Andrea tenía cinco años y una sonrisa que iluminaba toda la casa. Siempre estaba alegre, saltando, cantando y jugando. Pero había algo muy especial en Andrea: le encantaba imitar a su hermano mayor, Adrián. Adrián tenía ocho años y a veces eso lo ponía un poco nervioso, porque Andrea copiaba todo lo que él hacía, desde la manera de caminar hasta las caras que ponía cuando estaba concentrado. Sin embargo, aunque Adrián a veces fruncía el ceño un poco, quería muchísimo a su hermana pequeña. Los dos tenían un hermanito más pequeño que se llamaba Sergio, y que apenas tenía un año. Sergio era una bolita de alegría y siempre se reía cuando Andrea y Adrián jugaban juntos.
Andrea también tenía otra gran pasión: el ballet. Todas las tardes, después de hacer sus tareas, se ponía su vestido de bailarina, con tutú y zapatillas rosas, y practicaba en el salón. Le encantaba bailar como una verdadera princesa. Soñaba con ser una gran bailarina algún día y ser tan elegante y ligera como las princesas de los cuentos que tanto le gustaban. Andrea tenía una profesora de ballet que se llamaba Mina. Mina era una mujer muy amable y cariñosa, que siempre enseñaba con sonrisas y palabras dulces. Le decía a Andrea que el ballet no solo era bailar bien, sino también aprender a tener paciencia, esfuerzo y mucho amor por lo que se hace.
Una tarde, después de terminar la escuela, Andrea estaba lista para ir a su clase de ballet. Se puso su tutú rosa y una diadema de princesa con brillantes. Cuando Adrián y Sergio la vieron, Adrián dijo: “Otra vez con tus princesas, Andrea. Pareces una hada, ¿verdad?” Andrea rió y contestó, “¡Claro, soy una princesa bailarina!” Sergio, que estaba gateando por el suelo, aplaudió con sus manitas y gritó “¡Baile, baile!” Todos estaban contentos y se fueron juntos a la escuela de ballet.
En el salón de ballet, Mina esperó a Andrea con los brazos abiertos. “¡Hola, Andrea! ¿Lista para bailar?” preguntó. “¡Sí, profe Mina!” respondió Andrea con alegría. Antes de empezar, Andrea miró a sus hermanos y les saludó con la mano. Adrián sonrió suavemente y Sergio agitó los brazos en señal de emoción. Andrea sentía que ellos eran su sombra protectora, que siempre la acompañaban, aunque estuvieran en otro lugar.
Mientras Andrea comenzaba a bailar, Mina le mostró cómo mover los brazos con suavidad y cómo mantener el equilibrio. Andrea observaba cada paso, tratando de imitarlo perfectamente. Su hermano Adrián siempre la miraba desde una esquina de la sala, cruzando los brazos pero con una pequeña sonrisa porque estaba orgulloso de ella. Sergio, que estaba con su mamá en un banco, miraba fascinado los movimientos de su hermana mayor.
Después de la clase, cuando Andrea salió bailando con su tutú rozando el suelo, Adrián se acercó a ella. “Andrea, ¿sabes? A veces me pones un poco nervioso cuando copias todo lo que hago, pero también me gusta que me imites, porque significa que me admiras”, le dijo Adrián. Andrea lo miró sorprendida y abrazó a su hermano. “¡Te quiero mucho, Adrián! Quiero ser como tú cuando sea grande”, dijo con su voz dulce.
Un día, Mina les contó a los niños una historia muy especial sobre el valor de ser uno mismo. “Imitar a otros está bien para aprender, pero al final debes encontrar lo que hace único a tu corazón. Andrea, tú eres una bailarina única porque tú tienes alegría y amor en tu baile. Adrián, tú también eres especial porque tienes paciencia y calma. Sergio, aunque eres pequeñito, ya tienes tu forma especial de reír y hacer feliz a tu familia.” Andrea escuchó muy atenta y pensó en cómo podía seguir siendo ella misma, aunque le encantaba imitar a Adrián.
Pasaron las semanas y Andrea siguió yendo a ballet todos los días. A veces, cuando Adrián se sentía un poco molesto porque Andrea repetía lo que él hacía, su mamá les recordaba que ser hermanos es quererse con todas las diferencias. Y así era. Andrea aprendió que podía admirar a su hermano sin dejar de ser ella misma, y Adrián entendió que su hermanita quería crecer a su lado, imitando lo que encontraba bello.
Una tarde, la mamá de los niños preparó una pequeña sorpresa. Invitó a Adrián y a Sergio a que fueran a ver la presentación de ballet de Andrea. Los tres niños estaban emocionados. Andrea se vistió con su vestido más bonito de princesa y el tutú más blanco y suave que tenía. Adrián se sentó junto a Sergio, que estaba en sus brazos, y juntos miraron a Andrea en el escenario.
Cuando Andrea empezó a bailar, con música suave y dulce, Adrián sintió una alegría grande. Su hermanita no solo imitaba, sino que también había aprendido a crear su propio estilo, a expresar con el cuerpo lo que sentía en el corazón. Mientras Andrea giraba y saltaba, Adrián aplaudía fuerte, igual que Sergio que, aunque pequeño, también sonreía feliz.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.