacia ella. «Desde el principio, este bosque nos llamó. A mí me eligió, me habló… me enseñó lo que realmente soy.»

Los demás retrocedieron, arrinconándose contra la pared. La situación era cada vez más aterradora, y la sensación de peligro inminente crecía con cada palabra que Sergio pronunciaba. «Sergio, esto no tiene sentido,» intentó razonar Juan, pero sus palabras se sentían vacías, como si la realidad que conocían estuviera desmoronándose.

«Siempre fui diferente,» continuó Sergio, ignorando el pánico en los rostros de sus amigos. «El bosque me mostró mi verdadera naturaleza. Aquí, soy fuerte… aquí, puedo ser libre.» Las sombras a su alrededor comenzaron a moverse como si fueran extensiones de él, serpenteando por la habitación y envolviendo a los demás en una oscuridad fría y densa.

Laura intentó correr, pero las sombras se deslizaron rápidamente por el suelo y atraparon sus pies. «¡No! ¡Esto no está pasando!» gritó, luchando por liberarse, pero la fuerza que la retenía era demasiado poderosa.

«¡Déjala en paz!» gritó Pablo, dando un paso adelante. Sin embargo, una sombra lo alcanzó también, sujetándolo de los brazos y empujándolo hacia atrás con tal fuerza que cayó al suelo.

Sergio se rió, una risa aguda y perturbadora. «Nadie saldrá de aquí. Este es nuestro destino.»

María, que hasta entonces había estado en estado de shock, finalmente reaccionó. «¡Tenemos que hacer algo!» gritó, buscando desesperadamente una manera de escapar. Su mirada se posó en las velas que habían encendido solas. «¡Las velas! Si las apagamos, tal vez podamos detenerlo.»

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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