Joel siempre había sentido que sus pensamientos volaban a otro ritmo, como si su mente tuviera alas que lo llevaban muy lejos, pero a veces, esas mismas alas le hacían sentirse distinto y un poco solo en el colegio. Tenía diez años, justo como tú, y se preguntaba cómo explicarle a sus compañeros que algunas cosas para él eran más fáciles, otras más difíciles, y que a veces sentía que su cabeza era una especie de cohete que no paraba de pensar.
Un día, después de la clase de ciencias, Joel decidió buscar respuestas para entender por qué él era así y cómo podía compartir lo que sentía con sus amigos. Quería que ellos también comprendieran lo que significaba tener altas capacidades, y que no fuera algo raro o incómodo, sino algo que podía ayudar a todos a ser mejores amigos.
Al salir del salón, vio a su amiga Luna, que estaba dibujando en la sombra de un árbol. Luna era una niña muy amable, siempre con una sonrisa y lista para escuchar. Joel se acercó con una mezcla de emoción y nervios.
—Luna, ¿tú sabes qué son las altas capacidades? —preguntó Joel mientras se sentaba a su lado.
Luna miró su dibujo y luego lo miró a él, curiosa.
—Yo creo que es cuando alguien puede aprender cosas rápido o tiene ideas muy grandes en la cabeza, ¿no? —dijo en voz baja, sin estar muy segura.
Joel asintió con una sonrisa. —Sí, pero no es solo eso. A veces parece que mi mente piensa tan rápido que me canso, o que no sé cómo explicar lo que siento. Por ejemplo, la profe dice que soy muy bueno en matemáticas y en leer, pero en los juegos o en hablar con otros niños siento que no encajo del todo.
En ese momento, se les acercaron Tomás y Valeria, dos compañeros que siempre estaban riendo.
—¿De qué hablan? —preguntó Tomás, mientras Valeria lo observaba con curiosidad.
Joel decidió abrir su corazón ese día y contó lo que había estado pensando y sintiendo desde hace un tiempo. Habló de cómo a veces entender las cosas rápido lo hacía sentir solo porque sus ideas eran diferentes, y cómo quería ayudar a que los demás también pudieran comprenderlo y aceptarlo.
Valeria, con su dulce voz, dijo:
—Yo creo que todos tenemos cosas que nos hacen especiales. Por ejemplo, a mí me gusta mucho cantar, y a veces parece que nadie me escucha, pero cuando lo hacen, me siento feliz.
Tomás agregó:
—Y yo soy muy bueno corriendo, a veces los demás se cansan y yo sigo, pero también me cuesta poner atención cuando me hablan de cosas que no entiendo rápido.
Joel se dio cuenta de que aunque cada uno tenía talentos diferentes, todos tenían algo especial que los hacía únicos. Comprender eso fue el primer paso para sentirse conectado con ellos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.