En la escuela “El Arcoíris”, la profesora Maya estaba muy feliz porque ese día iba a enseñar algo muy importante a su clase. Todos los niños estaban sentados en sus sillas, charlando y riendo, mientras la maestra organizaba las actividades para la mañana. Entre ellos estaba Tomás, un niño con ojos grandes y sonrisa tímida, que parecía un poco triste. Desde hacía unos días, se sentía solo porque cuando los demás jugaban en el recreo, no lo invitaban a sus juegos.
Tomás miraba por la ventana mientras sus compañeros jugaban y reían en el patio. Él quería unirse, pero siempre que pedía jugar, Julián y José le decían que ya tenían suficientes jugadores y que no podía entrar. Eso hacía que Tomás se sintiera triste y un poco olvidado. Hoy, sin embargo, Luna, una niña amable y alegre, se fijó en él. Ella había visto que Tomás estaba callado y que su carita no lucía tan feliz como siempre.
—Tomás —le dijo Luna con una sonrisa—, ¿quieres jugar conmigo en el patio? Podemos correr, saltar y divertirnos juntos. No tienes que quedarte ahí solo.
Los ojitos de Tomás brillaron y por primera vez en varios días dijo:
—¡Sí, me encantaría!
Luna tomó la mano de Tomás y lo llevó al patio, donde estaba el soleado espacio lleno de juegos, árboles y bancos para sentarse. Allí jugaron a la rayuela, inventaron historias con los árboles y corrieron como si fueran conejitos felices. Tomás comenzó a reír y a sentirse feliz otra vez.
Cuando regresaron a la clase, la maestra Maya los miró con cariño y dijo:
—Niños, hoy quiero hablar con ustedes sobre algo muy especial: la importancia de las palabras y de incluir a todos en nuestros juegos y actividades. A veces, sin querer, podemos lastimar a alguien que solo quiere ser parte de nuestro grupo. Todos tenemos emociones y queremos sentirnos queridos y aceptados.
Julián y José bajaron la cabeza un poco avergonzados porque se dieron cuenta de que ellos habían dejado a Tomás fuera del juego y eso no estuvo bien.
—Profe —dijo Julián—, no pensé que Tomás se sintiera tan triste por no jugar con nosotros. Lo siento.
—Sí, profe —agregó José—. Queremos arreglarlo y que todos podamos jugar juntos.
La maestra Maya sonrió contenta al ver que sus alumnos estaban entendiendo la lección y les dijo:
—Eso es maravilloso, chicos. Recordemos que con nuestras palabras podemos ser amables y hacer que los demás se sientan bien. Nunca dejemos a nadie solo, porque juntos somos más fuertes y la diversión es mucho mejor.
Llegó la hora del recreo y Julián tuvo una idea.
—Vamos a jugar todos juntos al fútbol —dijo sonriente—. Así nadie se quedará sentado y todos disfrutaremos.
José asintió y corrió a contarle al resto. Luna, Tomás, Julián, José y otros niños salieron al patio con una pelota. Empezaron a jugar en equipos, pasando el balón, corriendo y anotando goles de manera divertida. Tomás estaba muy contento porque se sentía parte de ese grupo. Luna lo animaba, Julián le decía que había hecho un gran pase y José le ayudaba a correr más rápido.
Mientras jugaban, la profesora Maya observaba desde un banco cercano y pensaba en lo importante que era enseñar valores como la amistad, el respeto y la inclusión desde pequeños. Entendía que estos momentos de juego eran donde los niños aprendían a quererse y a cuidar a sus compañeros.
Al terminar el recreo, todos estaban cansados pero felices. Se sentaron juntos en círculo para escuchar a la profesora.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.