Había una vez, en un bosque lleno de árboles altos y hojas brillantes, un monstruo rojo llamado Rojín que tenía una habilidad muy especial: ¡le encantaba hacer malabares con su nariz! Pero no hacía malabares con cualquier objeto, sino con un paraguas muy colorido que había encontrado una tarde mientras exploraba el bosque. Rojín era un monstruo amistoso y juguetón; sus ojos grandes y redondos siempre brillaban con alegría cada vez que practicaba sus malabares.
Un día, mientras practicaba en un claro del bosque, apareció su amigo Verdi, un monstruo verde que siempre estaba lleno de energía y que amaba correr y contar historias. Verdi se sentó a observar cómo Rojín hacía girar el paraguas con su nariz, tratando de no dejarlo caer. Las risas de Verdi hacían que el bosque se sintiera aún más feliz.
—¡Eres increíble, Rojín! —exclamó Verdi—. ¿Cómo aprendiste a hacer eso? ¡Nunca había visto a un monstruo hacer malabares con un paraguas!
Rojín sonrió, moviendo su enorme nariz roja de un lado a otro.
—Todo empezó cuando encontré este paraguas —dijo—. Al principio, solo trataba de sostenerlo, pero un día, sin darme cuenta, lo lancé al aire y mi nariz lo atrapó. Desde entonces, practico todos los días. ¿Quieres intentar?
Verdi asintió emocionado, y Rojín le enseñó un poco, aunque Verdi no tenía la misma habilidad para los malabares, sí era un gran animador y siempre alentaba a su amigo.
Una mañana, mientras practicaban, un monstruo azul llamado Azulo llegó tambaleándose por un sendero cubierto de flores. Azulo era un poco tímido y siempre llevaba consigo un cuaderno donde dibujaba las cosas más bonitas del bosque, especialmente a sus amigos.
—¡Hola, Rojín! —saludó Azulo tímidamente, mostrando una gran sonrisa—. ¡He estado mirando desde lejos tus malabares y son fantásticos! ¿Puedo unirme?
Rojín y Verdi se miraron contentos y le hicieron un lugar para que se sentara con ellos. Azulo, con su voz suave, les contó que estaba buscando nuevas ideas para sus dibujos y que los malabares le parecían mágicos.
—Tal vez podríamos hacer un espectáculo juntos —propuso Azulo—. Yo podría dibujar escenas y ustedes podrían hacer los malabares y algunos juegos.
Los dos monstruos malabaristas se entusiasmaron con la idea, y sin darse cuenta, mientras planificaban, una figura amarilla apareció saltando detrás de un arbusto. Era Amarillo, un monstruo lleno de energía y con una sonrisa enorme en su rostro. Amarillo adoraba la música y siempre llevaba consigo una flauta que hacía sonar con mucho talento.
—¡Eso suena divertido! —dijo Amarillo—. ¿Puedo unirme? ¡Mi música hará que su espectáculo sea aún mejor!
Los cuatro monstruos se miraron y aceptaron encantados. Así comenzó a formarse un grupo muy especial: Rojín, el monstruo rojo malabarista; Verdi, el amigo verde lleno de ánimo; Azulo, el monstruo azul artista, y Amarillo, el músico amarillo. Juntos, querían preparar un gran espectáculo para todos los habitantes del bosque.
Durante los días siguientes, cada uno entrenaba y practicaba sus dotes. Rojín perfeccionaba su malabarismo con el paraguas, Verdi aprendía algunas acrobacias para ayudar en el espectáculo, Azulo dibujaba carteles y decoraciones con escenas fantásticas de monstruos felices, y Amarillo tocaba melodías que hacían bailar a las hojas en los árboles.
Una tarde, mientras ensayaban al pie de un gran árbol, Rojín intentó un truco nuevo llamado “el giro doble con la nariz”. Era difícil, y muchas veces el paraguas caía al suelo. Verdi lo animaba, diciendo:
—¡No te rindas, Rojín! Sabes que con práctica puedes lograrlo.
De repente, Amarillo comenzó a tocar una música suave y alegre con su flauta, y Azulo dibujaba en su cuaderno cómo sería el truco, guiando a Rojín con imágenes coloridas y divertidas.
Finalmente, con mucha concentración y el apoyo de sus amigos, Rojín logró hacer el giro doble sin dejar caer el paraguas. Todos aplaudieron emocionados, y el bosque parece que vibraba de felicidad.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.