Luis caminaba nervioso por el pasillo de la escuela, aferrando con fuerza su mochila nueva, mientras sus ojos exploraban el salón de clases. Acababa de llegar desde Colombia y hoy era su primer día en esta escuela, en un país diferente, con un idioma que aunque similar tenía acentos y costumbres distintas. Su corazón latía con fuerza, mezclando emoción con una pizca de miedo. Todo a su alrededor parecía desconocido, pero Luis respiró hondo y decidió sonreír al entrar.
Al abrir la puerta del aula, todos los niños lo miraron. La profesora, la señora García, le indicó un asiento vacío junto a Ana y Carlos. Luis se sentó, intentando no mirar mucho a sus compañeros para no sentir más nervios. Después de unos minutos de clase, llegó el momento de presentarse.
Luis se levantó con valentía y dijo con voz clara: “Hola a todos, me llamo Luis y vengo de Colombia. Quiero contarles que además tengo novio y estoy muy feliz”. Un silencio se apoderó del aula por un instante, y luego empezaron a escucharse risas, primero suaves y luego más fuertes. Algunos niños comenzaron a murmurar y a señalarlo, riéndose porque venía de otro país y por lo que había contado. Luis sintió que su cara se calentaba y sus ojos se llenaban de lágrimas, pero intentó no llorar.
Ana, que estaba sentada a su lado, bajó la cabeza y miró a Carlos, que se estaba riendo a carcajadas. Carlos dijo en voz alta: “¿Novio? ¿Cómo puedes tener novio si eres un niño? Eso es raro, y además tú no eres como nosotros porque no eres de aquí”. Otros niños se unieron a las risas y Luis sintió que querían hacerlo desaparecer, como si nunca hubiera existido.
La profesora García se movió rápidamente hacia el centro del aula y levantó la mano para pedir silencio. Todos se callaron, aunque algunos lo hicieron con gestos molestos. La señora García miró a Luis con una sonrisa tierna y luego volteó hacia la clase:
—Vamos a hablar un momento —dijo con voz firme pero amable—. En esta aula, y en esta escuela, todos somos iguales y merecemos respeto sin importar de dónde venimos ni a quién amamos.
Luis la miró con esperanza, mientras ella continuaba.
—Luis es nuestro compañero. Él ha tenido la valentía de venir desde otro país para estar aquí con nosotros, y también ha compartido algo personal sobre su vida que es muy importante para él. Reírnos de él porque tiene novio o porque es diferente es una forma de hacer daño. Todos debemos esforzarnos para construir un ambiente donde nos sintamos seguros y apoyados.
Ana levantó la mano tímidamente.
—Señora García, ¿por qué hay gente que se ríe de lo diferente? —preguntó.
—A veces, niños y adultos se ríen o se burlan porque no entienden o temen aquello que es distinto a lo que conocen —respondió la profesora—. Pero el respeto y la amistad nacen cuando aprendemos a conocer a los demás con el corazón abierto y sin prejuicios.
Luis escuchaba con atención, y poco a poco los rostros de sus compañeros comenzaron a cambiar. Algunos dejaron de sonreír burlonamente y otros bajaron la mirada con vergüenza. La profesora propuso una actividad para ese día con el fin de fomentar la empatía.
—Vamos a compartir algo que nos hace únicos y que también queremos respetar en los demás —anunció—. Yo voy a empezar. Algo que me gusta mucho es ayudar a mis estudiantes a sentirse felices y seguros en el aula. Ahora, cada uno de ustedes me va a contar algo especial de ustedes mismos.
Luis respiró profundo y escuchó a Ana, que habló primero. Dijo que le encantaban los animales y que tenía un perro llamado Max. Carlos contó que le gustaba jugar fútbol con sus amigos. Poco a poco, todos fueron compartiendo mensajes que reflejaban quiénes eran, sus gustos y sus sueños. Cuando llegó el turno de Luis, habló con voz más firme:
—Me gusta la música y soy feliz porque tengo un novio; me quiere y yo lo quiero mucho. Espero que puedan conocerme y que seamos amigos.
Esta vez, en lugar de risas, recibió miradas curiosas y algunos aplausos tímidos. Ana le sonrió y le dijo bajito:
—Gracias por compartir, Luis. Me alegra que estés aquí.
La profesora García tomó la palabra para cerrar la actividad.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.