Cada año, cuando el otoño empezaba a pintar las hojas de los árboles con tonos de naranja y rojo, un evento mágico sucedía en Europa: el concurso Eurovisión Junior. Era una noche especial en la que niños y niñas de diferentes países se reunían para compartir sus canciones y sus sueños con toda la audiencia. En esta ocasión, cuatro jóvenes artistas se preparaban con ilusión para representar a sus países: Lou, Inés, Gonzalo y Martina. Cada uno guardaba en su corazón la esperanza de ganar el codiciado Micrófono de Cristal, el premio que simbolizaba no solo talento, sino también amistad, respeto y dedicación.
Lou era una niña de doce años de España. Tenía el cabello rizado y oscuro, y una sonrisa que iluminaba cada vez que practicaba su canción. Desde muy pequeña, Lou había sentido que la música era su manera de expresar lo que sentía dentro. Además, ella sabía que con la música podía unir a las personas, así que se esforzaba cada día para que su voz transmitiera alegría y esperanza. En sus ensayos, siempre recordaba algo que su abuela le decía: “La música es el puente que conecta corazones.”
Inés representaba a Portugal, un país con hermosas costas y tradiciones llenas de ritmo. Tenía el cabello largo y rubio, y unos ojos brillantes que reflejaban su determinación. Para Inés, el concurso era una oportunidad única para compartir sus raíces y contar una historia que hablara sobre el valor de la perseverancia. Ella había aprendido que, aunque a veces una nota o una palabra no salieran bien, lo importante era seguir adelante con esfuerzo y confianza.
Gonzalo era un chico alegre de Francia. Amaba la guitarra y fue gracias a ella que descubrió su pasión por la música. De sonrisa contagiosa y energía desbordante, sabía que el concurso Eurovisión Junior no solo era un escenario para cantar, sino un lugar donde podía conocer a otros niños y niñas que, como él, soñaban con hacer del mundo un lugar mejor a través del arte. Gonzalo creía que la música era un lenguaje universal capaz de crear lazos de amistad más fuertes que cualquier otra cosa.
Martina era la representante de San Marino, un pequeño país lleno de encanto y misterio. Era una niña creativa, con ojos curiosos y una voz dulce que encantaba a todos quienes la escuchaban. Para Martina, el concurso era un reto importante, pero también una aventura llena de sorpresas. Ella quería demostrar que, sin importar el tamaño de un país o la cantidad de habitantes, la pasión y el talento siempre brillan si uno se lo propone.
La noche del concurso finalmente llegó. El gran teatro donde se celebraba el evento estaba lleno de luces, colores y una energía especial que hacía vibrar a todos los presentes. Los representantes de cada país, acompañados de los miembros del equipo Eurovisión Junior, podían sentir cómo sus corazones latían con fuerza. Cada uno llevaba un sueño, un deseo y una historia que contar con su canción.
Antes de comenzar, Eurovisión Junior, un personaje mágico y carismático que simbolizaba el espíritu del programa, apareció en el escenario. Era un ser resplandeciente, mitad músico, mitad luz, con un micrófono dorado que parecía emitir ondas de alegría y esperanza. Con una voz cálida, Eurovisión Junior saludó a la audiencia, recordándoles la importancia de respetar las diferencias y valorar el esfuerzo de todos.
—Queridos amigos y amigas —dijo—, esta noche celebramos no solo la música, sino también los valores que nos unen: la amistad, la solidaridad, la humildad y el respeto. Este concurso es una oportunidad para aprender de cada uno y para mostrar que, juntos, somos más fuertes. Que gane el mejor corazón.
El primer participante en subir al escenario fue Lou. Con su guitarra al hombro y una melodía suave que parecía contar una historia, empezó a cantar una canción que hablaba sobre la importancia de ser uno mismo y de no tener miedo a soñar. Mientras su voz vibraba en el teatro, el público pudo sentir la sinceridad y la esperanza que la chica española transmitía. Su mirada se posaba en el público, conectando con cada persona, recordándoles que en cada corazón hay un mundo mágico por descubrir.
Luego fue el turno de Inés. Su canción tenía ritmo y energía, una mezcla que representaba a Portugal y su marinero espíritu de exploración y valentía. Cantó una historia de superación, donde nada impide que un sueño crezca si uno cree en él. La niña cantaba con fuerza, haciendo que su mensaje de perseverancia llegara hasta el último rincón del teatro. Los asistentes notaron cómo, aunque Inés estaba nerviosa, su pasión era más grande que cualquier miedo.
