Cuentos de Amor

Amor a toda velocidad, un corazón que se estrella en el camino

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Ignacio y Mario eran dos amigos que siempre andaban juntos por el barrio. Llevaban mucho tiempo compartiendo juegos, secretos y risas, como suelen hacer los amigos verdaderos que se conocen de toda la vida. Tenían once años, la misma edad que muchos niños que empiezan a descubrir que la amistad a veces puede convertirse en algo más especial, algo que a veces confunde pero llena el corazón de emociones nuevas y extrañas. Cada tarde, después de la escuela, corrían por el parque, jugaban a la pelota, o se sentaban bajo el viejo olmo que dominaba la plaza para hablar de todo un poco, desde tareas y videojuegos hasta sus sueños para el futuro.

Una tarde soleada, cuando el cielo estaba despejado y el viento acariciaba las hojas, Ignacio sintió que había llegado el momento de contar algo muy importante, algo que había estado guardando en su pecho durante mucho tiempo. Así que, sin pensarlo demasiado, miró a Mario a los ojos y le preguntó con una voz un poquito temblorosa: “Oye Mario, ¿crees que entre nosotros podría haber algo más que sólo amistad? ¿Imagina, tal vez, tener una relación o algo así?”.

Mario se quedó callado un instante, como si la pregunta hubiera sido una pelota de goma que rebotaba muy rápido y él intentara atraparla sin que se le cayera. Luego, con una sonrisa triste y dulce, le dijo: “Ignacio, creo que estamos yendo demasiado rápido. La amistad que tenemos ahora es muy bonita, y no quiero arruinarla apresurándonos a algo que no sabemos cómo será. Mejor dejemos que las cosas pasen con calma”.

Ignacio asintió, un poco desilusionado pero entendiendo. A veces, ser paciente es más difícil de lo que parece, especialmente cuando el corazón quiere correr a toda velocidad. Así que correspondieron una sonrisa tímida y siguieron con su tarde llena de juegos y conversaciones. El tema pasó, y con el paso de los días no volvieron a hablar más sobre esa pregunta tan profunda.

Pero lo que Ignacio no sabía era que, en el corazón de Mario, las cosas no habían vuelto a ser tan normales como antes. Aunque Mario había dicho que era mejor ir despacio, en realidad, sin darse cuenta, comenzó a enamorarse cada vez más de Ignacio. No eran esos amores que se ven en las películas, con grandes fuegos artificiales y canciones de fondo, sino un amor silencioso, delicado, que crecía en secreto con cada sonrisa, con cada palabra amable, con cada instante compartido.

Mario se encontraba pensando en Ignacio más de lo que quería admitir. En la escuela, cuando Ignacio contaba un chiste o ayudaba a alguien, Mario sentía unas mariposas que se revoloteaban en su estómago. Quería decirle lo que sentía, pero a la vez, tenía miedo de estropearlo todo. Así, sus días y sus noches estaban llenos de pensamientos confusos, mezclados con la alegría de la amistad y el temor a perderla.

Un día, cuando estaban juntos frente al almendro que siempre los había cobijado, Mario decidió que ya no podía callarse más. Necesitaba contarle a Ignacio lo que sentía, aunque no sabía qué respuesta recibiría. –Ignacio, tengo que decirte algo muy importante –comenzó con voz temblorosa–. Yo… creo que me he enamorado de ti.

Ignacio se quedó sorprendido. Su mirada cambió, y por un momento, el silencio enorme del lugar pareció envolverlos. Por fin, con mucha sinceridad, Ignacio dijo: “Mario, te aprecio muchísimo, pero no siento lo mismo. Para mí, nuestra amistad es lo más valioso y no puedo corresponder ese sentimiento. Lo siento”.

Mario sintió que su corazón se caía como una piedra pesada y fría. Las lágrimas asomaron en su mirada, pero trató de disimularlas para que Ignacio no lo viera triste. Se levantó lentamente y se alejó sin decir nada más, mientras el viento movía las hojas y hacía su propio lamento.

Desde ese día, Mario comenzó una historia triste que parecía no tener fin. Se sentía derrotado, como si una parte importante de él se hubiera roto en pedazos que no sabía cómo juntar. En la escuela le costaba concentrarse y hasta los juegos que antes amaba ya no le parecían tan divertidos. Las tardes sin Ignacio se volvían largas y solitarias, y en su corazón había un eco que no dejaba de recordarle él no.

Pero, aunque la tristeza era grande, Mario no estaba solo. Tenía a la familia que lo quería, amigos que lo apoyaban y, sobre todo, tenía la capacidad de aprender y crecer con lo que sentía. Un día, mientras caminaba por el parque, vio a un grupo de niños jugando juntos y decidió unirse. Algo dentro de él le decía que la vida sigue, que el tiempo sabe curar, y que cada emoción, por difícil que sea, nos enseña algo que nos hace más fuertes.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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