Cuentos de Terror

La Monja de la Oscuridad

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una casa antigua que todos los habitantes evitaban a toda costa. Era conocida como la Casa de la Monja de la Oscuridad. Ningún adulto se atrevía a hablar del lugar, pero entre los niños del pueblo, la casa era tema de conversación constante, llena de historias escalofriantes que se contaban en voz baja.

Clara, Guillermo y Valeria eran tres amigos inseparables. Tenían once años y, aunque les asustaba la idea de acercarse a la casa, su curiosidad era mucho más fuerte que el miedo. Habían oído rumores de que la casa estaba habitada por una monja misteriosa, una anciana que había sido testigo de algo tan horrible que la había vuelto completamente loca.

La abuela de Clara, que vivía con ella, siempre había sido una mujer amable y dulce, hasta que un día algo cambió. Comenzó a tener pesadillas recurrentes y a hablar de una sombra que la seguía. Clara la veía cada vez más distante y ausente, como si algo oscuro se apoderara lentamente de su mente.

Un día, la abuela de Clara desapareció. No dejó rastro alguno. Los padres de Clara intentaron tranquilizarla, diciendo que tal vez la abuela había salido a caminar y se había perdido, pero Clara sabía que algo terrible había sucedido. Recordó las historias sobre la Casa de la Monja de la Oscuridad y supo, en lo más profundo de su ser, que debía ir allí para encontrar respuestas.

Clara convenció a Guillermo y a Valeria de acompañarla. Los tres amigos se armaron de valor y, al caer la noche, se dirigieron a la temida casa. El viento soplaba fuerte, y las ramas de los árboles crujían como si intentaran advertirles del peligro. Al llegar, se encontraron con una puerta vieja y astillada. Valeria, que era la más valiente de los tres, empujó la puerta, que se abrió con un chirrido espeluznante.

El interior de la casa estaba en penumbras. Una sensación de frío intenso los envolvió en cuanto cruzaron el umbral. Las paredes estaban cubiertas de moho, y el suelo crujía bajo sus pies. A medida que avanzaban, comenzaron a oír un susurro suave, casi imperceptible, que venía de las profundidades de la casa.

“¿Estás seguro de que deberíamos estar aquí?” preguntó Guillermo, su voz temblando.

“No hay vuelta atrás ahora”, respondió Clara, con la determinación marcada en su rostro.

El susurro se hizo más fuerte a medida que se adentraban en la casa. Llegaron a una escalera que descendía a un sótano oscuro. Sin pensarlo dos veces, Clara comenzó a bajar, seguida por Guillermo y Valeria. Al llegar al fondo de la escalera, encontraron una puerta pequeña, entreabierta. El susurro provenía del otro lado.

Clara empujó la puerta, que se abrió con un crujido que resonó en todo el sótano. Dentro, encontraron una pequeña habitación iluminada por la luz de una vela parpadeante. Y allí, en el centro de la habitación, estaba la abuela de Clara. Pero algo estaba mal. Muy mal.

La abuela vestía un hábito de monja, su rostro estaba cubierto por una capucha, y en sus manos temblorosas sostenía un cuchillo afilado. Sus ojos, normalmente cálidos y amorosos, estaban vacíos, llenos de una oscuridad que Clara nunca había visto antes.

“Abuela…” susurró Clara, con la voz quebrada por el miedo y la tristeza.

La anciana levantó la cabeza y la miró. Sus labios se movieron, y de ellos salió una voz que no era la suya, una voz profunda y gutural que hizo que los tres niños retrocedieran de inmediato.

“No soy tu abuela, niña”, dijo la voz. “Ella se ha ido, y ahora la oscuridad me pertenece”.

Clara no entendía lo que estaba sucediendo, pero sabía que debía sacar a su abuela de allí. Sin embargo, la anciana no parecía querer irse. De repente, la vela se apagó, sumiéndolos en la oscuridad total. Un grito desgarrador resonó en la habitación, y el cuchillo brilló en la penumbra cuando la anciana se abalanzó hacia ellos.

Guillermo reaccionó rápido, empujando a Clara y a Valeria hacia la salida. Los tres corrieron como nunca antes lo habían hecho, subiendo las escaleras y atravesando la casa hasta llegar a la puerta de entrada. Detrás de ellos, la risa macabra de la monja resonaba, siguiéndolos hasta el último rincón.

Al salir al exterior, los niños se encontraron con una noche más oscura que antes. Sin detenerse a mirar atrás, corrieron hacia el pueblo, con la certeza de que algo terrible se había quedado atrás en la casa.

Cuando llegaron a casa de Clara, se encontraron con los padres de ella esperándolos en la puerta. Habían estado buscándolos desesperadamente. Clara intentó explicar lo que había sucedido, pero las palabras se le trababan en la garganta. Los padres de Clara miraron a sus amigos, pero ellos también estaban demasiado conmocionados para hablar.

Con el paso de los días, Clara comenzó a investigar la historia de la Casa de la Monja de la Oscuridad. Descubrió que la casa había pertenecido a una monja que, años atrás, había enloquecido después de presenciar la muerte de su familia en un trágico accidente. Se decía que la monja había sido encontrada días después, vagando por los alrededores de la casa, sosteniendo un cuchillo y murmurando sobre la oscuridad que la había consumido.

Los rumores decían que la monja nunca había abandonado la casa, y que su espíritu seguía atrapado allí, buscando desesperadamente una nueva víctima para poseer. Clara estaba convencida de que la oscuridad había encontrado a su abuela y se había apoderado de ella.

Los días pasaron, y aunque Clara nunca más volvió a ver a su abuela, la sensación de ser observada no la abandonaba. A menudo, en las noches más oscuras, Clara sentía una presencia en su habitación, una sombra que se movía en las esquinas, susurrando su nombre.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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