Paula era una niña muy feliz. Tenía dos años, su cabello corto, rizado y moreno siempre brillaba con la luz del sol, y sus ojos marrones mostraban mucha alegría cada vez que sonreía. Sus papás, que la amaban mucho, siempre decían que Paula tenía una sonrisa mágica que podía iluminar cualquier día. Un día, Mamá y Papá se sentaron junto a Paula y le dijeron algo muy especial. “Paula, vas a tener un hermanito. Se va a llamar Daniel.” Paula saltó de alegría, sus rizos se movieron y sus ojos brillaron mucho más. “¿Va a venir pronto?”, preguntó emocionada. Mamá le acarició la cabeza y Papá le dio un abrazo grande. “Muy pronto, pequeña,” dijeron juntos.
Cada día, Paula pensaba en Daniel. Imaginaba cómo sería. Se imaginaba compartiendo sus cuentos favoritos, jugando con sus lazos de colores y cantándole canciones. Su mamá y su papá le contaban que cuando Daniel llegara, Paula sería una gran hermana mayor, alguien muy especial que cuidaría mucho a su hermanito.
Cuando Daniel nació, la casa se llenó de un sonido nuevo: su llanto suave y dulce. Paula miraba a su hermanito con mucho cariño, pero a veces se sentía un poco triste. Tenía que compartir sus cuentos y sus lazos, que antes eran solo suyos. Mamá le decía: “Paula, ahora Daniel también los necesita, y tú eres la hermana mayor que le dará todo tu amor.” Al principio, Paula no estaba segura de cómo se sentía. Quería ser feliz, pero también extrañaba tener todo para ella sola.
Un día, Papá llamó por teléfono a la prima Isabel. Isabel tenía siete años, pelo largo, rizado y moreno, con muchos rizos brillantes que caían sobre sus hombros. Sus ojos oscuros eran profundos y sus mejillas tenían muchas pecas que la hacían ver muy linda y simpática. Isabel sabía cómo era tener hermanos pequeños porque ella tenía dos. Cuando Isabel vino a casa, Paula le contó que a veces se ponía un poco triste por tener que compartir sus cosas con Daniel.
Isabel la miró con mucho cariño y le dijo: “Paula, ahora eres una hermana mayor de verdad. Es como ser una superheroína. ¿Sabes por qué? Porque tienes un poder muy grande: puedes cuidar a Daniel, darle abrazos y besos, y ayudarlo a ser feliz. ¿Quieres ser mi compañera superheroína?” Paula sonrió grande y dijo que sí. Se sentía muy orgullosa y contenta.
Desde ese día, Paula comenzó a ver a Daniel de otra manera. No solo era su hermanito, sino su amigo y su gran compañerito. Cuando Daniel lloraba, Paula estaba ahí para abrazarlo y cantarle su canción favorita. Cuando Daniel se reía, Paula reía más fuerte y sentía que su corazón era muy grande de amor.
Una noche, Daniel estaba en su cuna y comenzó a llorar muy fuerte. Mamá y Papá estaban cansados y ya dormían, así que Paula decidió ir a ver qué pasaba. Se levantó con cuidado y caminó hasta la cuna. Llamó a sus papás, pero ellos seguían dormidos. Paula miró a Daniel que tenía los ojitos llenos de lágrimas y decidió hacer algo muy valiente. Se subió a la cuna con mucho cuidado, se tumbó junto a él, lo abrazó fuerte y le susurró palabras dulces. Poco a poco, Daniel dejó de llorar. Los dos cerraron los ojos y se quedaron dormidos así, abrazados, como dos grandes amigos.
A partir de ese día, Paula y Daniel hicieron todo juntos. Desayunaban sentados juntos en la mesa, se vestían con la ayuda de Mamá y Papá, y sobre todo, jugaban mucho. Paula le enseñaba a Daniel a decir palabras nuevas, le mostraba sus cuentos con dibujos y le ponía sus lazos en las manitas. Daniel siempre sonreía cuando veía a Paula y Paula sentía que era la niña más feliz del mundo.
Mamá y Papá veían a sus hijos con mucho amor. Ellos sabían que Paula había aprendido un valor muy grande: el amor y el cuidado hacia los demás. También sabían que Daniel, aunque pequeño, sentía ese amor todo el tiempo y crecía feliz y seguro con su hermana mayor.
Un día, en el parque, Paula conoció a una niña nueva llamada Carmen. Ella tenía el pelo rubio y los ojos azules, y le gustaba jugar al escondite. Paula le presentó a Daniel y juntos jugaron los tres. Paula se dio cuenta de lo bonito que era compartir no solo con Daniel, sino también con más amigos. Cada abrazo, cada sonrisa era como un regalo que hacía el mundo más feliz.
Isabel volvió a casa a visitar a sus primos y vio lo bien que se llevaban Paula y Daniel. “Me alegra mucho ver que mi superheroína pequeña está haciendo un trabajo maravilloso,” dijo con una sonrisa. Paula se puso colorada y le dio un abrazo fuerte a Isabel. “Gracias, prima, por decirme que podía ser una superheroína del amor,” dijo Paula.
Con el tiempo, Paula no solo compartía sus cuentos y lazos, sino también sus risas, sus juegos y su corazón. Entendió que ser hermana mayor significaba también aprender a ser paciente, comprensiva y generosa. Cada día era una aventura donde el amor era el ingrediente más importante.
Así, Paula y Daniel crecieron jugando juntos, aprendiendo y queriéndose mucho. Su mamá y su papá estaban muy orgullosos de sus pequeños, que demostraban que con amor y abrazos se pueden superar cualquier cosa.
Y colorín colorado, esta historia que habla de amor, cuidado y generosidad ha terminado. Paula aprendió que ser hermana mayor es un regalo muy grande y que con sus abrazos y besos podía ser la superheroína más valiente y dulce del mundo. Porque ser hermana significa compartir lo que más queremos y hacer que los días sean llenos de alegría para todos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.