En un pequeño y alegre salón de clases, un grupo de niños y niñas de cuatro años esperaban con mucha emoción que la maestra Ana comenzara la clase. Ese día era muy especial porque iban a aprender algo nuevo y divertido: ¡a escribir sus nombres! Todos estaban muy emocionados, saltando en sus sillas y mirando la pizarra con ojos brillantes. Estaba Sofía, que siempre sonreía y le encantaba dibujar; Lucas, que era muy curioso y levantaba la mano para contar muchas cosas; y también Camila, que a veces era un poco tímida, pero estaba lista para aprender.
Pero en la esquina del salón, sentado tranquilito, estaba Jaimito. Él tenía un poquito de miedo. No estaba seguro de poder aprender a escribir su nombre. “¿Y si no me sale bien? ¿Y si me equivoco?”, pensaba mientras miraba las letras de la pizarra. Eso lo hacía sentirse nervioso y callado, aunque en su corazón quería intentarlo.
La maestra Ana comenzó la clase con una sonrisa grande y dulce. “Hoy vamos a aprender a escribir nuestros nombres”, dijo, mientras mostraba un cartel con letras grandes y coloridas. “Cada uno va a escribir su nombre en su cuaderno. No se preocupen si no sale perfecto, lo importante es que lo intenten y se diviertan.” Todos los niños se pusieron de pie para acercarse a sus mesas, donde tenían sus lápices y cuadernos listos.
Sofía fue la primera. Ella tomó su crayón rosa y escribió con mucha alegría las letras de su nombre. “¡Mira, maestra Ana!”, dijo orgullosa. Lucas también lo intentó, y aunque algunas letras estaban un poco torcidas, estaba muy contento. Camila respiró profundo y con calma escribió cada letra con cuidado, y luego se sonrojó feliz.
Cuando llegó el turno de Jaimito, él tomó su lápiz con manos temblorosas. Intentó repetir las letras que la maestra mostraba en la pizarra, pero sentía que no podía hacerlo bien. Intentó una, luego otra vez, pero las letras no salían como él quería. Su corazón comenzó a latir rápido y casi le daban ganas de llorar. “No puedo”, pensó. La maestra Ana notó que Jaimito se sentía triste y se acercó suavemente para ayudarlo.
“Jaimito, está bien que te cueste un poco, todos empezamos aprendiendo”, le dijo con ternura. “Vamos a hacerlo despacito, juntos. Yo te voy a ayudar.” Ella le mostró cómo hacer la letra “J”, luego la “A”, la “I”, la “M”, la “I” otra vez y la “T”, y finalmente la “O”. Juntos, poco a poco, trazaron cada línea y cada curva. Los otros niños también animaban a Jaimito, diciendo: “¡Tú sí puedes!” y “¡Vamos, Jaimito!”. Pero cuando terminó la clase, Jaimito sentía que todavía no estaba listo.
Al salir de la escuela, Jaimito se fue a su casa un poco triste pero muy decidido. Agarró su cuaderno, su lápiz y un borrador. Se sentó en su mesita, junto a la ventana, y comenzó a practicar una y otra vez. Al principio, las letras salían medio chuecas, pero poco a poco, con mucha paciencia y ganas, sus letras empezaron a sentirse mejor. Cada vez que lograba escribir una letra, se sentía más feliz y confiado.
Su mamá lo vio desde la cocina y se acercó para darle un abrazo. “Qué bien estás haciendo, Jaimito. Estoy muy orgullosa de ti por no rendirte”, le dijo con una sonrisa. Eso hizo que Jaimito tuviera más ganas de seguir intentando. Cada tarde, después de jugar y antes de cenar, practicaba escribir su nombre. A veces repetía las letras en voz alta: “J, A, I, M, I, T, O”, y después las escribía una y otra vez.
Pasaron varios días y Jaimito ya podía escribir su nombre casi perfecto. Estaba tan feliz y orgulloso que no podía esperar para mostrarlo en la escuela. Cuando llegó el siguiente día, entró corriendo al salón, con su cuaderno abierto en las manos y una gran sonrisa. Se acercó a la maestra Ana y le dijo:
“Mira, maestra, aquí practiqué mucho. ¡Ya sé escribir mi nombre!”
La maestra Ana miró el cuaderno y sus ojos se llenaron de alegría. Las letras eran claras y bonitas. “¡Jaimito, qué trabajo tan bueno! Estoy muy orgullosa de ti. Mira cuánto has mejorado”, dijo mientras le daba una paleta de dulce sabor como premio y reconocimiento por su esfuerzo.
Los niños aplaudieron y Jaimito se puso feliz, no solo por la paleta, sino porque había descubierto algo muy importante: cuando uno se esfuerza y no se rinde, puede lograr muchas cosas. Desde ese día, Jaimito le puso ganas en todo lo que hacía. Ya no tenía miedo de intentar cosas nuevas y siempre recordaba que la paciencia y la práctica eran sus amigos.
Sofía, Lucas y Camila también aprendieron mucho viendo a Jaimito. Entendieron que a veces las cosas pueden ser difíciles, pero que con determinación se pueden superar. La maestra Ana les enseñó que todos aprenden a su tiempo, y que lo importante es nunca dejar de intentar.
Así, en ese pequeño rincón del prescolar, creció no solo la escritura de los nombres, sino también la confianza y la alegría de aprender juntos. Jaimito y sus amigos entendieron que el verdadero poder estaba en creer en sí mismos y en no rendirse nunca. Y esa fue la mejor lección de todas, que los acompañaría durante mucho, mucho tiempo.
Al final de la historia, queda claro que el valor de la determinación y la paciencia son muy importantes para aprender y crecer. Jaimito no solo aprendió a escribir su nombre, sino que también descubrió que con esfuerzo y ganas, puede lograr todo lo que se proponga. Y eso es algo que todos los niños y niñas pueden entender y hacer realidad en sus propias vidas.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.