Era un día soleado cuando Cleo, una joven maestra en formación, se preparaba para su primer día de práctica en un jardín de niños. Había estado ansiosa por conocer al grupo que le había sido asignado, ya que durante su jornada de observación anterior no había tenido la oportunidad de interactuar con los niños, pues estaban en clases virtuales dos veces a la semana. Sin embargo, hoy sería diferente. Hoy, por fin, conocería a los 15 niños y niñas de segundo grado, con edades entre 4 y 5 años, que formaban su nuevo grupo.
Al llegar a la escuela, Cleo se sintió un poco nerviosa, pero también emocionada. Había preparado cuidadosamente una actividad para ese día: les leería un cuento que había escrito especialmente para ellos. Sabía que los niños pequeños solían tener mucha energía, pero confiaba en que su cuento lograría capturar su atención.
Cuando entró al salón de clases, los pequeños ya estaban en sus lugares, esperando con curiosidad. Cleo se presentó con una sonrisa, explicándoles que estaría con ellos para aprender y jugar juntos. Los niños la miraban con ojos brillantes, llenos de expectación.
—Hola, soy Cleo, y hoy vamos a leer un cuento muy especial —dijo, mostrando el libro que había traído.
Los niños parecían entusiasmados, y Cleo comenzó a leer. El cuento era corto, pero lleno de aventuras y personajes divertidos. A medida que avanzaba en la historia, los niños escuchaban con atención, algunos incluso hacían preguntas o comentaban lo que les gustaba. Chabela, una niña con coletas, estaba especialmente concentrada, siguiendo cada palabra con los ojos muy abiertos.
Todo parecía ir de maravilla. Cleo sentía que había logrado conectar con los niños, y se sentía a gusto y motivada. Pensó que su intervención en este jardín de niños sería mucho más fácil que en los anteriores, donde había enfrentado dificultades para mantener al grupo motivado e interesado en las actividades. Aquí, los niños estaban respondiendo bien, y eso le daba confianza.
Sin embargo, justo cuando pensaba que todo marchaba a la perfección, un niño especialmente inquieto llamó su atención. Su nombre era Toñito, y desde el principio, Cleo había notado que era un poco más activo que los demás. Pero no había imaginado lo difícil que sería mantenerlo concentrado.
Toñito se subió de repente a la mesa de la maestra, y cuando Cleo intentó que bajara, él se resistió. —No, no, no —gritaba mientras se tiraba en el escritorio y pataleaba, negándose a moverse.
Cleo, manteniendo la calma, intentó razonar con él. —Toñito, por favor, baja de la mesa. Podemos seguir leyendo el cuento juntos.
Pero Toñito no quería escuchar. Parecía que cuanto más intentaba Cleo acercarse a él, más se alejaba él de la idea de cooperar. Los otros niños, que hasta ese momento habían estado tranquilos, empezaron a moverse en sus asientos, desconcentrados por lo que estaba ocurriendo.
Fue entonces cuando Cleo recordó la entrevista que había realizado a la maestra titular antes de comenzar sus prácticas. Durante la entrevista, le habían mencionado que uno de los niños tenía autismo, pero no le habían dicho quién. Ahora, al observar el comportamiento de Toñito, Cleo comenzó a entender que probablemente él era el niño que mencionaron.
Cleo sabía que tenía que manejar la situación con cuidado. A pesar de que Toñito estaba siendo desafiante, también comprendía que este comportamiento era una forma de expresar su incomodidad o frustración. Decidió no insistir en que bajara de la mesa, al menos no de inmediato. En su lugar, trató de desviar su atención hacia algo que pudiera interesarle.
—Toñito, ¿te gustaría ayudarme a terminar de leer el cuento? —le preguntó con suavidad.
Toñito dejó de patalear por un momento y miró a Cleo con curiosidad. Ella aprovechó ese instante para acercarse y ofrecerle el libro.
—Puedes sostener el libro y pasar las páginas mientras yo leo —le sugirió.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.