Era una tranquila tarde de domingo en la casa de los Pérez. La familia, compuesta por Mamá, Sofía y Mateo, disfrutaba de un merecido descanso después de una deliciosa comida. Mamá, una mujer bondadosa y siempre atenta a las necesidades de sus hijos, se levantó del sofá y suspiró, mirando a su alrededor. La sala estaba desordenada, con libros y juguetes esparcidos por el suelo, resultado de la animada mañana que habían pasado juntos.
«Bueno, es hora de poner la casa en orden,» dijo Mamá con una sonrisa. «Sofía, Mateo, vamos a recoger un poco.»
Sofía, una niña de diez años con cabello castaño y gafas, siempre era diligente y responsable con sus tareas. De inmediato dejó el libro que estaba leyendo y comenzó a recoger los juguetes. Mateo, su hermano menor, de ocho años y cabello rubio, era un niño alegre y juguetón, pero no siempre le gustaba colaborar con las tareas domésticas. Esta vez no fue la excepción.
«Mamá, ¿por qué siempre tenemos que ordenar? ¡Es aburrido!» protestó Mateo mientras seguía jugando con sus coches de juguete.
Mamá se acercó y se arrodilló a su lado. «Mateo, todos vivimos en esta casa y es importante que cada uno de nosotros ayude a mantenerla limpia. Así tendremos un lugar agradable donde vivir y podremos disfrutar de nuestro tiempo juntos.»
Mateo frunció el ceño, pero después de ver la mirada comprensiva de su madre, comenzó a recoger sus coches a regañadientes. Mamá volvió a su tarea, pensando en cómo podría hacer que Mateo entendiera la importancia de colaborar sin que se sintiera obligado o aburrido.
Sofía, que había estado observando la escena, se acercó a Mateo y le susurró: «¿Sabes, Mateo? Si terminamos rápido, podremos salir a jugar al parque. ¿Te parece bien?»
Los ojos de Mateo se iluminaron y, con una nueva motivación, se apresuró a ayudar a su hermana. En poco tiempo, la sala estaba ordenada y Mamá sonreía satisfecha. «Gracias, chicos. Han hecho un gran trabajo.»
Con la casa en orden, Mamá decidió que era el momento perfecto para una salida en familia. «¿Qué les parece si vamos al parque a jugar un rato?» Los gritos de alegría de Sofía y Mateo fueron la respuesta que necesitaba.
El parque estaba lleno de niños jugando, riendo y disfrutando del sol. Sofía y Mateo corrieron hacia los columpios mientras Mamá se sentaba en un banco cercano, vigilándolos con una sonrisa en el rostro. Mientras jugaban, Mateo vio a un niño más pequeño que lloraba porque no podía alcanzar el tobogán.
Mateo se acercó al niño y, recordando las palabras de su madre sobre ayudar a los demás, le ofreció su mano. «¿Quieres que te ayude a subir?» El niño, con lágrimas todavía en sus ojos, asintió y tomó la mano de Mateo. Juntos, subieron al tobogán y el niño dejó de llorar, agradecido por la ayuda de Mateo.
Sofía, que había observado la acción de su hermano, se sintió orgullosa de él. «¡Buen trabajo, Mateo! Eso fue muy amable de tu parte.»
Cuando regresaron a casa después de una tarde de juegos, Mamá los llamó a la mesa de la cocina. «Hoy he visto algo maravilloso,» comenzó. «He visto cómo Mateo ayudó a un niño en el parque. Eso muestra que entiendes la importancia de ser amable y ayudar a los demás.»
Mateo sonrió tímidamente y dijo: «Quería que él también se divirtiera.»
Mamá asintió con aprobación. «Eso es exactamente lo que significa ser parte de una familia y de una comunidad. Ayudarnos mutuamente para que todos podamos ser felices.»
A medida que pasaban los días, Mamá notó que Mateo empezaba a tomar más iniciativa en ayudar con las tareas del hogar. No siempre lo hacía sin protestar, pero poco a poco, estaba comprendiendo el valor del trabajo en equipo y la colaboración.
Un sábado por la mañana, mientras Mamá preparaba el desayuno, Sofía y Mateo discutían sobre quién debía sacar la basura. Mamá decidió intervenir para enseñarles una lección importante.
«¿Recuerdan lo que les dije sobre trabajar juntos?» preguntó Mamá. «Podemos encontrar una solución que funcione para todos. ¿Qué tal si hacemos un horario de tareas? Así cada uno tendrá su turno y sabremos quién debe hacer cada cosa.»
Sofía y Mateo estuvieron de acuerdo, y juntos crearon un horario que incluyera las tareas de la semana. Mamá los ayudó a decorarlo con colores y dibujos para que fuera más divertido. A partir de ese día, las discusiones sobre las tareas disminuyeron y cada uno sabía lo que debía hacer.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.