En un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos, vivían dos jóvenes llamados Edgar y Andrea. Edgar era un chico de cabello castaño y ojos brillantes, siempre lleno de energía y con una sonrisa que contagiaba a todos a su alrededor. Andrea, por otro lado, tenía el cabello rubio y unos ojos verdes que reflejaban su bondad y alegría. Desde que se conocieron, sintieron una conexión especial, algo que nunca antes habían experimentado.
Llevaban tres meses siendo novios y aunque su relación tenía sus complicaciones, ambos sabían que se amaban profundamente. Cada día, después de la escuela, se encontraban en el parque del pueblo, un lugar lleno de árboles y flores, con un pequeño lago donde los patos nadaban tranquilamente. Era su lugar especial, donde podían ser ellos mismos y compartir sus sueños y pensamientos.
Un día, mientras paseaban por el parque, Edgar tomó la mano de Andrea y la miró a los ojos.
—Andrea, quiero que sepas cuánto te amo. Eres lo mejor que me ha pasado y haré todo lo posible para que siempre seas feliz —dijo Edgar con sinceridad.
Andrea sonrió y le respondió:
—Yo también te amo, Edgar. Nuestra relación no siempre es fácil, pero sé que juntos podemos superar cualquier cosa.
A pesar de su amor, la relación entre Edgar y Andrea no estaba exenta de problemas. Ambos tenían personalidades fuertes y a veces discutían por cosas pequeñas. Sin embargo, siempre encontraban la manera de reconciliarse y aprender de sus diferencias.
Una tarde, mientras disfrutaban de un helado en el parque, comenzaron a discutir sobre un malentendido en la escuela. Edgar, frustrado, levantó la voz, algo que raramente hacía.
—Andrea, no entiendo por qué siempre tienes que cuestionar todo lo que hago. Solo intento hacer las cosas bien —dijo, claramente molesto.
Andrea, sorprendida por el tono de Edgar, respondió con calma:
—No es que quiera cuestionarte, Edgar. Solo quiero que hablemos y entendamos mejor las cosas. Así podemos evitar problemas en el futuro.
La tensión en el ambiente era palpable, pero ambos sabían que no querían que una discusión arruinara su día. Decidieron sentarse en una banca cercana y tomarse unos minutos para calmarse. Después de unos momentos de silencio, Edgar tomó la iniciativa.
—Lo siento, Andrea. No debí levantar la voz. A veces me dejo llevar por mis emociones, pero sabes que no lo hago con mala intención —dijo, mirando al suelo.
Andrea puso su mano sobre la de Edgar y sonrió.
—Está bien, Edgar. Todos cometemos errores. Lo importante es que aprendamos de ellos y sigamos adelante juntos —respondió con ternura.
Con el conflicto resuelto, Edgar y Andrea continuaron disfrutando de su día en el parque. Aprendieron que la comunicación y la paciencia eran clave para mantener su relación fuerte y saludable.
A medida que pasaban los días, su amor se fortalecía. Se apoyaban mutuamente en los momentos difíciles y celebraban juntos sus logros. Un fin de semana decidieron hacer una excursión a las montañas cercanas, un lugar que siempre habían querido explorar.
Prepararon sus mochilas con comida, agua y una manta para descansar. Subieron por los senderos, disfrutando del aire fresco y la belleza del paisaje. Al llegar a la cima, encontraron un lugar perfecto para sentarse y disfrutar de la vista panorámica del pueblo y el río que serpenteaba a través de él.
Mientras descansaban, Edgar sacó una pequeña libreta de su mochila y la abrió. Andrea, curiosa, le preguntó qué era.
—Es una libreta donde he estado escribiendo mis pensamientos y sentimientos sobre nosotros. Quería compartirlo contigo —dijo Edgar, un poco nervioso.
Andrea, emocionada, se acomodó para escuchar. Edgar comenzó a leer en voz alta, compartiendo sus emociones más profundas y sinceras. Habló de cómo Andrea había cambiado su vida, de los momentos felices que habían compartido y de sus sueños para el futuro juntos.
Al terminar, Andrea tenía lágrimas en los ojos. Se sintió profundamente conmovida por las palabras de Edgar y la honestidad de sus sentimientos.
—Edgar, eso fue hermoso. Gracias por compartirlo conmigo. Te amo más de lo que las palabras pueden expresar —dijo, abrazándolo con fuerza.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.