En un pequeño pueblo lleno de colores y risas, vivían dos hermanos llamados Sofía y Mateo junto a su papá. Sofía tenía cinco años y Mateo apenas cuatro. Los dos niños eran muy juguetones y siempre compartían sus secretos y aventuras, aunque a veces discutían por cosas pequeñas, pero al final siempre se reconciliaban con un abrazo.
Un día soleado, mientras paseaban por el parque, Sofía y Mateo vieron un carrito de helados que llamaba mucho su atención. Los conos de helado parecían enormes y estaban llenos de muchos colores: rosa, amarillo, verde y marrón. En la cabeza de Sofía apareció una idea dulce y brillante como el sol.
—Papá, ¿podemos comprar un helado? —preguntó Sofía con una sonrisa muy grande.
Mateo también saltó de emoción y dijo:
—¡Helado, helado! Yo quiero uno también, por favor.
El papá sonrió, pero luego su rostro cambió a una expresión preocupada. Miró en sus bolsillos y vio que no tenía dinero para comprar dos helados.
—Hijo, Sofía —dijo mientras se agachaba para mirar a los niños a los ojos—, hoy solo tengo dinero para comprar un helado. Lo siento mucho.
Sofía y Mateo se miraron, un poco tristes, pero Mateo comenzó a sentir una tristeza más grande y, de repente, empezó a llorar porque él quería su propio helado. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y su llanto se hizo más fuerte.
—¡Quiero mi helado! —sollozó Mateo—. ¡No es justo!
Sofía se acercó a su hermanito y le puso la mano en el hombro para consolarlo.
—Mateo, no llores —dijo con voz suave—. Solo tenemos un helado, pero podemos compartirlo. Seguro que está bien y lo vamos a disfrutar juntos.
Mateo miró a su hermana, todavía con lágrimas en los ojos, pero comenzó a secarse las mejillas con la manga de su camiseta.
—¿De verdad compartirás conmigo tu helado? —preguntó con voz temblorosa.
—Claro que sí —respondió Sofía sonriendo—. Somos hermanos y compartir es cuidar a la persona que quieres.
El papá escuchaba la conversación y se sintió orgulloso de sus hijos. Compró un helado en un gran cono para Sofía y Mateo. Se sentaron todos en una banca del parque para disfrutarlo.
Sofía sostuvo el helado en sus manos y lo primero que hizo fue partir un pedacito para dárselo a Mateo. Él chupó el helado lentamente, y poco a poco su tristeza se transformó en alegría. Compartir el helado era como compartir la felicidad, y los dos niños estaban muy contentos.
El papá también se unió a la conversación y les explicó:
—Sofía, Mateo, compartir es uno de los valores más importantes que podemos aprender. Cuando compartimos, mostramos amor y cariño por los demás, y eso nos hace felices porque no solo pensamos en nosotros, sino también en quienes queremos.
Sofía y Mateo asintieron con la cabeza, comprendiendo mejor lo que su papá les decía. Mateo dejó de llorar y empezó a reír, mientras con la lengua trataba de alcanzar el siguiente bocado de helado.
Después de terminar el helado, decidiron dar un paseo por el parque. Siguiendo al papá, los niños vieron a otros niños jugando y riendo. Sofía, que siempre era muy amable, le dijo a Mateo:
—¿Ves? Cuando compartimos, todos somos felices. Igual que los niños que están jugando juntos y compartiendo sus juegos.
Mateo respondió:
—Quiero compartir mis juguetes cuando llegue a casa, para que mis amigos estén contentos también.
El papá sonrió mucho y dijo:
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.