Cuentos de Terror

La Sombra del Laboratorio

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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En un rincón olvidado de la ciudad, donde las sombras se estiraban largas y los susurros del viento parecían contar secretos, se erguía una antigua mansión que había sido convertida en laboratorio muchos años atrás. La mansión, ahora laboratorio del Dr. Máximus, había sido el centro de innumerables historias y leyendas urbanas. Pepito, Juanito y Carlitos, tres amigos inseparables, siempre habían sentido una mezcla de curiosidad y temor hacia ese lugar.

Una tarde de octubre, cuando el cielo gris amenazaba con una tormenta, los tres amigos decidieron explorar el laboratorio. Su objetivo era simple: averiguar si las historias sobre experimentos extraños y criaturas misteriosas que contaban los adultos eran verdaderas.

Al llegar, la puerta principal chirrió al abrirse, como si no hubiera sido usada en años. El interior estaba oscuro y polvoriento, con un aire cargado de un olor a antigüedad y productos químicos. Lo que más llamó la atención de los niños fue un gran libro abierto sobre un atril en el centro del hall principal. Las páginas mostraban dibujos detallados de diversas especies de moho, incluyendo varios tipos de Penicillium, conocidos por su peligrosidad en ciertas condiciones.

Intrigados, se adentraron más en el laboratorio, encontrando frascos, tubos de ensayo y aparatos extraños que ninguno de ellos podía identificar. Fue entonces cuando escucharon pasos en el piso superior. Asustados, pero movidos por la adrenalina del momento, decidieron investigar.

Al subir las escaleras, los pasos se hicieron más claros. Finalmente, llegaron a una puerta entreabierta, de donde emanaba una luz verdosa. Empujaron la puerta y lo que vieron los dejó sin aliento: una gran sala llena de terrarios, cada uno con diferentes tipos de moho y hongos creciendo en su interior. En el centro de la sala, había una figura que les resultaba familiar por las descripciones del libro: Penicillium, pero no como un simple moho, sino como una criatura viviente, palpable, con ojos que parecían seguir cada movimiento de los niños.

El Dr. Máximus, un hombre anciano con una bata de laboratorio manchada y gafas gruesas, apareció de repente detrás de ellos. «Así que han venido a conocer la verdad», dijo con una voz que resonaba extrañamente en las paredes del laboratorio.

Los niños, paralizados por el miedo, escucharon mientras el doctor les explicaba que había estado trabajando en una forma de vida basada en Penicillium que podría resolver problemas de contaminación mundial. Sin embargo, sus experimentos habían tomado un camino inesperado, dando vida a estas criaturas que, aunque no maliciosas, podrían causar problemas si se liberaban al exterior.

El doctor les mostró el laboratorio, explicando cada experimento con un detalle que oscilaba entre la genialidad y la locura. Les aseguró que todo estaba bajo control, pero que debían mantener el secreto. La responsabilidad de ese conocimiento era ahora también parte de ellos.

Al salir del laboratorio, cuando los primeros goterones de lluvia comenzaron a caer, Pepito, Juanito y Carlitos se prometieron guardar el secreto, conscientes del delicado equilibrio entre el genio y la locura que habían presenciado. Sabían que, aunque la aventura había terminado, la sombra del laboratorio siempre sería parte de ellos, un recordatorio de que la ciencia, en manos equivocadas o no, siempre tiene sus misterios y peligros.

Desde ese día, cada vez que pasaban por delante de la mansión-laboratorio, no podían evitar sentir un escalofrío, recordando la verde y brillante mirada de Penicillium, observándolos desde la oscuridad, esperando quizás otro encuentro.

Los días siguientes a su visita al laboratorio, Pepito, Juanito y Carlitos se encontraban inquietos. No podían dejar de pensar en las criaturas que habían visto y las palabras del Dr. Máximus. La ciudad continuaba su ritmo habitual, ajena al secreto que los amigos guardaban. Sin embargo, algo dentro de ellos había cambiado; sentían una mezcla de temor y fascinación cada vez que recordaban aquellos ojos verdes y luminosos de Penicillium observándolos.

