Claudia era una niña de once años con una sonrisa brillante y un espíritu lleno de alegría. Siempre le gustó compartir sus dibujos y pensamientos en las redes sociales, donde tenía un grupo de amigos a quienes les encantaba ver sus creaciones. En la escuela, Claudia era amable y cariñosa con todos, aunque a veces se sentía un poco tímida al iniciar conversaciones nuevas. Entre sus mejores amigos estaban Daría y Óscar, con quienes compartía la pasión por la lectura, los juegos y las aventuras.
Una tarde, después de la escuela, Claudia revisó su cuenta de redes sociales como siempre hacía. Había subido un dibujo de un paisaje colorido que había hecho ese día durante la clase de arte. Mientras tanto, su teléfono empezó a sonar con notificaciones.
—¡Qué rápido! —se dijo emocionada, esperando ver mensajes de apoyo y comentarios amables—. A ver qué me han escrito.
Entre los mensajes apareció uno que llamó su atención. Decía, “Ese dibujo está raro, ¿en serio crees que es bueno?”.
Claudia frunció el ceño, sorprendida. No reconocía ese mensaje y no había un nombre claro, solo unas letras que parecían un apodo: “Oscarito123”.
Pensó que tal vez era un intento de broma infantil o un error, así que no le dio importancia y borró el mensaje. Un poco más tarde, otro comentario apareció: “Tu dibujo parece hecho por un niño de 5 años, mejor déjalo.”
Esta vez, Claudia sintió un pequeño pinchazo en su pecho. No entendía por qué alguien quisiera decirle algo así sin ningún motivo. Con la ayuda de Daría, su amiga de la escuela, intentó buscar respuestas.
– Claudia, ¿has hablado con Óscar sobre esto? – preguntó Daría, preocupada.
– No, creo que no puede ser él, siempre ha sido muy amable conmigo – respondió Claudia. Pensar que alguno de sus amigos pudiera escribir esas cosas le parecía imposible.
Pero las palabras seguían llegando, cada vez con un tono más agresivo y desagradable, ahora no solo se referían a sus dibujos, sino a ella misma: “¿Quién te quiere? Siempre sola y sin amigos”; “Nadie te soporta, solo finge”.
Al principio, Claudia intentaba ignorarlos, pero las frases comenzaron a afectarla. Empezó a sentirse triste, insegura y temerosa de mostrarse en las redes sociales. Pensó en contarle a sus padres, pero tenía miedo de que la hicieran sentir como si fuera culpa suya.
Un día, al llegar a la escuela, Claudia se encontró con Daría y Óscar en el pasillo.
– Claudia, ¿estás bien? Te ves apagada – dijo Daría con preocupación mientras le ofrecía una sonrisa solidaria.
Claudia se sentó junto a ellos y, con dificultad, les contó lo que estaba pasando. Les mostró los mensajes que había recibido.
Óscar frunció el ceño y dijo:
– Eso es horrible, Claudia. ¿Has intentado bloquear o denunciar a quién está escribiendo esas cosas?
– Sí… pero los mensajes siguen llegando y parece que vienen de varias cuentas diferentes.
Ambos amigos se miraron, intentando pensar qué hacer. Fue entonces cuando Claudia decidió dejar de usar las redes por unos días para no sentirse mal.
Sin embargo, la realidad era que esos mensajes eran como pequeñas sombras que la acechaban, sin importar dónde estuviera.
Pasaron unos días, y un día que Claudia volvió a revisar su teléfono, vio un mensaje diferente, casi como un susurro.
“¿Por qué me haces quedar mal? Sabes que somos amigos.”
Claudia se detuvo. ¿De dónde provenía ese mensaje? La forma en la que estaba redactado no se parecía a los anteriores. Recordó que solamente dos personas podían usar ese apodo parecido a “Oscarito123”: Óscar o alguien cercano a él.
Al día siguiente, durante la clase de matemáticas, Claudia no pudo concentrarse. Miraba a Óscar, quien estaba sentado justo frente a ella. Él siempre había sido amable, hacía comentarios divertidos y ayudaba a todos con las preguntas difíciles.
Pero ahora, la sombra de la duda la invadía.
Después de la escuela, Claudia decidió hablar con Daría para contarle sus sospechas.
– Daría, creo que quien me ha estado enviando esos mensajes no es un desconocido. Creo que … es Óscar.
– ¿Cómo puedes pensar eso? Pero, ¿por qué haría eso? Él siempre ha sido tan bueno contigo.
Claudia apretó los labios.
– Eso es lo que quiero entender. Tal vez, internet le ha dado el valor de ocultarse y decir cosas que no dice en persona.
– Claudia, tienes que tener cuidado. Pero está bien que quieras saber la verdad. No mereces ser tratada así.
Motivada por la conversación, Claudia decidió enfrentarse a esa realidad, aunque le diera miedo.
En la tarde, cuando salía de la escuela, vio a Óscar esperando en el parque, parecía tranquilo, sonriendo como siempre.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Simón y el Árbol Sabio
El Reloj del Tiempo
La melodía de la inclusión
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.