Era una noche mágica y espeluznante. El viento soplaba suavemente, haciendo que las hojas de los árboles susurraran secretos. En el colegio de la ciudad, los niños estaban emocionados porque se acercaba Halloween, la noche en la que todo podía pasar y los monstruos y fantasmas parecían cobrar vida.
Los mejores amigos, Tomás, Sofía y Lucas, se preparaban para la fiesta de Halloween que tendría lugar en su colegio. Cada uno de ellos había elegido un disfraz especial. Tomás se había decidido por un disfraz de fantasma, con una sábana blanca que arrastraba por el suelo. Sofía se había transformado en una encantadora bruja, con su sombrero puntiagudo y una escoba mágica que había hecho con su padre. Lucas, por su parte, había optado por el clásico disfraz de vampiro, con colmillos y una capa oscura que lo hacía ver muy misterioso.
—¡No puedo esperar a la fiesta! —exclamó Tomás, mientras se miraba en el espejo, tratando de ajustar su disfraz.
—¡Yo tampoco! —respondió Sofía, mientras se arreglaba el cabello—. He oído que van a tener juegos, dulces y un concurso de disfraces. ¡Quiero ganar!
Lucas sonrió, mientras se ajustaba la capa.
—No se olviden del pasillo oscuro. Dicen que está encantado —dijo, con una voz baja y misteriosa.
Los tres amigos se miraron, sintiendo un escalofrío recorrerles la espalda. Habían oído historias sobre el pasillo oscuro del colegio, un lugar al que pocos se atrevían a ir. Las leyendas hablaban de un fantasma que rondaba por ahí, buscando su tesoro perdido.
A medida que caía la noche, los niños se dirigieron al colegio, llenos de emoción y un poco de nervios. Cuando llegaron, la escuela estaba decorada con telarañas, calabazas iluminadas y figuras de cartón de monstruos que parecían cobrar vida. Las risas y gritos de los niños llenaban el aire, creando una atmósfera festiva.
—¡Mira eso! —señaló Sofía a una mesa llena de dulces y golosinas—. ¡Vamos a llenar nuestras bolsas!
Los amigos corrieron hacia la mesa, llenando sus bolsas con caramelos de todos los colores y formas. Justo cuando estaban a punto de salir, un maestro disfrazado de monstruo se acercó a ellos.
—¡Hey, pequeños monstruos! ¡No olviden participar en el concurso de disfraces! ¡Habrá un gran premio para el mejor disfraz! —gritó con voz grave.
—¡Sí, claro! —respondió Tomás, mientras se reía.
Después de disfrutar de los dulces, los amigos decidieron que era hora de explorar el colegio y ver qué más había. Recordaron el pasillo oscuro y la curiosidad comenzó a crecer en ellos.
—¿Y si vamos a investigar? —sugirió Lucas, con una sonrisa traviesa.
—¡Vamos! —exclamó Sofía, emocionada y un poco asustada a la vez.
Con valentía, se dirigieron hacia el pasillo oscuro. A medida que se acercaban, la luz comenzaba a desvanecerse y el aire se sentía más frío. Los tres amigos se tomaron de la mano, y Tomás, el más atrevido, abrió la puerta.
Al entrar, todo se volvió oscuro. Las sombras danzaban a su alrededor, y el silencio era profundo. Sofía sacó su linterna y la encendió, iluminando el pasillo.
—¡Mira! —dijo Sofía, apuntando hacia las paredes—. Hay dibujos extraños.
Los dibujos eran de criaturas fantásticas, brujas, fantasmas y calaveras, todos bailando juntos. Los niños sintieron que el pasillo cobraba vida ante sus ojos.
De repente, escucharon un sonido extraño. Era como un susurro que venía de la esquina más oscura del pasillo.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lucas, asustado.
—No sé, pero vamos a averiguarlo —dijo Tomás, sintiéndose valiente.
Los tres se acercaron lentamente, iluminando con la linterna. En ese momento, una figura apareció frente a ellos: era un fantasma, pero no un fantasma aterrador. Tenía una cara amable y una sonrisa amplia.
—¡Hola, niños! —dijo el fantasma, agitándoles con la mano—. Soy el espíritu del pasillo. Bienvenidos a mi hogar.
Los amigos se quedaron boquiabiertos. Nunca habían visto a un fantasma tan amistoso.
—¿Eres un fantasma de verdad? —preguntó Sofía, parpadeando.
—¡Sí! He estado aquí por mucho tiempo, esperando a que alguien viniera a jugar —respondió el fantasma, riendo suavemente—. Me encanta Halloween porque es la única noche del año en que los niños vienen a visitar.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Tomás, curioso.
—¡Claro! —dijo el fantasma, acercándose un poco más.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Tomás, sintiéndose cada vez más intrigado.
—Estoy aquí porque me perdí en un juego hace mucho tiempo. Pero cada Halloween, los niños vienen a jugar y me cuentan historias. ¡Eso me hace sentir feliz! —dijo el fantasma, sonriendo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.