Había una vez una niña llamada Memé que vivía en un pequeño pueblo lleno de colores y alegría. Memé era muy curiosa y le encantaba explorar todo lo que la rodeaba. Siempre estaba haciendo preguntas y buscando respuestas. Sin embargo, había un lugar donde a menudo se sentía confundida: la escuela.
Cada día, Memé iba al colegio con una gran sonrisa, lista para aprender. Pero, a pesar de su entusiasmo, a menudo terminaba siendo regañada por su profesora. La profesora era una mujer amable, pero también muy estricta cuando se trataba de seguir las reglas del aula.
—¡Memé! —decía la profesora—. No puedes hablar mientras estoy explicando. ¡Debes prestar atención!
Memé se sentía triste y no entendía por qué la regañaban tan a menudo. A veces, sus compañeros de clase la miraban y se reían de ella, lo que la hacía sentir aún más mal.
Un día, después de un largo día en la escuela, Memé llegó a casa y encontró a su mamá en la cocina.
—Hola, Mamá —dijo, suspirando—. ¿Puedo hablar contigo?
—Por supuesto, mi amor —respondió su mamá, sonriendo—. ¿Qué te pasa?
Memé se sentó en la mesa y comenzó a contarle sobre sus problemas en la escuela.
—La profesora siempre me regaña. No entiendo lo que está permitido y lo que no. A veces siento que no puedo hacer nada bien —dijo con tristeza.
Su mamá la escuchó con atención y, después de un momento de reflexión, le dijo:
—Memé, en la escuela hay reglas que debemos seguir para que todos aprendan y se sientan bien. No es que te regañen porque no te quieran, sino porque quieren que todos aprendan.
—Pero yo solo quiero ser amiga de todos y jugar —respondió Memé, sintiéndose un poco frustrada.
—Entiendo, pero ser amable también significa respetar a los demás. Necesitas aprender a escuchar y seguir las instrucciones —explicó su mamá.
Memé asintió, aunque todavía no estaba segura de cómo hacer eso. Su mamá continuó hablando.
—Además, recuerda que hay diferentes tipos de amigos. Algunos son más cercanos que otros, y no todos están dispuestos a jugar contigo. A veces, es bueno observar y ver quién realmente quiere ser tu amigo.
Al día siguiente, Memé se armó de valor y fue a la escuela dispuesta a mejorar. En su primer receso, se acercó a un grupo de compañeros que estaban jugando a la pelota.
—¿Puedo jugar con ustedes? —preguntó Memé, con una sonrisa.
Sin embargo, uno de los niños, llamado Raúl, le respondió:
—No, Memé. No sabemos si eres buena para jugar. No te queremos en nuestro grupo.
Memé se sintió triste, pero recordó lo que su mamá le había dicho sobre observar. En lugar de rendirse, se sentó en un banco cercano y vio cómo jugaban. Con el tiempo, vio que algunos de los niños se caían y se reían, disfrutando del momento. Ella sonrió, pensando que al menos ellos estaban felices.
Cuando terminó el receso, regresó al aula y se encontró con la profesora.
—Hoy quiero que todos trabajen en silencio y en su lugar —dijo la profesora—. Recuerden que es importante prestar atención.
Memé se sentó en su escritorio y se esforzó por concentrarse. Pero, al ver a sus compañeros de clase hablando y riendo, le costaba mantenerse en silencio. En un momento, se volvió hacia su amiga Ivette, que estaba sentada al lado de ella.
—¿Qué opinas de la tarea? —susurró Memé, sin darse cuenta de que estaba rompiendo la regla de silencio.
La profesora se dio la vuelta y frunció el ceño.
—Memé, por favor, mantente en silencio durante la clase. Si quieres hablar, espera hasta el recreo.
Memé se sintió avergonzada y desilusionada. Se dio cuenta de que necesitaba ser más responsable y respetar las reglas.
Al final del día, Memé se sentó con Ivette y le contó cómo se sentía.
—No entiendo por qué me regañan todo el tiempo. Quiero hacer amigos, pero no sé cómo —dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
Ivette la miró y sonrió.
—No te preocupes, Memé. Todos estamos aprendiendo. ¿Por qué no intentas jugar con nosotros durante el recreo? Siempre puedes unirte a nuestro grupo.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Hocolita y la Batalla por el Bosque Rio Saldaña
Roberto, Ana y Luis: Guardianes de Animales
El hombrecito gris que soñaba con cantar
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.