Había una vez una chica de 16 años que decidió descargar una aplicación llamada Litmach, una plataforma que permitía conocer gente de diferentes partes del país. Su nombre era Señorita, y aunque no era una persona que normalmente buscara conocer extraños por internet, aquel día decidió probar algo nuevo. La idea inicial era simple: descargar la app, hablar con algunas personas y luego desinstalarla. No tenía intención de que aquello fuera más allá de una simple charla.
La primera noche que usó Litmach, Señorita envió algunos mensajes a chicos que le parecieron simpáticos. Entre ellos, estaba un chico de 14 años cuyo nombre de usuario era Señorito. La conversación comenzó de manera casual, intercambiando saludos y hablando sobre lo típico: de dónde eran, qué les gustaba hacer, sus pasatiempos. Pero algo pasó esa noche. La charla con Señorito no era como las demás. Había algo especial, algo mágico que los conectaba de inmediato. Ambos se sintieron cómodos y la conversación fluyó hasta altas horas de la madrugada.
A la mañana siguiente, Señorita despertó con una sensación extraña. Recordaba claramente lo mucho que había disfrutado hablar con Señorito. Sin embargo, no pensaba demasiado en ello. “Solo fue una conversación”, se dijo a sí misma mientras iba sobre su día.
Pasaron dos días, y Señorita, como había planeado, se preparaba para desinstalar Litmach. Ya había tenido suficiente de la aplicación y no esperaba volver a usarla. Pero justo antes de eliminarla, vio una notificación: Señorito le había enviado otro mensaje.
Señorita se detuvo. Algo dentro de ella la hizo abrir la app una vez más. Leyó el mensaje de Señorito, y la magia de aquella primera conversación volvió a encenderse. “¿Qué tal has estado?”, preguntaba Señorito. Aunque estaba algo indecisa, Señorita decidió responder. Después de todo, la charla con él había sido agradable.
Lo que comenzó como un simple intercambio de mensajes en Litmach pronto se convirtió en algo mucho más profundo. Señorita y Señorito comenzaron a hablar todos los días, compartiendo detalles de sus vidas, riéndose de tonterías y quedándose despiertos hasta tarde durante aquellas vacaciones de verano. A través de la pantalla, parecía que la distancia entre ellos desaparecía. Cada día, la relación se volvía más cercana.
Sin embargo, Señorita no podía evitar preocuparse. Después de tantas historias que había escuchado sobre los peligros de internet, empezó a sobrepensar la situación. ¿Y si Señorito no era realmente quien decía ser? Él decía que tenía 14 años, pero ¿cómo podía estar segura de que no era un adulto pretendiendo ser alguien más joven?
La duda creció tanto en su mente que decidió confrontar el asunto. “¿Te importaría si te llamo?”, le preguntó una noche mientras hablaban. Señorito, con la misma sinceridad que había mostrado desde el principio, aceptó sin dudarlo. “Claro, llámame cuando quieras”.
Con el corazón latiendo rápido, Señorita tomó su teléfono y marcó el número que él le había dado. Cuando Señorito contestó, su voz era la de un chico joven, exactamente como ella había imaginado. Todas las dudas que había tenido se disiparon en ese momento. Sabía que él era auténtico.
Después de esa llamada, la relación entre Señorita y Señorito se fortaleció aún más. Comenzaron a hablar por WhatsApp en lugar de usar la aplicación, compartiendo cada detalle de sus días. Se desvelaban juntos, contándose secretos y sueños que no habían compartido con nadie más. Señorita no podía evitar sonreír cada vez que veía un mensaje nuevo de Señorito en su pantalla.
Con el paso de las semanas, Señorita empezó a sentir algo más profundo por Señorito. Lo que inicialmente había sido una amistad virtual, estaba transformándose en algo mucho más real. Un día, llena de nervios pero con el corazón decidido, Señorita decidió confesarle sus sentimientos.
“Creo que me estoy enamorando de ti”, le escribió una noche, con los dedos temblorosos. Señorito tardó en responder, pero cuando lo hizo, sus palabras la llenaron de felicidad: “Yo también siento lo mismo por ti”.
Desde ese momento, comenzaron a llamarse novios. Aunque la relación se basaba en mensajes y llamadas, Señorita sentía que la conexión que tenía con Señorito era real y profunda. Cada día se conocían mejor, compartiendo más de sí mismos y planeando el día en que quizás podrían verse en persona.
Pero como todas las historias de amor, también había complicaciones. Señorita, a pesar de sus sentimientos por Señorito, no podía evitar sentirse insegura. Las diferencias de edad, aunque pequeñas, la hacían dudar. ¿Podría realmente funcionar algo entre ellos? Además, la distancia entre sus ciudades era otro obstáculo. Mientras que Señorito parecía optimista y confiado en que todo saldría bien, Señorita empezaba a sentirse abrumada por las dudas.
Con el tiempo, las dudas comenzaron a afectar su relación. Las conversaciones ya no fluían con la misma facilidad, y las noches largas llenas de risas se volvieron menos frecuentes. Señorita empezó a guardarse sus preocupaciones, temerosa de lastimar a Señorito con sus inseguridades.
Un día, después de una conversación más breve y fría de lo habitual, Señorita tomó una decisión. Sentía que, aunque amaba a Señorito, no estaba lista para seguir adelante con la relación en esas circunstancias. Con el corazón pesado, le escribió un último mensaje: “Creo que necesitamos tiempo. No estoy segura de lo que quiero en este momento”.
Señorito, aunque triste, entendió. “Siempre estaré aquí si decides volver”, fue su respuesta.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.