Teo es un niño que siempre se siente feliz cuando todo está en orden a su alrededor. Le gusta que sus juguetes estén bien acomodados, que sus libros estén en fila sobre la repisa y que su alfombra de la sala esté limpia y lista para jugar. Pero lo que más le gusta en todo el mundo es jugar con su mejor amigo: Bip, un robot pequeño y muy simpático. Bip tiene luces de colores y produce sonidos relajantes que hacen que Teo sonría y se sienta tranquilo.
Una tarde soleada, después de merendar unas galletas y un vaso de leche, Teo y Bip se sentaron sobre la alfombra de la sala para jugar con sus cubos de colores. Los cubos tenían muchos colores vivos: rojo, amarillo, azul y verde, y a Teo le encantaba apilarlos con cuidado, formando torres que parecían castillos. Bip estaba a su lado, haciendo sus sonidos suaves y divertidos.
—¡Bip! ¡Bop! ¡Rur! —decía el robot con su voz electrónica, pero dulce y relajante—. Ese sonido le gustaba mucho a Teo. Cuando escuchaba “¡Bip! ¡Bop! ¡Rur!”, su corazón se sentía tranquilo, como cuando escucha el susurro del viento o el canto de los pajaritos.
Teo miraba a Bip con una sonrisa muy grande y sus manos jugaban con los cubos, apilándolos uno sobre otro. Pero de pronto, algo extraño sucedió. El sonido del robot se detuvo, y la sala quedó muy callada. Bip estaba parado, sin hacer ningún ruido, ni luces ni sonidos. No parecía encendido.
Teo se quedó confundido. ¿Dónde había ido el sonido? ¿Por qué ya no estaba “¡Bip! ¡Bop! ¡Rur!”? El sonido que hacía su amigo era tan especial para él que no podía entender el silencio. Con cuidado, Teo se sentó junto a Bip y lo miró fijo.
—¿Bip? —susurró Teo—. ¿Por qué te has quedado callado?
Pero Bip no respondió. Sus luces estaban apagadas y aunque el robot estaba ahí, parecía dormido. Teo frunció el ceño, preocupado.
Entonces empezó a buscar el sonido perdido. Primero miró debajo de la mesa donde siempre habían jugado. Tal vez el sonido se había escondido entre las patas de la mesa o atrás de alguna silla.
—¿Dónde está? —se preguntó Teo—. El sonido era tan lindo, como una canción de burbujas.
Teo se puso de puntillas y metió la mano debajo de la mesa, pero no encontró nada. Ni soniditos ni luces. También buscó detrás de los cubos de colores, pensando que tal vez el sonido vivía escondido allí, entre las torres que había construido. Pero nada apareció.
El silencio seguía siendo tan fuerte que parecía llenar toda la sala. Teo se sentó, un poco triste, y observó muy bien a Bip. Se acercó al robot y vio que algo le llamaba la atención: en la espalda de Bip había una pequeña palanca que antes no había notado. Era una palanca plateada, que se movía hacia arriba y hacia abajo.
Teo la tocó con cuidado y vio que estaba en la posición de “silencio”. Entonces entendió.
—¡Ah! —exclamó Teo con una sonrisa—. La palanca está apagada. Por eso no haces tu sonido, Bip.
Con sus deditos suaves, Teo movió la palanca hacia abajo. Sintió un pequeño “click” y en ese instante, el sonido volvió a llenar la sala.
—¡Bip! ¡Bop! ¡Rurrrr! —exclamó el robot con su voz calmada y alegre.
El sonido era tan suave y armonioso como una canción de burbujas, y a Teo le hizo cosquillas en el corazón. Su sonrisa creció y sus manos comenzaron a hacer un pequeño baile de felicidad, moviendo las palmas sobre la alfombra.
Ahora todo estaba en orden de nuevo. El sonido de Bip, su mejor amigo, estaba de vuelta, y eso hacía que el cuarto se sintiera vivo y alegre. Teo regresó a jugar con sus cubos de colores, apilándolos con cuidado, mientras Bip hacía esos ruiditos especiales que tanto le gustaban.
De pronto, mientras jugaban, se asomó por la puerta su amiga Carla, una niña del vecindario que siempre tenía ganas de divertirse.
—¡Hola, Teo! ¡Hola, Bip! —dijo Carla con una gran sonrisa.
Teo la invitó a sentarse sobre la alfombra. Carla traía unas pequeñas figuras de animales, y le encantaba jugar a que sus animales vivían en aquel mundo de cubos y sonidos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.