Había una vez un niño de siete años llamado Josué que cursaba el segundo grado en la escuela. A Josué le encantaba vestirse con una capa roja brillante, una corona dorada y una túnica elegante que su mamá le había hecho con mucho cariño. En la escuela y en su vecindario todos lo llamaban “El Pequeño Príncipe”, porque casi nunca se quitaba su traje, ni siquiera para jugar. Josué soñaba con ser un príncipe valiente y fuerte, como los que veía en sus cuentos favoritos en la televisión.
Esos cuentos hablaban de príncipes que tenían caballos mágicos y carruajes fantásticos que corrían muy rápido. En ellos, los príncipes luchaban contra dragones gigantescos y salvaban a personas en peligro. Josué admiraba mucho a esos príncipes porque hacían cosas muy arriesgadas y difíciles, y pensaba que él debería hacer lo mismo para ser un príncipe de verdad. A veces, en el parque, Josué intentaba saltar desde lugares altos, pero se daba cuenta de que daba miedo y que no quería lastimarse.
Un día, cuando Josué estaba en el parque con su capa y su corona, vio a varios niños mayores que saltaban desde lo alto de una pared de piedra muy peligrosa. Los niños se reían, hacían piruetas y se burlaban unos de otros para demostrar quién era el más fuerte y valiente.
—¡Oye, Josué! —le gritó uno de los niños, que se llamaba Ángel—. Si eres un verdadero príncipe, ¡tienes que saltar desde aquí también!
Josué miró hacia abajo y vio lo alto que estaba. Su corazón comenzó a latir muy rápido, pero también tenía miedo. No estaba seguro si quería hacer algo tan peligroso solo para parecer valiente.
Entonces, apareció María, una niña de la escuela que siempre ayudaba a sus amigos. María se acercó al grupo y dijo con voz firme:
—No necesitamos hacer cosas peligrosas para demostrar que somos valientes. Ser valiente es mucho más que saltar de lugares altos. Es también ser bueno, cuidar a los demás y ser amigo.
Ángel se rió y dijo:
—¡Pero los príncipes hacen cosas atrevidas! Eso es lo que los hace especiales.
Josué bajó la mirada y pensó en lo que su mamá siempre le decía: “Josué, la valentía no es solo hacer cosas arriesgadas, sino también hacer lo correcto y ayudar a quienes nos rodean.”
De repente, Josué tuvo una idea. Les dijo a los niños:
—¿Y si probamos algo diferente? En vez de saltar desde esa pared, ¿por qué no hacemos una carrera para ayudar a alguien que lo necesite? O escuchamos sus problemas y somos amigos. Eso también necesita valentía.
Los niños se miraron un poco confundidos, porque esperaban que Josué hiciera algo más espectacular. Pero Ángel, que era parte del grupo, preguntó curioso:
—¿A quién podríamos ayudar?
Josué sonrió y respondió:
—Mi mamá me dijo que en el vecindario hay una señora mayor que no puede salir sola porque se lastimó la pierna. Podríamos visitarla, traerle frutas o jugar con ella para que no se sienta sola.
María dio un paso adelante y dijo:
—¡Me gusta eso! Además, ayudar es algo que hace un verdadero príncipe.
Así que, sin pensarlo dos veces, los niños y Josué caminaron juntos hacia la casa de la señora Rosario. Ella los recibió con una gran sonrisa y los invitó a pasar.
La casa de la señora Rosario estaba llena de flores y dibujos hechos por niños del vecindario. Josué y sus amigos le trajeron una canasta con frutas y algunos juguetes que habían juntado.
—Muchas gracias, niños —les dijo la señora Rosario—. Me alegra tanto que hayan venido a visitarme. A veces me siento muy sola y triste porque no puedo caminar mucho.
Josué la miró y dijo con sinceridad:
—No queremos que se sienta sola, señora Rosario. Nosotros podemos venir a visitarla todos los días y contarle cuentos de príncipes y princesas, como a mí me gustan.
María sacó un libro de cuentos que siempre llevaba en su mochila y comenzó a leerles. Los niños se sentaron en el suelo y escucharon atentos. Ángel incluso dejó de hacer piruetas para prestar atención y sonreír.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.