Una noche, mientras una tormenta azotaba la ciudad, un extraño fenómeno ocurrió: las luces en el barrio parpadeaban y, por momentos, se escuchaban ruidos que parecían venir del subsuelo. Al día siguiente, la noticia de que varios animales domésticos habían desaparecido empezó a esparcirse. El misterio se hizo aún más grande cuando algunas plantas y árboles en el parque central mostraron signos de marchitez y extrañas coloraciones en sus hojas.

Pepito, quien tenía un interés particular en las ciencias naturales, sospechaba que algo relacionado con el laboratorio del Dr. Máximus podía estar detrás de estos extraños eventos. Convenció a Juanito y Carlitos de volver al laboratorio para hablar con el doctor y ver si las criaturas de Penicillium podrían estar involucradas de alguna manera.

Llegaron al laboratorio justo al atardecer, con el cielo todavía gruñendo por la tormenta pasada. El Dr. Máximus les recibió con una expresión grave. Les confesó que una de las criaturas de Penicillium había escapado durante la tormenta, aprovechando un fallo eléctrico que desactivó algunos de los sistemas de seguridad del laboratorio. El doctor estaba visiblemente preocupado; sabía que si la criatura no era contenida pronto, podría afectar el ecosistema de la ciudad de maneras impredecibles.

Equipados con linternas y protegidos con mascarillas, que el Dr. Máximus insistió en que llevasen, los cuatro se adentraron en los túneles subterráneos del laboratorio. Según el doctor, era probable que la criatura hubiera buscado refugio en las profundidades del sistema de alcantarillado, donde la humedad y la oscuridad creaban el ambiente ideal para un moho como Penicillium.

Los túneles eran húmedos y oscuros, y los sonidos de la ciudad se apagaban bajo el eco de sus pasos. Mientras avanzaban, Pepito notó pequeñas esporas verdes flotando en el aire, un indicio de que estaban en el camino correcto. Finalmente, llegaron a una cámara subterránea donde la concentración de esporas era tan densa que la luz de sus linternas apenas podía penetrar la niebla verde.

Allí, en el centro de la cámara, vieron a la criatura. Era mayor de lo que recordaban, alimentada por el abundante moho que crecía en las paredes del túnel. El Dr. Máximus explicó que debían actuar rápido para aplicar un compuesto químico que había desarrollado, capaz de neutralizar la criatura sin dañar el ambiente.

Juanito, con manos temblorosas pero firmes, fue el encargado de aplicar el compuesto, usando un dispersor que el doctor había preparado. Mientras lo hacía, la criatura parecía casi consciente de su presencia, moviéndose ligeramente como si intentara escapar de la neblina que se formaba a su alrededor.

Tras unos momentos tensos, la criatura comenzó a disolverse, transformándose en una simple mancha en el suelo. El alivio fue palpable entre ellos, pero sabían que este incidente era solo un recordatorio de los peligros que el conocimiento y la experimentación podían traer.

De vuelta en la superficie, el Dr. Máximus agradeció a los chicos por su valentía y prometió reforzar las medidas de seguridad para evitar futuros incidentes. Pepito, Juanito y Carlitos, por su parte, prometieron guardar secreto sobre lo sucedido, conscientes de que algunas historias eran demasiado grandes y peligrosas para ser compartidas.

Aunque el misterio había sido resuelto, y la ciudad seguía su curso normal, los tres amigos nunca olvidaron la noche en que enfrentaron sus miedos en las sombras del laboratorio. Sabían que, en algún lugar entre los frascos y las fórmulas, la línea entre el genio y la locura era tan delgada como el hilo de una telaraña, y que la verdadera aventura era, quizás, aprender cuándo cruzarla y cuándo retroceder.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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