Había una vez, en un pequeño y colorido pueblo, un niño llamado Isaac, que tenía 12 años y Asperger. A veces, Isaac se sentía diferente a los otros niños, porque le gustaban mucho las cosas como los números, los patrones y la música. Pero a veces le costaba entender las bromas o jugar como los demás niños.
Isaac pasaba la mayor parte del tiempo en su mundo, disfrutando de sus intereses. Sin embargo, algunos niños del pueblo no entendían a Isaac y no querían jugar con él, lo cual le hacía sentirse solo a veces.
Un día soleado, en el parque del pueblo, una niña llamada Marta, de 4 años con cabello rubio y ojos brillantes, se acercó a Isaac. Marta era una niña muy curiosa y amigable, a quien le gustaba conocer a nuevas personas y aprender sobre ellas.
«¡Hola! ¿Cómo te llamas?», preguntó Marta con una sonrisa. Isaac, un poco sorprendido, respondió: «Me llamo Isaac. ¿Y tú?» «Soy Marta. ¿Quieres jugar conmigo?», dijo ella extendiendo su mano.
Isaac, aunque al principio se sintió un poco tímido, aceptó la invitación de Marta. Juntos, empezaron a jugar en el parque. Marta se interesó mucho por las cosas que a Isaac le gustaban. Isaac le contó sobre su amor por la música y los números, y cómo veía el mundo de una manera especial.
Marta escuchaba con atención y se maravillaba con las cosas que Isaac sabía. «¡Eres muy inteligente y especial, Isaac!», exclamó Marta. Isaac se sintió muy feliz y aceptado, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Con el tiempo, Marta e Isaac se convirtieron en grandes amigos. Marta ayudó a Isaac a integrarse más con los otros niños. Les explicaba a los demás niños que aunque Isaac a veces parecía estar en su propio mundo, tenía muchas cosas interesantes y divertidas para compartir.
Los niños del pueblo empezaron a entender y aceptar a Isaac. Aprendieron que cada persona es única y especial a su manera, y que todos tenemos algo valioso que aportar. Isaac comenzó a sentirse más cómodo y feliz jugando con los demás niños.
La amistad entre Marta e Isaac enseñó a todo el pueblo sobre la aceptación, la empatía y el valor de la diversidad. Los niños aprendieron que ser diferentes no significa ser menos, sino que cada uno aporta su propia luz y color al mundo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.