Gonzalo subió al escenario después. Su guitarra comenzó a sonar y con ella la música cálida que contaba una historia de amistad y unión entre países. “La música nos une”, dijo con una sonrisa antes de iniciar su canción. Cada nota parecía bailar en el aire y cada palabra tocaba el alma de quienes lo escuchaban. El joven francés transmitió alegría y un sentimiento muy especial de que, aunque diferentes, todos eran parte de un mismo continente.
Finalmente, Martina apareció con un vestido brillante que reflejaba las luces del escenario. Su voz era dulce, como un arrullo, y su canción hablaba sobre la importancia de respetar a los demás y valorar la diversidad. Martina cantó con mucha emoción, haciendo que todos comprendieran que, aunque cada cultura es distinta, hay valores que todos compartimos: la empatía, la bondad y la comprensión.
Cuando Martina terminó, Eurovisión Junior volvió a presentarse en el escenario. La audiencia estaba emocionada y sabía que no sería fácil elegir a un ganador, porque cada canción transmitía un valor esencial que todos debían aprender. Pero el premio del Micrófono de Cristal no solo era para el mejor cantante, sino para aquel que mejor representara el espíritu del concurso: un sueño que resonaba en todo el continente, lleno de luz y esperanza.
Mientras el jurado se reunía para tomar la decisión, los cuatro participantes caminaron juntos detrás del escenario. Era el momento de mostrar que la verdadera alegría no estaba en ganar, sino en haber compartido y aprendido unos de otros. Lou, Inés, Gonzalo y Martina se miraron y sonrieron. Sabían que, aunque representaban diferentes países, ahora formaban parte de una comunidad más grande, unida por la música y por valores que nunca se olvidan.
—Creo que lo que más me ha gustado de esta experiencia —dijo Lou— es haber encontrado amigos con quienes compartir mi sueño.
—A mí me encanta saber que, aunque no siempre salga bien lo que intentamos, nunca debemos rendirnos —añadió Inés.
—Y para mí, esta noche es la prueba de que la música puede unirnos sin importar las diferencias —dijo Gonzalo emocionado.
—Sí —contestó Martina—, y también que respetar y escuchar a los demás es lo que hace que la amistad sea verdadera.
En ese momento, Eurovisión Junior salió de nuevo para dar el anuncio tan esperado. Con una voz llena de emoción dijo:
—Queridos participantes, cada uno de ustedes ha brillado de una manera única y especial. Han demostrado que la música es un lenguaje que habla de valores, sueños y esperanza. Esta noche, el Micrófono de Cristal será para quien nos ha hecho sentir más cerca, para quien ha cantado con el corazón y ha inspirado a todos. El ganador es… ¡Lou, representante de España!
El teatro estalló en aplausos y vítores. Lou, sorprendida y feliz, subió al escenario con los ojos brillantes. Eurovisión Junior le entregó el Micrófono de Cristal, y en ese momento, Lou comprendió que ganar era mucho más que un premio: era la oportunidad de seguir difundiendo un mensaje de alegría, respeto y unidad.
Después del concurso, los cuatro amigos organizaron encuentros virtuales para seguir compartiendo música y valores. Y aunque el Micrófono de Cristal estaba en manos de Lou, los cuatro sabían que la verdadera victoria era la amistad y la esperanza que habían creado juntos. Era un sueño que resonaba, realmente, en todo el continente.
A partir de ese momento, cada vez que se acercaba el otoño, Lou, Inés, Gonzalo y Martina recordaban aquella noche mágica cuando la música los unió para siempre. Sabían que, más allá de ganar o perder, lo más importante era usar esa melodía para hacer del mundo un lugar más amable y alegre. Desde entonces, cada canción que cantaban llevaba un pedacito de sus valores: la confianza en uno mismo, la perseverancia, la amistad, el respeto y la empatía.
Y así, la historia de Eurovisión Junior no solo se contaba en el escenario, sino en los corazones de todos los niños y niñas que aprendían a soñar sin miedo, a compartir sin egoísmo y a vivir la música como el lenguaje más poderoso del mundo. Porque al final, no importa cuántos países haya, ni quién gane un premio, sino cuánto amor y esperanza pueda resonar en cada canción.
Esta noche mágica se convirtió en un recuerdo que jamás olvidarían, un sueño que los acompañaría siempre y que los enseñó a valorar no solo la música, sino la vida y a quienes los rodean. Por eso, queridos niños y niñas, recuerden que la verdadera victoria está en cantar con el corazón, en respetar a los demás y en creer que juntos, a través de los valores que aprendemos, podemos construir un mundo mejor.
Así termina esta historia, pero el eco de la música y la amistad sigue vibrando en cada rincón. Porque cuando soñamos unidos, no hay nada imposible.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.