Sara, Alejandro y Jennifer eran tres amigos que vivían en un pequeño pueblo del Perú, un lugar lleno de colores y tradiciones, pero que últimamente estaba atravesando momentos muy difíciles. En su escuela habían escuchado a los mayores hablar sobre algo que les preocupaba: extorsionadores, asesinatos y la sensación de que las autoridades no hacían mucho para detenerlos. Estos temas les sonaban muy graves y les hacía sentir miedo, pero también despertaron su curiosidad para entender qué estaba pasando y qué podían hacer ellos, como niños, para ayudar a cambiar las cosas.
Un día, después de la escuela, los tres amigos se reunieron en el parque central. Sara, la más valiente del grupo, dijo con firmeza: “No podemos quedarnos callados. Si nadie habla, los malos seguirán haciendo daño. Tenemos que hacer algo, aunque sea un poquito.” Alejandro, que siempre era muy reflexivo, añadió: “Pero qué podemos hacer nosotros, si esos problemas los tienen los adultos y los policías. Además, he oído que los extorsionadores son muy peligrosos.” Jennifer, que era creativa y le gustaba escribir, propuso: “Podemos contar nuestra historia. Podríamos escribir un cuento o hacer un dibujo para explicar lo que está pasando en nuestro pueblo. Así, más personas van a entender lo seria que es la situación.”
Sara, Alejandro y Jennifer no tardaron en organizarse. Empezaron a recoger información con cuidado y con la ayuda de sus familias. Los vecinos les contaron que la extorsión era como un juego sucio en el que los malos pedían dinero a cambio de no hacer daño, pero quienes no pagaban a veces sufrían consecuencias peores. A veces, los extorsionadores amenazaban a los dueños de negocios pequeños, y algunas familias vivían con miedo día y noche. Por desgracia, las autoridades no parecían hacer mucho para protegerlos, y esa impunidad parecía ser una sombra que se expandía sobre el pueblo.
Al principio, los amigos sintieron tristeza y rabia. ¿Por qué nadie ayudaba? ¿Por qué los malos seguían haciendo daño? Alejandro compartió: “Mi papá dice que a veces quienes deberían cuidar a las personas están ocupados o tienen miedo, o quizás no saben cómo resolverlo.” Sara agregó: “Eso está mal, pero no podemos rendirnos. El cambio empieza con nosotros.” Jennifer, muy emocionada, dijo: “Lo que podemos hacer es enseñar a otros niños y adultos a no tener miedo, a denunciar con valentía y a apoyarse todos juntos.”
Con esa idea, crearon un pequeño grupo llamado “Luz en la sombra”. Su misión era conversar con más niños y sus familias para que supieran qué era la extorsión, cómo protegerse y por qué era importante decirle a alguien de confianza si alguien se sentía amenazado. También explicaron que no estaban solos, que la solidaridad era una luz que podía ahuyentar a las sombras. Para que su mensaje llegara más lejos, hicieron dibujos y escribieron cuentos que compartieron en la escuela y en las plazas.
Un día, mientras escuchaban atentamente a una vecina llamada Doña Carmen, ella les contó algo que los dejó en silencio por unos momentos. “Hace poco, mi amigo don Mateo fue amenazado y no pudo pagar. Unos días después, encontraron que lo habían lastimado muy grave, y nadie ha sabido quién hizo eso. Todo sigue igual porque no hay justicia.” Sara apretó los puños y se volvió hacia sus amigos. “Esto es muy serio. No podemos dejar que cosas así sigan pasando sin que nadie haga nada.” Alejandro dijo: “Tenemos que ser valientes, no solo para contar, sino para acompañar a quienes necesitan ayuda.” Jennifer agregó: “Y también para exigir que los que tienen poder cumplan con su trabajo, porque la impunidad solo fortalece a los malos.”
Así, los tres amigos decidieron escribir una carta a sus autoridades: al alcalde, la policía y los medios locales. En la carta explicaron con palabras claras y respetuosas lo que estaban viviendo en el pueblo, lo mucho que sufrían las familias, y lo importante que era actuar con justicia para proteger a todos, especialmente a los niños. También pidieron que escucharan la voz de la comunidad y trabajaran unidos para fortalecer la seguridad y la confianza.
Para su sorpresa, la carta fue leída en una reunión pública donde participaron varios vecinos y representantes del gobierno local. Ese día, Sara, Alejandro y Jennifer estuvieron presentes y vieron que muchas personas empezaron a compartir sus preocupaciones. Algunos funcionarios reconocieron que habían sido lentos para actuar, pero prometieron mejorar el apoyo a las familias y promover programas que ayudaran a prevenir la violencia y la extorsión. No fue una solución inmediata, pero ese gesto fue un paso importante.
Sin embargo, los amigos entendieron que el cambio no solo dependía del gobierno o de la policía, sino también de cada persona. Aprendieron a reconocer el valor de la honestidad, la valentía y la solidaridad. También comprendieron que aunque el miedo a veces quería apagarlos, la esperanza y el trabajo comunitario podían hacer que la luz ganara terreno a las sombras.
Sara, Alejandro y Jennifer continuaron con su grupo “Luz en la sombra” y ahora invitaban a más niños a participar. Organizaron charlas, juegos sobre valores, y momentos para escuchar los miedos y sueños de todos. Así lograron que la comunidad volviera a sentirse unida y con fuerzas para enfrentar los problemas.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Familia Dino en el Valle de los Dinosaurios
Diego y el Eco de la Igualdad
Cuento de Los Tres Primos y El Jardín Mágico
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.