Cuentos de Terror

El Duende de la Noche

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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En un pequeño pueblo, donde las sombras danzaban con la luz de la luna, vivía una chica llamada Vania. Era una adolescente de 11 años, valiente y curiosa, que disfrutaba de explorar su entorno y descubrir nuevos misterios. Sin embargo, había algo que la inquietaba: las historias que circulaban entre los vecinos sobre un duende que merodeaba por la zona.

Una noche, después de una larga jornada, Vania se encontraba en la cocina lavando los platos. La casa estaba en silencio, y el único sonido que se escuchaba era el goteo del grifo. La luz de la bombilla parpadeaba, creando sombras que se movían por las paredes. A medida que el reloj marcaba la hora, Vania sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero se dijo a sí misma que no había razón para tener miedo.

Mientras lavaba, de repente escuchó un ruido extraño, como un susurro que parecía provenir del pasillo. Vania se detuvo y miró hacia la oscuridad, pero no vio nada. Sin embargo, su corazón comenzó a latir con más fuerza. “Solo es mi imaginación”, se dijo. Pero al seguir lavando, el ruido volvió a escucharse, esta vez más cerca.

“¡Es solo el viento!”, intentó convencerse. Sin embargo, su intuición le decía que había algo más. Al girarse, Vania vio una pequeña figura en la esquina de la cocina: un duende, con piel verde y ojos brillantes, que la observaba con una sonrisa traviesa.

—¡Hola, Vania! —dijo el duende, acercándose con pasos ligeros—. Soy Brin, el duende de la noche. ¡He venido a jugar!

Vania sintió que su estómago se encogía de miedo. “¿Jugar? ¿Por qué estás aquí?” preguntó, tratando de mantener la calma.

Brin soltó una risa burlona. “Porque los humanos son tan divertidos, especialmente cuando tienen miedo. ¿Vas a gritar?” preguntó, moviéndose de un lado a otro.

“¡No!” exclamó Vania, aunque en su interior sentía un torbellino de emociones. “No quiero jugar. ¡Vete de aquí!”.

Brin hizo un gesto de desdén. “Pero eso sería aburrido. Quiero que te diviertas. Vamos, dame un poco de tu miedo, y te prometo que te dejaré en paz”.

En ese instante, Vania recordó las historias que le había contado su amiga Brunella sobre cómo lidiar con criaturas mágicas. “No te tengo miedo”, le dijo con más firmeza de la que sentía. “No puedes asustarme”.

El duende se detuvo por un momento, sorprendido por su respuesta. “¡Eso no es posible! Todos sienten miedo. ¿Por qué no lo muestras?”.

Vania decidió que no iba a dejar que Brin la intimidara. “Mira, solo quiero seguir con mi noche. Así que, si no te importa, vete”, le dijo, cruzando los brazos.

Brin frunció el ceño, y su sonrisa se desvaneció. “Está bien, pero no te dejaré tranquila. Volveré cuando menos lo esperes”, advirtió mientras desaparecía en una nube de humo.

Vania respiró aliviada, pero el ambiente seguía tenso. Sabía que tenía que contarle a Brunella lo que había sucedido. Su mejor amiga siempre tenía buenos consejos para situaciones extrañas como esa.

Esa noche, Vania no pudo dormir. Las palabras del duende resonaban en su cabeza. “¿Volverá de verdad?”, pensaba, mientras las sombras parecían cobrar vida en su habitación. Finalmente, al amanecer, decidió que era hora de buscar a Brunella.

Cuando llegó a casa de su amiga, encontró a Brunella jugando con algunos muñecos en el jardín. “¡Brunella! Necesito tu ayuda. ¡Vi a un duende anoche!”, exclamó Vania, ansiosa.

Brunella la miró con ojos grandes. “¿Un duende? ¡Eso suena increíble y aterrador! ¿Qué te dijo?”, preguntó, emocionada pero también preocupada.

“Me dijo que volvería y que quería jugar. Pero no quiero jugar, ¡quiero que me deje en paz!”, contestó Vania, sintiendo cómo su corazón se aceleraba al recordar el encuentro.

Brunella pensó por un momento. “Los duendes suelen ser traviesos, pero si lo enfrentas con valentía, podrías deshacerte de él. Pero, ¿estás segura de que quieres intentarlo?”.

“Sí, no puedo dejar que me asuste. Necesito saber cómo hacer que se vaya”, respondió Vania, decidida.

Las dos amigas se sentaron en el jardín y comenzaron a planear cómo confrontar al duende. Brunella sugirió hacer un pequeño ritual para protegerse. Juntas, recogieron algunas flores y hojas de diferentes colores y las colocaron en un círculo en el suelo. “Esto es para atraer la buena energía y mantener alejados a los espíritus traviesos”, explicó Brunella.

Mientras trabajaban, Vania sintió que su valentía crecía. No podía dejar que Brin controlara su vida. Cuando cayó la noche, se prepararon para el encuentro.

—Recuerda, no muestres miedo. Si aparece, míralo a los ojos y sé firme —le dijo Brunella mientras se acomodaban en el jardín, listas para enfrentar cualquier cosa.

En ese momento, las luces del patio comenzaron a parpadear, y una brisa fría sopló a través del aire. Vania y Brunella se miraron, y sus corazones latían con fuerza. “¡Aquí viene!”, susurró Brunella.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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