Cuentos de Amistad

Cuando el olor se volvió abrazo

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

Desde que Mateo nació, sus pies tenían un olor muy especial. No era el olor normal que tienen los pies después de hacer ejercicio o jugar, sino un olor diferente, algo que nadie podía explicar. Al principio, sus papás, Camila y Lucas, pensaron que era algo común y que se iría con el tiempo, pero no fue así. Mateo, que tenía apenas tres añitos, siempre estaba un poquito triste cuando iba a la guardería. Los demás niños olían sus pies y, sin saber por qué, se alejaban de él. Sus compañeritos no se acercaban a jugar y Mateo pasaba sus horas solito en un rincón, mirando cómo los niños se divertían sin invitarlo.

En casa, sus papás veían que Mateo se ponía triste y no les gustaba nada que eso pasara. Siempre que llegaban de la guardería, lo abrazaban fuerte, le daban muchos besos y le compraban juguetes nuevos para que se sintiera mejor. Camila le hacía sus meriendas favoritas, y Lucas le contaba cuentos inventados para que riera y olvidara su tristeza. Pero, aunque en casa Mateo se sentía querido y más feliz, él mismo no entendía por qué en la guardería no tenía amigos. Tampoco los médicos lograban encontrar la razón: revisaban sus pies, su cuerpo y le hacían mil pruebas, pero nada explicaba ese olor tan peculiar. “A veces, las cosas son un misterio, Mateo, pero eso no significa que no sean especiales”, le decía su mamá con una sonrisa.

Una mañana, justo cuando Mateo entraba a la guardería con su mochila de dinosaurios, aparecieron dos niños nuevos. Eran hermanos y se llamaban Pedrito y Palomita. Pedrito era un niño pequeño, como Mateo, pero caminaba con mucha atención porque le faltaba una pierna. En lugar de ella, tenía una pierna de metal que hacía “clic” cada vez que daba un paso. Palomita, su hermana, tenía un antojo en el ojo derecho, con forma de estrella brillante que parecía brillar cuando le daba la luz del sol. Los niños de la guardería los miraban extraño y les decían “bichos raros”, pero Pedrito y Palomita no se enfadaban ni se ponían tristes. Al contrario, se reían y decían con orgullo que eran especiales.

—Mi pierna es dura y fuerte, es mitad robot —decía Pedrito con una sonrisa enorme—. Puedo correr rápido y hacer ruidos divertidos cuando camino.
—Y mi antojo en forma de estrella es mágico —decía Palomita—. Mi mamá dice que cuando nací, una estrella tan bonita se pegó en mi cara para que nadie nunca me olvide.

Cuando estos dos niños vieron a Mateo sentado solo, en su rincón, sin jugar con nadie, decidieron acercarse. No entendían por qué nadie se acercaba a aquel niño que parecía triste. Palomita fue la primera en llegarle, con su sonrisa radiante y sus ojos llenos de alegría; luego, Pedrito apoyó su pierna de metal en el suelo y caminó despacito hacia él.

—Hola, ¿quieres jugar con nosotros? —preguntó Palomita con un tono suave y dulce.
Mateo se sorprendió mucho y asintió tímidamente. Nunca nadie le había hablado así en la guardería. Al irse acercando, los hermanos no pudieron evitar oler los pies de Mateo, porque el olor era fuerte y distinto. Entonces, entre risas, Pedrito dijo:
—¡Oye! ¡Tus pies huelen igual que el queso que más nos gusta!
—Sí —añadió Palomita—. Estar a tu lado nos da mucha hambre, casi podemos saborear ese queso ahora mismo.

Mateo empezó a reír y, por primera vez, se sintió acogido. Jugaban, corrían y reían juntos, como si hubieran sido amigos desde siempre. Pronto, otros niños se fueron acercando también, curiosos por qué Pedrito y Palomita se habían hecho amigos de Mateo sin importarle su olor peculiar. Algunos querían saber cómo era la pierna de metal de Pedrito y otros observaban la estrella en el ojo de Palomita con admiración. Mateo ya no estaba solo.

Un día, mientras los tres jugaban en el patio de la guardería, Pedrito les contó que su pierna robot podía hacer sonidos diferentes si presionaba un botón secreto. Con una sonrisa traviesa, apretó el botón y ¡clic, clic, clic!, sonó música divertida. Palomita, por su parte, llevó a Mateo a un espejo y le dijo:

—Tu olor a queso es como un abrazo invisible… es único en el mundo, y eso te hace especial y querido. ¡Eres diferente y eso está bien!

Mateo miró su reflejo, luego miró a sus amigos nuevos. Se sentía feliz, como nunca antes, porque había descubierto que ser distinto podía ser bueno, que la amistad no se basaba en olores, ni en cómo se veían, ni en ser iguales. La amistad era para compartir risas, juegos y abrazos—aunque fueran invisibles—y aceptarse tal y como se es.

Camila y Lucas, los papás de Mateo, estaban muy contentos al ver que su hijo volvía a la guardería con una sonrisa enorme. Sabían que cuando los niños aprendían a mirar con el corazón y no solo con los ojos, sucedían cosas maravillosas, como la verdadera amistad.

Un día, Pedrito, Palomita y Mateo jugaron a hacer un picnic en el salón de la guardería. Usaron mantas de colores, trajeron muñecos y, por supuesto, queso de juguete para Mateo. Mientras comían, Mateo dijo:

—Mi olor antes me hacía sentir raro, pero ahora veo que es parte de mí, ¡y además huele muy bien para ustedes!

—¡Claro que sí! —respondió Palomita—. ¡Y tus pies huelen a queso de fiesta!
—Somos todos especiales —añadió Pedrito—. Mira mi pierna robot y la estrella de Palomita, y no hay nada más divertido que una amistad única como la nuestra.

Desde ese día, Mateo dejó de estar solito en un rincón. Sus compañeros ya no se alejaban, porque ahora todos entendían que lo que hace especial a cada uno no hay que temerlo ni esconderlo, sino celebrarlo. Camila y Lucas se sentían orgullosos porque habían ayudado a Mateo a encontrar amigos que lo querían por como era.

En la guardería, el rincón donde Mateo solía estar solo se llenó de risas, juegos y abrazos invisibles, como aquel olor a queso que era en realidad un abrazo secreto que unía a esos tres niños especiales.

Y así, Mateo aprendió que todos tienen algo que los hace diferentes, y que esas diferencias son el mejor motivo para querer a los demás. Cuando el olor se volvió abrazo, la amistad de Mateo, Pedrito y Palomita creció fuerte y feliz. Porque la verdadera amistad no se mide por cómo huela o se vea alguien, sino por el cariño que se comparte, los juegos que se inventan y las risas que se regalan.

Y colorín colorado, esta historia especial de amistad ha terminado. Siempre recuerda, pequeño: ser diferente es ser único, y la amistad es el mejor perfume que cualquier niño puede tener.

image_pdfDescargar Cuentoimage_printImprimir Cuento

¿Te ha gustado?

¡Haz clic para puntuarlo!

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario