En un pequeño pueblo lleno de flores y risas, vivían tres amigos inseparables: Sara, Jeimi y Roseli. Sara era una niña con largo cabello castaño y una expresión juguetona. Jeimi era un chico con cabello negro y corto, siempre decidido en todo lo que hacía. Roseli, por su parte, tenía el cabello rubio y rizado, y siempre estaba preocupada por el bienestar de sus amigos.
Un día, mientras jugaban en el parque, Sara y Jeimi comenzaron a discutir. La razón era simple, pero para ellos parecía enorme. Sara quería jugar en el columpio, mientras que Jeimi prefería el tobogán. Los ánimos se caldearon y pronto ambos se estaban gritando, cada uno queriendo imponer su voluntad.
—¡Yo llegué primero! —gritaba Sara, tirando del columpio.
—¡No es justo, tú siempre decides! —replicaba Jeimi, aferrado al tobogán.
Roseli, que estaba jugando con su muñeca cerca del arenero, vio la discusión y se acercó rápidamente. No le gustaba ver a sus amigos peleando. Con una expresión preocupada, se puso entre ellos.
—¡Basta, basta! —dijo Roseli con firmeza—. No se peleen. Somos amigos, ¿recuerdan?
Sara y Jeimi se miraron, aún enojados, pero la presencia de Roseli les hizo calmarse un poco. Ella siempre sabía qué decir para hacerlos sentir mejor.
—Jeimi, Sara —continuó Roseli—, debemos encontrar una manera de jugar juntos. No vale la pena pelear por un columpio o un tobogán. Podemos turnarnos y divertirnos todos.
Los tres amigos se miraron en silencio por un momento. Luego, Sara fue la primera en hablar.
—Tienes razón, Roseli. Lo siento, Jeimi. No debí gritarte.
Jeimi asintió, bajando la cabeza.
—Yo también lo siento, Sara. Podemos turnarnos. Primero tú en el columpio, luego yo en el tobogán, y después cambiamos.
Roseli sonrió ampliamente, contenta de ver a sus amigos reconciliados. Juntos, decidieron seguir el plan y pronto las risas llenaron el parque nuevamente. Cada uno disfrutaba de su turno y, lo más importante, disfrutaban de estar juntos.
A medida que pasaban los días, Sara, Jeimi y Roseli aprendieron la importancia de la amistad y la cooperación. Descubrieron que podían resolver cualquier problema hablando y escuchándose unos a otros. Sus lazos se hicieron más fuertes y su amistad más profunda.
Un día, decidieron organizar una aventura en el bosque cercano. Empacaron bocadillos, agua y una manta, y se dirigieron emocionados hacia los árboles altos y frondosos. Caminaron entre los senderos, explorando cada rincón y disfrutando de la naturaleza.
Durante la caminata, encontraron un claro lleno de flores y mariposas. Decidieron que ese era el lugar perfecto para descansar y disfrutar de su pícnic. Mientras comían y charlaban, Roseli propuso un juego.
—¿Qué tal si jugamos a contar historias? —sugirió—. Cada uno puede inventar una y compartirla con los demás.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.