En un lugar muy especial llamado el Cerro de Luz del Oriente, había un mundo mágico donde los árboles verdes y altos tocaban el cielo, las flores de colores bailaban con el viento y los arroyos cantaban mientras corrían entre las piedras. Este cerro no era un cerro común, sino un hogar lleno de vida y alegría para muchos animalitos pequeños y grandes. Todos ellos vivían felices y cuidaban con mucho amor este lugar porque sabían que su hogar era sagrado.
En el centro del cerro vivía Nawi, un oso grande y fuerte, pero muy amable y sabio. Nawi era el guardián del cerro, y todos los animales confiaban en él porque los protegía y enseñaba a vivir en armonía. Él enseñaba a todos a respetar la naturaleza, a no dañar los árboles, a cuidar el agua y a ayudar a sus amigos cuando lo necesitaban. En el Cerro de Luz del Oriente, la vida era tranquila y feliz gracias a Nawi y la buena voluntad de todos.
Un día soleado, cuando los pajaritos cantaban como siempre y las mariposas volaban contentas, algo extraño pasó. Cerca del bosque, apareció un grupo de personas que tenían muchas herramientas y máquinas ruidosas. Eran tres personas: Lucía, una mujer que parecía muy trabajadora y decidida; Mario, un hombre alto y fuerte que manejaba una máquina grande; y Pedro, un hombre pequeño y veloz que cargaba mucha madera. Ellos habían llegado al cerro para talar árboles y usar la madera para fabricar muebles.
Cuando Nawi vio lo que estaban haciendo, se acercó con paso firme para hablar con ellos. —Por favor —dijo Nawi con su voz profunda pero suave—, este cerro es nuestro hogar. Si cortan muchos árboles, los animalitos perderán sus casas y las quebradas se secarán. Esto no es bueno para nadie.
Pero Lucía miró a Nawi y dijo: —Lo siento, señor oso, pero necesitamos la madera para hacer muebles para muchas personas. No sabemos que esto pueda causar tanto daño. Solo queremos trabajar.
Nawi entendió que ellos no querían hacer daño, solo que no sabían las consecuencias. Así que decidió enseñarles con paciencia. —Vengan a ver —dijo Nawi—, les mostraré lo que pasará si siguen cortando los árboles sin cuidado.
Entonces, Nawi invitó a Lucía, Mario y Pedro a recorrer el cerro con él. Primero, les llevó a un pequeño rincón del bosque donde un nido de pajaritos se estaba cayendo porque el árbol que lo sostenía había sido cortado. Un pajarito se veía triste y volaba sin rumbo. —Si seguimos cortando así —explicó Nawi—, muchos bebés pajaritos no tendrán dónde vivir.
Después, los llevó a la quebrada que bajaba por el cerro. Antes, el agua brillaba, bailaba y refrescaba a todos los animalitos. Pero ahora, apenas quedaba un hilito de agua porque los árboles que protegían la tierra ya no estaban. —Sin árboles, el agua se seca y los animales no tendrán qué beber —dijo con tristeza Nawi.
Lucía miró alrededor y sus ojos empezaron a humedecerse. Mario y Pedro también se sintieron tristes. Comprendieron que el cerro y sus árboles eran muy importantes, no solo para los animales, sino para todos los que respiraban el aire fresco y disfrutaban de la naturaleza.
Nawi les dijo: —Si cortan sin pensar, el cerro dejará de ser un lugar feliz y mágico. Pero podemos hacer las cosas de otra manera. Podemos cuidar el cerro y también trabajar, si trabajamos juntos y con amor.
Los tres personas pensaron un momento y aceptaron la propuesta de Nawi. Pero sabían que muchas cosas ya estaban dañadas. Entonces, Nawi reunió a todos los animales: juntó a los conejitos, a las ardillas, a las serpientes, a los pajaritos y a las mariposas. Les habló con firmeza y esperanza.
—Amigos —dijo Nawi—, nuestro hogar está en peligro. No tenemos muchos árboles, y las quebradas están secas. Pero no debemos asustarnos ni pelearnos. Vamos a proteger nuestro cerro con respeto y valentía. ¿Me acompañan?
Todos los animales movieron sus colitas, aletearon sus alas y rugieron con valentía. Sabían que Nawi siempre cuidaba de ellos, y ahora ellos también debían cuidarlo a él y al cerro.
Con un plan en mente, Nawi y los animales fueron al lugar donde quedaba el último árbol. Allí se pararon frente a él, fuertes y tranquilos. Nawi se situó en medio y con voz fuerte y clara gritó:
—¡Por favor, detengan la destrucción! Este cerro es nuestro hogar, es la casa de muchos, y vale la pena protegerlo. No corten más árboles. Hay un camino mejor para todos.
Lucía, Mario y Pedro escucharon el grito de Nawi y vieron a todos los animalitos alrededor del árbol. Se dieron cuenta de que romper ese hogar no solo lastimaba al cerro, sino a seres vivos que también tenían derecho a vivir felices.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.