Cuentos de Valores

La sombra en el banco de atrás

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Mateo no era el mejor de la clase, pero siempre estaba ahí. Era el que mandaba el sticker exacto al grupo de WhatsApp cuando el profesor posponía un examen, el que aportaba ideas en los trabajos en equipo y el que se sentaba al fondo a reírse de los chistes de siempre. Sus amigos, Sebastián, Camila y Sofía, lo valoraban mucho porque, aunque no destacara con las mejores calificaciones, tenía un lugar especial en el grupo por su buen humor, su compañía y su manera de hacer que los días en la escuela fueran más llevaderos.

Cada día, Mateo estaba presente, aunque a veces de forma muy sencilla y sin llamar demasiado la atención. Sebastián solía decir que si Mateo faltaba, algo faltaba también en la clase. Era una especie de compañero silencioso que nunca se quejaba, que participaba cuando tocaba, y que siempre encontraba la forma de hacer que los demás sonrieran con un meme o un comentario divertido. Camila y Sofía disfrutaban mucho trabajar con él porque, aunque era tranquilo, siempre tenía una idea práctica que podía ayudar a terminar cualquier proyecto en equipo.

Sin embargo, un martes de abril algo empezó a cambiar de forma muy sutil. Fue en la clase de Historia. El profesor les había encargado un trabajo sobre las culturas precolombinas y dividió a los niños en grupos. Cuando llegó el momento de decidir qué parte tocaría a cada quien, Mateo no opinó. En lugar de eso, solo escribió en el chat del grupo: «Lo que sea, me da igual». Sebastián frunció el ceño, pero dijo: “Bueno, será que está un poco cansado”. Camila se encogió de hombros y Sofía intentó sonreír para ocultar que le preocupaba.

El día siguiente, Mateo llegó al salón de clases y, para sorpresa de todos, se recostó en el banco de atrás y cerró los ojos justo antes de que sonara el timbre. Cuando Sebastián se acercó para preguntarle si estaba bien, Mateo sólo se encogió de hombros y respondió con voz baja: “Es que me quedé jugando hasta tarde anoche”. Camila trató de disimular su inquietud, porque esa no era la actitud de Mateo, que antes siempre tenía energía para estar con ellos y participar.

Pasaron las semanas y las excusas relacionadas con la falta de energía cambiaron. Mateo ya no se quedaba jugando hasta tarde. Ahora decía que tenía que «estudiar mucho» para otras materias, pero las notas seguían bajando sin importar cuánto intentara justificarse. Sebastián notó que, en el grupo de WhatsApp, Mateo se había convertido en un fantasma. Leía los mensajes de sus amigos, pero rara vez respondía. Camila recordó que antes contestaba rápido, lanzaba emojis, proponía planes para ir a la cooperativa en el recreo, pero ahora se quedaba revisando su teléfono, aunque la pantalla solo mostraba el menú de inicio una y otra vez.

En el recreo, la situación tampoco mejoraba. Mientras Sebastián, Camila y Sofía caminaban hacia la cooperativa para comprar algo rico y charlar, Mateo se quedaba detrás, casi invisible, como si prefiriera no estar ahí. La preocupación crecía en el grupo. Sofía fue la primera en acercarse a Mateo para preguntarle qué le pasaba, pero él sólo murmuró que no era nada, que estaba bien, mientras sus ojos evitaban encontrarse con los de ella.

Un viernes, Sebastián decidió que ya no podían dejar que Mateo siguiera así. Durante la pausa, se acercó y le dijo firme, pero con cariño: “Mateo, nosotros somos tus amigos y vamos a ayudarte. No te vamos a dejar solo”. Camila y Sofía se unieron y también le hicieron saber que estaban ahí para lo que necesitara. Eso parecía confundir a Mateo, porque por primera vez en semanas se le vio vacilar en sus palabras. De repente, sus manos comenzaron a temblar un poco y una lágrima rodó por su mejilla.

Sin que ninguno dijera nada, entendieron que había algo más allá de la apatía y el cansancio. Mateo les confesó que se sentía perdido. Que a veces su mente se llenaba de pensamientos tristes y que ya no encontraba ganas para participar ni para reírse como antes. Les dijo que sentía que todos esperaban que fuera el mismo Mateo de siempre, pero que él no se sentía igual y que tenía miedo de contar lo que estaba pasando.

Sebastián, con su voz calmada, le dijo que no tenía que enfrentar todo solo y que estaba bien pedir ayuda. Camila le propuso ir juntos a hablar con la orientadora del colegio, alguien que podía acompañarlo y apoyarlo en esos momentos difíciles. Sofía agregó que lo más importante era que ellos estaban para escucharlo, sin juzgar, y que eso nunca iba a cambiar.

Al día siguiente, Mateo aceptó acompañarlos a la oficina de la orientadora. Allí, encontró un lugar seguro donde poder expresarse sin miedo. Poco a poco, comenzó a comprender que sentirse triste o agotado no era una debilidad, sino algo que podía superar con la ayuda correcta. Semanas después, con el respaldo de sus amigos y el acompañamiento de la orientadora, Mateo volvió a sonreír, a participar en clase y a retomar las ganas de vivir cada día con alegría.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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