Citlali era una niña de once años que vivía en un pequeño departamento en la bulliciosa Ciudad de México. Desde que tenía uso de razón, su vida había estado marcada por la tristeza y la tensión. Su padre, Pascual, era un hombre que había perdido su camino. El alcohol se había convertido en su compañero constante, y las noches en su hogar se llenaban de gritos y llantos. Citlali, su madre Mélanie y su pequeña hermana Fernanda vivían con miedo, deseando un cambio que pareciera inalcanzable.
Mélanie, a pesar de los constantes problemas, era una mujer fuerte. Siempre trataba de mantener la calma en casa y de proteger a sus hijas. Citlali admiraba su valentía, aunque a veces se sentía impotente ante la situación. «Mamá, ¿por qué no te alejas de papá?» le preguntaba con frecuencia. Mélanie suspiraba, y con una mirada triste, respondía: «Es complicado, mi amor. Siempre hay esperanza.»
Una noche, todo cambió. Pascual llegó a casa después de haber estado bebiendo durante todo el día. Citlali estaba en su habitación, tratando de estudiar para un examen. El sonido de las puertas golpeando y los gritos de su padre se oían claramente. «¡Mamá! ¡No dejes que me haga daño!» escuchó a su hermana Fernanda llorar. Citlali sintió que su corazón se detenía. Sin pensarlo, salió corriendo hacia la sala.
Pascual, en su estado de ebriedad, estaba a punto de golpear a Fernanda. Citlali se interpuso entre ellos, levantando los brazos para proteger a su hermana. «¡No, papá! ¡No le hagas daño!» gritó con toda la fuerza que pudo reunir. En ese momento, Pascual, furioso, le dio un empujón a Citlali, quien cayó al suelo con un grito de dolor. Su mano había quedado atrapada entre la puerta y el marco, y sintió un dolor agudo.
La situación se tornó caótica. Mélanie llegó corriendo, gritando el nombre de Pascual, intentando calmarlo. Sin embargo, él se dio cuenta de lo que había hecho y, al ver el miedo en los ojos de sus hijas, salió de la casa, golpeando la puerta tras de sí. Citlali, con lágrimas en los ojos, sintió una mezcla de dolor físico y emocional. «¿Por qué, papá? ¿Por qué no puedes parar?» murmuró mientras su madre las abrazaba, tratando de consolar a sus hijas.
Pasaron los días, y la ausencia de Pascual se hizo sentir en la casa. Mélanie intentó hacer lo mejor que pudo para mantener el ambiente tranquilo, pero la tristeza y el miedo todavía estaban presentes. Citlali no podía dejar de pensar en lo que había pasado. A menudo se encontraba mirando la puerta, preguntándose si su padre volvería y, si lo hacía, qué sucedería entonces.
Una tarde, mientras jugaba con Fernanda en el parque cercano, Citlali vio a su madre hablando con Judith, su amiga y vecina. Judith era una mujer sabia y cariñosa que siempre les ofrecía apoyo. Citlali se acercó sigilosamente para escuchar su conversación. «Judith, no sé cuánto tiempo más puedo soportar esto,» decía Mélanie, con la voz quebrada. «Mis hijas merecen un hogar feliz, pero no sé cómo salir de esta situación.»
Judith le habló con firmeza: «Mélanie, necesitas pensar en ti y en tus hijas. La vida es demasiado corta para vivir con miedo. Debes ser valiente y tomar decisiones que sean mejores para ustedes.» Citlali sintió una chispa de esperanza. Quizás su madre necesitaba un empujón para alejarse de Pascual.
Esa noche, cuando las tres estaban juntas en casa, Citlali decidió hablar. «Mamá, ¿qué piensas hacer si papá vuelve?» Mélanie, sorprendida por la pregunta, miró a sus hijas y suspiró. «No lo sé, chicas. A veces creo que debería dejarlo, pero también pienso en las cosas buenas que hemos compartido.»
Fernanda, que había estado escuchando, intervino. «Pero, mamá, ¿y si vuelve y nos lastima de nuevo?» Citlali asintió, sintiendo el mismo miedo. «Mamá, necesitamos que estés segura. Te queremos, y no queremos vivir con miedo,» dijo con determinación. Mélanie las miró, sus ojos llenos de lágrimas. «Tienen razón. Debo pensar en lo que es mejor para ustedes.»
Los días siguieron avanzando y el silencio en casa era abrumador. Citlali y Fernanda hicieron todo lo posible por mantenerse ocupadas, pero la incertidumbre las afectaba. Una noche, después de una semana sin noticias de Pascual, él finalmente regresó. Su rostro mostraba signos de arrepentimiento, pero sus ojos estaban nublados por el alcohol.
«Lo siento, chicas. He sido un tonto,» dijo Pascual, su voz entrecortada. Mélanie, que había estado esperando este momento, respiró hondo y se acercó. «No podemos seguir así, Pascual. No puedes volver a hacer daño. Necesitamos un cambio,» le dijo con firmeza.
Pascual se quedó en silencio. Por primera vez, parecía entender el impacto de sus acciones. Judith, que había llegado para apoyar a Mélanie, se unió a la conversación. «Pascual, tus hijas viven con miedo. Necesitas buscar ayuda. No solo por ti, sino por ellas,» dijo con suavidad. «Siempre han estado a tu lado, pero no puedes seguir lastimándolas.»
Las palabras de Judith hicieron eco en la mente de Pascual. «No quiero hacerles daño. He estado cegado por el alcohol,» admitió, su voz quebrándose. «Quiero cambiar, pero no sé cómo.» Mélanie, viendo la sinceridad en los ojos de su esposo, decidió darle una oportunidad. «Si realmente deseas cambiar, te apoyaré. Pero necesitarás ayuda profesional.»
Con la ayuda de Judith, Pascual comenzó a asistir a grupos de apoyo y terapia. Citlali y Fernanda observaban a su padre, sintiendo una mezcla de esperanza y desconfianza. Sabían que el camino no sería fácil, pero también comprendían que la voluntad de su padre de cambiar era un primer paso importante.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.