Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y grandes praderas, una niña llamada Lluna. Lluna era una soñadora, siempre con la cabeza entre las estrellas, imaginando galaxias lejanas y mundos desconocidos. Pero Lluna tenía algo que la hacía especial, además de su imaginación: tenía dislexia, lo que hacía que leer y escribir fueran un desafío para ella.
A pesar de su amor por las historias, Lluna a menudo se sentía frustrada y sola en la escuela. Mientras sus compañeros leían con facilidad, ella luchaba con cada palabra, sintiendo que cada letra danzaba frente a sus ojos, evitando ser comprendida. Pero había alguien que siempre estaba allí para ella, su mejor amiga Estrela. Ella era brillante y comprensiva, y aunque no tenía las mismas dificultades que Lluna, siempre encontraba la manera de apoyarla.
Un día, mientras Lluna y Estrela jugaban en el viejo cobertizo del abuelo de Lluna, encontraron un libro polvoriento cubierto de estrellas dibujadas a mano. Era un manual de astronautas olvidado, titulado «Viajes a través de la galaxia». Fascinadas, las niñas comenzaron a hojear las páginas, soñando con aventuras entre las estrellas.
«¿Te imaginas si pudiéramos ser astronautas de verdad, Estrela?» preguntó Lluna con una mezcla de emoción y un toque de tristeza, sabiendo que los libros y el aprendizaje eran un desafío para ella.
Estrela, viendo la tristeza en los ojos de su amiga, tuvo una idea brillante. «¿Por qué no? Podemos crear nuestro propio viaje espacial, Lluna. ¡Hagamos nuestro propio cohete y exploremos las estrellas!»
La determinación de Estrela encendió una chispa en Lluna. Juntas, las niñas comenzaron a construir un «cohete» usando cajas de cartón viejas, tubos de plástico, y mucha cinta adhesiva. Decoraron su nave espacial con dibujos de planetas y cometas, y cada elemento que añadían era un producto de su imaginación sin límites.
Finalmente, después de días de trabajo y risas, su nave estaba lista. Se pusieron cascos de astronautas hechos de aluminio y se prepararon para «despegar» desde el fondo del jardín de Lluna.
«¡Tres, dos, uno, despegue!» gritaron juntas, y con una pequeña luz estroboscópica que Estrela había encontrado, simularon el despegue de su cohete. Mientras la luz parpadeaba, las sombras danzaban alrededor del cobertizo, transformando su rústica nave en una cápsula espacial zumbando a través del espacio.
Viajaron a planetas imaginarios, descubrieron estrellas fugaces y esquivaron asteroides. En cada «planeta» que visitaban, Lluna y Estrela dejaban una bandera hecha de tela y palitos de helado, marcando su aventura. En el «Planeta de los Libros», un mundo que Lluna había soñado donde las palabras eran fáciles de entender y bailaban amigablemente alrededor de uno, pasaron horas hablando sobre cómo sería leer sin dificultad.
«¿Sabes, Estrela?» dijo Lluna mientras miraban las «estrellas» (luces de Navidad que habían colgado alrededor del cobertizo). «A veces, desearía que leer no fuera tan difícil para mí.»
Estrela tomó la mano de Lluna. «Pero mira lo que podemos hacer cuando trabajamos juntas. Hicimos un cohete y volamos a las estrellas. Tal vez las palabras son como pequeños planetas que necesitas explorar de una manera especial, justo como exploramos el espacio.»
Lluna sonrió, una idea comenzaba a formarse en su mente. Inspirada por su viaje y las palabras de Estrela, decidió que haría un diario de su «viaje espacial», con dibujos y palabras simples, exactamente como los planetas que había visitado en su imaginación.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.