En la escuela del bosque de Lucerna, donde los animales aprendían y jugaban juntos, había un pequeño capibara llamado Pancho. Pancho era un animalito muy sensible y tenía algo que los humanos llaman TDAH, lo que hacía que se le dificultara concentrarse y terminar sus tareas. A veces, se quedaba mirando por la ventana, perdido en sus pensamientos, y otras veces, las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que él pudiera evitarlo.
Entre sus compañeros estaba Tincho, otro capibara que solía ser bastante brusco con Pancho. «¡Eres un llorón, Pancho!» le gritaba, empujándolo en el recreo. Lo que los demás no sabían era que Tincho era tratado de forma similar en su casa, lo que le hacía actuar así en la escuela.
Roro, un conejito siempre alegre y amistoso, junto con Catu, una sabia lechuza, y Gio, un mono travieso y juguetón, querían ayudar a Pancho y hacer que Tincho cambiara su actitud.
Un día, después de una triste mañana en la que Tincho había sido especialmente duro con Pancho, la maestra, Doña Margarita, decidió que era momento de enseñar una lección muy importante. Planificó una actividad especial para la clase, una que requería trabajar en equipo y comprensión mutua.
«Clase, hoy vamos a hacer algo diferente,» anunció Doña Margarita. «Vamos a formar equipos y cada grupo tendrá que completar una serie de tareas. Pero hay una regla: cada uno debe desempeñar el rol que normalmente no tiene.»
Así, Pancho fue puesto como líder del equipo, algo que le asustaba un poco. Tincho, por otro lado, tenía que ser el asistente de Pancho, ayudándolo en todo lo que necesitara. Roro, Catu y Gio también tenían roles que los sacaban de su zona de confort.
Al principio, Tincho bufó y resopló, molesto por tener que ayudar a Pancho. Pero a medida que la actividad avanzaba, empezó a notar cuánto se esforzaba Pancho para concentrarse y hacer bien las cosas, a pesar de su dificultad para mantenerse atento.
«Pancho, ¿necesitas que te pase los colores?» preguntó Tincho, después de ver cómo Pancho luchaba por alcanzarlos.
«Por favor,» respondió Pancho, sorprendido pero agradecido.
Poco a poco, trabajando juntos, Tincho comenzó a entender los desafíos que Pancho enfrentaba cada día. Viendo su esfuerzo y su deseo de hacer bien las cosas, Tincho sintió algo que no había sentido antes: empatía.
Al final de la actividad, Doña Margarita felicitó a todos por su trabajo en equipo. «¿Vieron cómo podemos aprender unos de otros cuando trabajamos juntos y nos tratamos con respeto?» preguntó.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.