Había una vez una familia muy feliz que vivía en una casita llena de risas y cariño. En esa familia estaban Papá, Mamá, y sus tres hijos: Nayara, Zoe y Yoel. Cada día era una aventura porque, aunque a veces pasaban cosas pequeñas que los hacían enojar un poquito, siempre recordaban que el amor los unía más que todo.
Una mañana, el sol brillaba mucho y Mamá preparaba un delicioso desayuno en la cocina. Papá estaba leyendo un cuento para Zoe, que tenía una sonrisa grande en su carita. Nayara y Yoel jugaban con bloques de colores en el salón. Papá miró a Mamá y le dijo: “Hoy vamos a hacer una sorpresa para que nuestros niños sepan cuánto los amamos”. Mamá sonrió y abrazó a sus tres hijos, diciéndoles: “Siempre recuerden que los queremos mucho, muchísimo, más que todo”.
Luego, Papá propuso salir a caminar por el parque cercano. Los niños estaban muy contentos, ellos sabían que cuando salían juntos pasaban momentos especiales. Mamá tomó la mano de Yoel, Papá llevó a Zoe, y Nayara caminaba alegre entre ellos. El viento movía las hojas de los árboles y los pajaritos cantaban canciones bonitas para la familia.
Mientras caminaban, Nayara encontró unas flores amarillas y corrió a mostrárselas a Mamá. Ella la abrazó y le dijo: “Tus flores son tan lindas como tu corazón”. Zoe, viendo a su hermana, quiso dar un fuerte abrazo a Papá porque se sentía tan feliz como un conejito saltando. Yoel, pequeñito, quiso que todos lo abrazaran, y entonces los cinco se juntaron para un abrazo grande y cálido.
De repente, vieron a un perrito que parecía perdido. Mamá se arrodilló y le habló con dulzura: “¿Estás solo, pequeño? No te preocupes, vamos a cuidarte”. Nayara, Zoe y Yoel tocaron al perrito con suavidad, mientras Papá les explicó que cuidar a otros también es una forma de mostrar amor. Papá dijo: “Amar no sólo es para nuestra familia, sino también para quienes necesitan nuestra ayuda”.
Después de un rato jugando con el perrito, la familia decidió sentarse en la hierba para descansar. Mamá sacó una manta de su mochila y Papá pidió a los niños que se acercaran. Les contó una historia sobre un árbol gigante que cuidaba a todos los animalitos del bosque porque su amor era tan grande que nadie se sentía solo ni triste.
Nayara preguntó emocionada: “¿Entonces el amor es como un árbol que nos protege?” Mamá respondió: “¡Exactamente! El amor es como raíces fuertes que nos sostienen y nos hacen crecer”. Zoe, con sus ojos brillantes, añadió: “Yo quiero que nuestro amor sea siempre fuerte y grande”. Yoel sonrió y dijo balbuceando: “Amo… amo mucho”.
Papá miró a cada uno de sus hijos y les dijo: “Ustedes son el tesoro más valioso del mundo. Nada nos hace más felices que ver sus sonrisas y compartir momentos juntos. Aunque a veces peleemos o estemos cansados, el amor nos hace insuperables”. Todos se miraron y comprendieron que, sin importar las pequeñas dificultades, el amor de su familia siempre los unía con fuerza.
Al caer la tarde, regresaron a su casita. Mamá preparó la cena mientras Papá ayudaba a Zoe a ponerse el pijama. Nayara y Yoel se lavaron las manos y los dientes, mientras Mamá les leía una canción suave para dormir. Antes de cerrar los ojitos, los tres niños se abrazaron fuerte y pensaron en todo lo bonito que habían vivido ese día.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.