Eran las 4 de la mañana. Johel estaba despierto, tumbado en su cama, incapaz de conciliar el sueño. La oscuridad llenaba cada rincón de la habitación, y la única luz provenía del pequeño reloj digital en su mesita de noche, que marcaba la hora exacta: 4:00 AM. El silencio era tan profundo que Johel podía escuchar su propia respiración, pero algo en el aire se sentía distinto esa noche.
Durante todo el día, había sentido una extraña inquietud, como si algo lo estuviera vigilando, aunque no podía explicarlo. Tal vez solo era cansancio, o tal vez la noche lo estaba afectando más de lo que quería admitir. Dio vueltas en la cama, intentando encontrar una posición cómoda, pero una sensación de incomodidad lo invadía.
De pronto, escuchó algo. Un leve susurro, casi imperceptible, se filtró a través del silencio. No estaba seguro de si había sido real o si su mente jugaba con él. Se sentó en la cama y miró alrededor de la habitación, pero no vio nada fuera de lo normal. Las sombras permanecían inmóviles, y no había ningún sonido más allá del latido de su corazón acelerado.
Justo cuando estaba a punto de recostarse de nuevo, lo escuchó otra vez. Esta vez, el susurro era claro, aunque apenas audible. Era una voz femenina, suave, seductora, pero con un tono que hizo que se le erizara la piel. “No tienes escapatoria…” susurró la voz, prolongando las palabras como si fueran una advertencia. Johel se quedó inmóvil. Su corazón empezó a latir aún más rápido, y la sensación de peligro creció.
“¿Quién está ahí?”, preguntó, tratando de sonar firme, pero su voz tembló ligeramente.
El silencio le respondió. Johel respiró profundamente, intentando calmarse. Tal vez solo era el viento. O tal vez había dejado una ventana abierta y el sonido venía de afuera. Trató de convencerse de que no había nada de qué preocuparse, pero la sensación de que algo andaba mal no lo dejaba en paz.
De repente, un frío inexplicable llenó la habitación. La temperatura había bajado de manera repentina, y el aire se sentía espeso, difícil de respirar. Johel se levantó de la cama, decidido a revisar si alguna ventana estaba abierta. Pero mientras daba el primer paso hacia la puerta, el susurro volvió, más cercano esta vez.
“No tienes escapatoria…” repitió la voz.
Johel se detuvo en seco. Esta vez no había dudas. La voz venía de dentro de la habitación, de algún lugar entre las sombras. Su corazón martilleaba en su pecho mientras miraba a su alrededor, buscando el origen de la voz. Entonces, lo vio.
En una esquina oscura de la habitación, junto a la puerta, estaba la figura de una chica. Tenía el cabello largo y suelto, que caía en cascada sobre sus hombros. Estaba de pie, inmóvil, pero su rostro estaba parcialmente cubierto por la sombra. Solo se podían ver sus ojos, que brillaban con una intensidad escalofriante.
“¿Quién eres?” preguntó Johel, tratando de no dejar que el miedo lo paralizara.
La chica no respondió. En lugar de eso, dio un pequeño paso hacia adelante, aún envuelta en las sombras, y volvió a susurrar: “No tienes escapatoria…”
Johel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Retrocedió hasta tropezar con su cama, sin apartar la vista de la figura que ahora parecía más cercana. La presión en el ambiente aumentaba, y el aire se volvía cada vez más denso. Su mente luchaba por encontrar una explicación lógica, pero no había ninguna. Estaba atrapado, solo en la habitación, con aquella presencia inquietante.
Intentó moverse, pero sus pies parecían pegados al suelo. El miedo lo tenía inmovilizado. La chica seguía ahí, observándolo, acercándose lentamente, pero con cada paso que daba, la habitación se oscurecía más. Johel no sabía qué hacer. Nunca antes había sentido un miedo tan profundo.
“¿Qué quieres de mí?”, logró preguntar, su voz quebrada por el terror.
La chica inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera estudiándolo, y sonrió. Una sonrisa pequeña, pero cargada de una malicia que helaba la sangre.
“No tienes escapatoria”, repitió por tercera vez, esta vez en un tono casi burlón.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.