Era una fría mañana de invierno en la ciudad de Canterlot. La nieve cubría las calles y los tejados, y el aire olía a pino y chocolate caliente. Jhoan, Celeste, Santiago, Iker y Hellen estaban reunidos en la casa de Jhoan, discutiendo un plan muy importante.
«El Festival de Juguetes para Niños es mañana, y tenemos que llevar todas las bolsas de juguetes que hemos recolectado,» dijo Jhoan con entusiasmo. «Pero primero, necesitamos recuperar las bolsas del casillero de almacenamiento.»
Todos asintieron, emocionados por la misión. Habían trabajado duro para recolectar juguetes para los niños necesitados y no podían esperar para ver las sonrisas en sus rostros.
«Vamos al casillero de almacenamiento de inmediato,» sugirió Celeste, siempre práctica.
El grupo se abrigó bien con bufandas, guantes y gorros, y salieron hacia el casillero de almacenamiento de Jhoan. Al llegar, Jhoan buscó la llave en su bolsillo, pero su expresión cambió rápidamente.
«¡Oh, no! ¡He olvidado la llave en mi casillero en la escuela!» exclamó con preocupación.
Los demás se miraron entre sí, intentando pensar en una solución. La escuela estaba cerrada por las vacaciones de invierno, y sabían que sería difícil entrar sin la llave. Sin embargo, no estaban dispuestos a rendirse.
«¿Qué hacemos ahora?» preguntó Iker, rascándose la cabeza debajo de su gorro azul.
«Tenemos que pensar en algo,» dijo Hellen, mirando alrededor en busca de una idea.
Santiago, el más tranquilo del grupo, sugirió: «Podríamos intentar buscar a alguien que tenga una llave maestra, como el conserje de la escuela.»
«Eso es una buena idea,» dijo Celeste. «Vamos a la casa del conserje. Puede que esté en casa y pueda ayudarnos.»
El grupo se puso en marcha, caminando con cuidado por las calles resbaladizas. Llegaron a la casa del señor Fernández, el amable conserje de la escuela. Después de un par de toques en la puerta, el señor Fernández abrió y los recibió con una cálida sonrisa.
«¡Hola, chicos! ¿Qué los trae por aquí en un día tan frío?» preguntó.
Jhoan explicó la situación rápidamente, y el señor Fernández asintió comprensivamente. «Entiendo. Vamos, tengo una llave maestra en la escuela. Los llevaré.»
El señor Fernández se puso su abrigo y los acompañó a la escuela. Una vez allí, usó la llave maestra para abrir la puerta principal y luego el casillero de Jhoan. Dentro, encontraron las bolsas de juguetes intactas.
«¡Gracias, señor Fernández!» exclamaron todos a la vez.
«De nada, chicos. Me alegra poder ayudar. Ahora asegúrense de llevar esos juguetes a tiempo para el festival.»
«Lo haremos,» prometió Jhoan, y el grupo comenzó a llevar las bolsas de vuelta a la casa de Jhoan.
De regreso en la casa de Jhoan, el grupo organizó los juguetes por categorías: peluches, juegos de mesa, muñecas y carros de juguete. Cada uno tenía una tarea específica para asegurarse de que todo estuviera listo para el día siguiente.
Mientras trabajaban, la madre de Jhoan les llevó tazas de chocolate caliente y galletas recién horneadas. «Gracias, chicos, por hacer esto por los niños. Estoy muy orgullosa de ustedes,» dijo, sonriendo.
La tarde pasó rápidamente, y pronto todas las bolsas de juguetes estaban listas para ser llevadas al festival al día siguiente. Jhoan, Celeste, Santiago, Iker y Hellen se despidieron y regresaron a sus casas para descansar.
A la mañana siguiente, el sol brillaba en el cielo despejado, haciendo que la nieve resplandeciera. Los cinco amigos se reunieron temprano en la casa de Jhoan y, con gran esfuerzo, comenzaron a transportar las bolsas de juguetes al lugar del festival, un parque grande en el centro de la ciudad.
Al llegar, fueron recibidos por la señora Pérez, la organizadora del festival. «¡Buenos días, chicos! ¡Gracias por su increíble trabajo!» dijo con entusiasmo. «Vamos a colocar estos juguetes en las mesas para que los niños puedan elegir los que más les gusten.»
El grupo se puso manos a la obra, ayudando a la señora Pérez a decorar el lugar con globos y guirnaldas de colores. Poco a poco, las mesas se llenaron de juguetes, y el parque se transformó en un paraíso invernal lleno de alegría y esperanza.
Los niños empezaron a llegar con sus familias, y pronto el parque se llenó de risas y sonrisas. Los amigos observaron con satisfacción cómo los niños escogían sus juguetes favoritos, sus ojos brillando de felicidad.
Entre la multitud, Jhoan vio a un niño pequeño, de pie solo, mirando tímidamente los juguetes. Se acercó a él y le dijo: «Hola, ¿te gustaría elegir un juguete?»
El niño asintió tímidamente. Jhoan lo llevó a la mesa de peluches y el niño escogió un osito de peluche marrón. «Gracias,» dijo el niño con una sonrisa tímida.
Jhoan se sintió feliz al ver la alegría en los ojos del niño y regresó con sus amigos. «Estamos haciendo una gran diferencia,» dijo, y los demás asintieron.
El festival continuó con juegos, música y espectáculos de magia. Todos se divertían, y los amigos se sentían orgullosos de su trabajo. Cuando el festival terminó, las bolsas de juguetes estaban vacías, y el parque estaba lleno de niños felices con sus nuevos juguetes.
La señora Pérez se acercó al grupo y les dijo: «Gracias, chicos. Han hecho algo maravilloso hoy. Los niños nunca olvidarán este día.»
Los amigos se miraron y sonrieron. Habían trabajado juntos, superado obstáculos y, lo más importante, habían hecho felices a muchos niños.
«Ha sido un día increíble,» dijo Hellen.
«Sí, lo ha sido,» agregó Santiago. «Y todo gracias a nuestra amistad y trabajo en equipo.»
«¡Exacto!» dijo Celeste. «No podríamos haberlo hecho sin todos nosotros.»
Iker, siempre el bromista, añadió: «Y sin el chocolate caliente y las galletas de la mamá de Jhoan.»
Todos rieron y se abrazaron. Sabían que, juntos, podían lograr cualquier cosa.
El día terminó, pero la amistad entre Jhoan, Celeste, Santiago, Iker y Hellen se fortaleció aún más. Habían aprendido que, con determinación y trabajo en equipo, podían superar cualquier desafío y hacer del mundo un lugar mejor, un juguete a la vez.
Conclusión:
El Festival de Juguetes fue un éxito, gracias a la dedicación y esfuerzo de Jhoan, Celeste, Santiago, Iker y Hellen. Su amistad y espíritu de equipo demostraron que, cuando se trabaja juntos, se pueden lograr grandes cosas. Los niños de Canterlot nunca olvidarán el día en que recibieron sus juguetes, y los amigos nunca olvidarán la satisfacción de haber hecho una diferencia en sus vidas. La amistad es un regalo que sigue dando, y estos cinco amigos lo sabían muy bien.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.