En un pequeño pueblo cubierto de nieve, vivían tres niños llamados Ximena, Andrea y Alonso. Eran muy amigos y compartían muchas aventuras, pero había algo que los adultos siempre les decían: debían obedecer y seguir las reglas, sobre todo en Navidad, porque esa época era muy especial. Sin embargo, a estos niños les encantaba jugar y a veces no escuchaban, hacían travesuras y desobedecían, sin pensar en las consecuencias.
Llegó la víspera de Navidad, y el pueblo entero se preparaba para la gran celebración. Las casas estaban adornadas con luces brillantes, guirnaldas, y en las ventanas colgaban calcetas para que Papá Noel pudiera llenar de regalos. Ximena, Andrea y Alonso estaban muy emocionados. Pero esa mañana, al levantarse, decidieron que no iban a hacer caso a las indicaciones de sus padres ni a las reglas que les habían enseñado.
—¿Quién quiere quedarse en casa ayudando a mamá a preparar la cena? —dijo Andrea, poniendo cara de aburrida.
—¡Yo no! —respondió Alonso—. Mejor salgamos a jugar en la nieve, aunque nos hayan pedido que no nos alejemos del jardín.
Ximena dudó un poco, pero al ver que sus amigos no querían obedecer, decidió unirse a ellos. Salieron corriendo al frío y comenzaron a hacer muñecos de nieve, peleas con bolas, y a patinar en el hielo del estanque cercano. Las risas y gritos llenaban el aire, pero pronto se olvidaron completamente de la advertencia de no ir más allá del jardín.
Mientras ellos jugaban, su mamá y papá estaban en la cocina preparando todo para la cena navideña, preocupados porque los niños no obedecían y sabían que en esa época normalmente ocurrían milagros que solo los buenos comportamientos podían atraer.
Después de un rato, Ximena notó que ya era casi hora de cenar, y dijo:
—Deberíamos volver. Seguro que mamá y papá están preocupados.
Pero Alonso y Andrea no querían regresar. Querían seguir jugando y explorando los alrededores, aunque el sol empezaba a ocultarse y el frío se hacía más fuerte. Así, desobedecieron las órdenes y se adentraron en el bosque cercano.
El bosque de noche era un lugar diferente. Entre las sombras de los árboles, parecía que todo estaba mágico, pero también un poco misterioso. De repente, tres pequeñas luces comenzaron a brillar entre las ramas, flotando suavemente. Los niños, curiosos, siguieron las luces, que parecían guiarlos hacia un camino escondido.
—¿Qué serán esas luces? —preguntó Andrea, con los ojos muy abiertos.
—Seguro que es algo mágico —dijo Ximena, tratando de sonar valiente.
Alonso, que quería demostrar que no tenía miedo, caminó más adelante para alcanzar las luces. Sin embargo, cuando llegaron a un claro, las luces desaparecieron de repente, y los niños se dieron cuenta de que estaban muy lejos de casa, en un lugar que no conocían.
Empezaron a sentir frío y a preocuparse. Ximena intentó tranquilizarlos.
—No pasa nada. Si nos calmamos, seguro encontramos el camino de regreso.
Pero el bosque era tan oscuro que cualquier ruido les hacía saltar de miedo. En ese momento, apareció delante de ellos un anciano con barba blanca, vestido con un abrigo rojo y botas altas, que los miraba con una sonrisa amable.
—Hola, niños —dijo el anciano con voz suave—. Parece que se han perdido por aquí esta noche.
Los tres amigos se miraron, sorprendidos y un poco asustados, pero el anciano parecía bueno y tranquilo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.