Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de árboles altos y flores de muchos colores, dos niños que se llamaban María y Pablo. Ambos tenían cuatro años y vivían cerca, pero no se conocían muy bien, porque aunque iban a la misma escuela, jugaban con diferentes amigos y nunca se habían encontrado en el patio.
Un día soleado, la maestra decidió hacer un pícnic en el parque para todos los niños de la clase. María estaba muy contenta porque le encantaba ir al parque; le gustaba correr, descubrir mariposas y ver cómo cantaban los pajaritos. Pablo también estaba emocionado porque llevaría su cometa nueva y quería aprender a volarla en el cielo.
Al llegar al parque, los niños comenzaron a jugar de inmediato. María se acercó a un árbol grande para buscar hojas que fueran muy verdes y brillantes, mientras Pablo trataba de sacar su cometa del bolso. Justo en ese momento, la cometa se enredó en las ramas del árbol donde María estaba. Pablo pidió ayuda con una voz rápida pero amable: «¿Me ayudas a sacar mi cometa por favor?» María miró la cometa y luego a Pablo, sonrió y dijo: «Sí, vamos a hacerlo juntos.»
María trepó un poco y con mucho cuidado despeinó las ramas para liberar la cometa. Cuando Pablo la tomó entre sus manos, sus ojos se encontraron y algo muy bonito comenzó a pasar: se sintieron felices estando cerca y querían seguir jugando juntos. Pablo dijo: «¿Quieres volar la cometa conmigo?» María respondió emocionada: «¡Sí, me encantaría!»
Mientras corrían para levantar la cometa, apareció Abigail, la mejor amiga de María, y Emiliano, el amigo de Pablo, que venían con ganas de jugar también. Abigail era una niña muy simpática, siempre con una sonrisa grande, y Emiliano tenía una risa que hacía que todos los niños se rieran con él. Los cuatro comenzaron a jugar: primero, hicieron una carrera hasta el árbol más lejano, luego compartieron sus meriendas y contaron chistes que les hicieron reír mucho.
María y Pablo comenzaron a notar que les gustaba estar juntos, compartiendo sus juguetes y ayudándose a resolver los pequeños problemas que surgían. Si la cometa caía, se apresuraban a recogerla juntos; si alguien se tropezaba, el otro lo ayudaba a levantarse sin dejar que nadie se quedara triste. Abigail y Emiliano estaban felices de verlos así, porque veían que algo especial nacía entre sus amigos.
Un momento muy lindo sucedió cuando el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas y el cielo se pintó de colores rosados y anaranjados. María y Pablo se sentaron en la hierba, mirando las nubes y soñando con aventuras. María le dijo a Pablo: «Eres muy buen amigo, me gusta estar contigo.» Pablo le sonrió y respondió: «A mí también, María, eres muy amable y divertida. Me alegro de que hoy hayamos jugado juntos.»
Abigail, que escuchaba, comentó con ternura: «Es bonito ver que dos amigos se quieren tanto.» Emiliano añadió, «Sí, creo que es así como comienza un amor especial.» Los cuatro niños se rieron y siguieron imaginando historias donde eran héroes que cuidaban el uno del otro en tierras mágicas.
Pasaron los días y María y Pablo empezaron a buscar excusas para jugar juntos más tiempo. En el jardín de la escuela, inventaban juegos nuevos, se contaban secretos y se ayudaban a pintar dibujos que luego colgaban en la pared para que todos los niños los vieran. Abigail y Emiliano siempre estaban cerca, como cómplices de sus aventuras, apoyando la linda amistad que crecía entre ellos.
Un día, la maestra les pidió que dibujaran lo que sentían cuando pensaban en sus mejores amigos. María dibujó dos corazones unidos por una sonrisa y llenos de flores; Pablo dibujó una estrella brillante que parecía bailar en el cielo. Cuando expliquen su dibujo, dijeron algo que todos los niños entendieron sin palabras: en su corazón había un cariño especial, una luz que hacía que todo fuera más bonito.
María y Pablo aprendieron que el enamoramiento es como una semillita que crece dentro del pecho, que no es sólo querer jugar, sino también cuidar, compartir y estar atentos para que el otro siempre esté feliz. No se trata solo de decir palabras bonitas, sino de hacer cosas que demuestren que tu amigo es muy importante.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.