Ethan siempre había sido un niño curioso, con una imaginación desbordante que a menudo lo metía en problemas. Una tarde de otoño, mientras paseaba por el bosque cercano a su casa, descubrió una antigua mansión abandonada. Las ventanas rotas y las paredes cubiertas de hiedra le dieron la bienvenida a un lugar que parecía sacado de un cuento de terror.
Intrigado, Ethan decidió explorar. Al cruzar la verja oxidada, sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero la emoción de la aventura era más fuerte que el miedo. Se acercó a la puerta principal y, con un crujido ominoso, esta se abrió ante él.
El interior de la mansión estaba cubierto de polvo y telarañas. La luz del sol apenas lograba filtrarse a través de las cortinas raídas, creando sombras inquietantes en las paredes. Mientras avanzaba, Ethan escuchó un murmullo distante, como si la casa estuviera susurrando secretos antiguos.
«Ethan…», susurró una voz suave y etérea. El niño se detuvo en seco, con el corazón latiendo a toda velocidad.
«¿Quién está ahí?», preguntó, tratando de mantener la calma. Pero no hubo respuesta. Solo el eco de su propia voz resonando en el vasto y oscuro vestíbulo.
Decidido a descubrir el origen de los susurros, Ethan se adentró más en la mansión. Cada paso hacía crujir el suelo bajo sus pies, y las sombras parecían moverse con vida propia. Subió una escalera que conducía a un largo pasillo lleno de puertas cerradas. Una en particular llamó su atención; una puerta de madera oscura con una manija de hierro forjado que parecía estar llamándolo.
La puerta se abrió con un chirrido espeluznante, revelando una habitación pequeña y fría. En el centro había un espejo antiguo con un marco dorado. Ethan se acercó y, al mirarse en el espejo, notó algo extraño: su reflejo no solo lo mostraba a él, sino también a una figura oscura de pie detrás de él.
Se dio la vuelta de inmediato, pero no había nadie. El sudor frío comenzó a formarse en su frente mientras volvía a mirar el espejo. La figura oscura seguía allí, más cerca ahora, con ojos que parecían pozos sin fondo.
«Sal de aquí…», susurró la figura en el espejo con una voz cavernosa y distorsionada. Ethan sintió que las piernas le fallaban, pero logró reunir el coraje suficiente para salir corriendo de la habitación.
Corrió por el pasillo, bajó las escaleras y salió de la mansión sin mirar atrás. Sin embargo, cuando llegó a la verja, se dio cuenta de que algo no estaba bien. El paisaje había cambiado; el bosque se veía más oscuro y las sombras más largas. Era como si hubiera entrado en otro mundo.
Desesperado, Ethan intentó regresar por el mismo camino que había tomado, pero todo parecía diferente. El bosque lo envolvía con sus ramas retorcidas y susurros inquietantes. Sentía que estaba siendo observado, que los árboles mismos tenían ojos.
Después de lo que parecieron horas de vagar, Ethan encontró un claro donde una antigua fuente de piedra se alzaba en medio del bosque. La fuente estaba seca, pero en su base había inscripciones en un idioma que no podía entender. Sintió un impulso irresistible de tocar las inscripciones, y cuando lo hizo, una visión lo golpeó con fuerza.
Vio a un hombre anciano, un antiguo dueño de la mansión, que había hecho un pacto oscuro para obtener conocimiento prohibido. A cambio, su alma y la de todos los que entraran en la mansión quedarían atrapadas para siempre, condenadas a vagar entre el mundo de los vivos y los muertos.
Ethan retrocedió horrorizado, pero la visión no terminó. Vio a niños anteriores, como él, atrapados en el limbo, sus rostros llenos de desesperación. Comprendió que estaba en peligro y que debía encontrar una manera de romper la maldición.
Recordando las historias que su abuela le había contado sobre la magia antigua y las maldiciones, Ethan sabía que debía encontrar un objeto específico que contuviera el poder del pacto: un amuleto escondido en algún lugar de la mansión. Con renovada determinación, volvió sobre sus pasos, dispuesto a enfrentar sus miedos.
Regresó a la mansión y buscó en cada rincón hasta que finalmente encontró una pequeña caja de madera escondida en una chimenea. Dentro de la caja había un amuleto de obsidiana con inscripciones similares a las de la fuente.
Ethan sintió una oleada de esperanza. Sabía que debía destruir el amuleto para liberar las almas atrapadas. Salió de la mansión y, con todas sus fuerzas, lanzó el amuleto contra una roca, rompiéndolo en pedazos.
De inmediato, un grito ensordecedor resonó por el bosque, y las sombras comenzaron a desvanecerse. Ethan sintió una energía poderosa a su alrededor, como si el mundo estuviera reajustándose. El bosque recuperó su apariencia normal, y la mansión comenzó a desmoronarse.
Ethan, exhausto pero aliviado, se dirigió a su casa. Al cruzar la puerta, miró hacia atrás una última vez y vio cómo la mansión desaparecía, llevándose consigo los ecos de las almas liberadas.
A partir de ese día, Ethan nunca volvió a ser el mismo. Había enfrentado sus miedos y sobrevivido a una experiencia que pocos podrían comprender. Aunque seguía siendo un niño curioso, aprendió a respetar los límites de lo desconocido y a valorar la vida que tenía.
Y cada vez que pasaba por el bosque, sentía una presencia amistosa, como si las almas liberadas lo cuidaran, agradecidas por su valentía.
Fin
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.