Había una vez, en un reino mágico muy lejano, un Rey y una Reina que vivían felices en su gran castillo. Este castillo, rodeado de montañas y bosques, era conocido en todo el reino por su belleza y por el amor que reinaba dentro de sus muros. Después de muchos años de matrimonio, la pareja real fue bendecida con el nacimiento de una hermosa hija. Decidieron llamarla Odette, un nombre que simbolizaba la pureza y la belleza de un corazón lleno de amor. El nacimiento de la Princesa Odette fue celebrado con gran júbilo en todo el reino. Las campanas de las iglesias resonaron, y el pueblo entero se llenó de alegría. Los jardines del castillo florecieron más que nunca, y el sol brilló intensamente como si compartiera la felicidad de los reyes.
Pero la felicidad en el reino no duró para siempre. Cuando Odette tenía apenas cuatro años, la Reina, su madre, cayó gravemente enferma. Ningún médico ni remedio pudieron salvarla, y la tristeza invadió el corazón del Rey. Sin embargo, el Rey sabía que debía ser fuerte por su hija, así que la cuidó con todo el amor y la dedicación que un padre podía ofrecer. Le enseñó todo lo que una princesa debía saber: la bondad, la justicia y, sobre todo, el valor del verdadero amor.
Los años pasaron, y Odette creció hasta convertirse en una joven hermosa, con cabellos dorados como el sol y ojos azules como el cielo. Su dulzura y gentileza eran conocidas por todos en el reino. A pesar de la tristeza que envolvía su pasado, Odette tenía un espíritu alegre y siempre encontraba la manera de alegrar a quienes la rodeaban.
Cuando Odette cumplió dieciséis años, el Rey decidió que era momento de que su hija encontrara el amor verdadero. Organizó un gran baile en el castillo, invitando a príncipes y nobles de tierras lejanas con la esperanza de que entre ellos, Odette pudiera encontrar a su alma gemela. El castillo se llenó de música, risas y danzas, pero aunque muchos príncipes intentaron ganarse el corazón de Odette, ninguno logró hacerlo. Odette creía que el amor verdadero no se encontraba en riquezas o títulos, sino en un corazón puro que la amara por quien era.
Una noche, después de un largo día de festividades, Odette decidió pasear por los jardines del castillo para despejar su mente. La luna brillaba intensamente en el cielo, iluminando su camino entre las flores y los árboles. Pero mientras caminaba, una sensación extraña la invadió. El aire se volvió más frío, y una sombra apareció entre los árboles. De repente, un hombre alto y de aspecto siniestro se materializó frente a ella. Era Rothbart, un hechicero malvado conocido en todo el reino por sus oscuros poderes.
—Princesa Odette —dijo Rothbart con una voz grave y escalofriante—, tu belleza es conocida en todo el reino, pero tu corazón es aún más valioso. Y ahora, será mío.
Antes de que Odette pudiera reaccionar, Rothbart lanzó un hechizo sobre ella. Un destello de luz rodeó a la princesa, y cuando la luz se desvaneció, Odette ya no estaba allí. En su lugar, un cisne blanco, con una pequeña corona en su cabeza, batía sus alas desesperadamente. Rothbart rió malignamente y, con un gesto de su mano, envió al cisne volando hacia un bosque lejano.
El cisne, que no era otro que la Princesa Odette, voló durante horas hasta que finalmente llegó a un lago escondido en el corazón del bosque. Exhausta, aterrizó en la orilla y miró su reflejo en el agua. Su corazón se llenó de desesperación al ver que ya no era la joven princesa, sino un simple cisne. El hechizo de Rothbart la había transformado, y ahora estaba condenada a vivir como un cisne, lejos de su hogar y de todo lo que conocía.
Sin embargo, el lago no estaba vacío. Pronto, otros cisnes comenzaron a aparecer, nadando suavemente por las aguas tranquilas. Al principio, Odette los observó con desconfianza, pero pronto se dio cuenta de que no estaba sola. Estos cisnes, también víctimas de Rothbart, se acercaron a ella, reconociéndola como su nueva compañera.
El tiempo pasó, y Odette se resignó a su vida en el lago. Pero a pesar de su nueva forma, su corazón seguía siendo el de una princesa. Anhelaba el día en que pudiera romper el hechizo y regresar a su hogar. Sabía que, según las historias antiguas, solo el amor verdadero podía romper un hechizo tan poderoso. Pero, ¿cómo encontrar el amor verdadero cuando ya no era humana?
Un día, mientras nadaba en el lago, Odette vio algo inusual. A lo lejos, en el borde del bosque, un joven príncipe se acercaba a caballo. Era el Príncipe Seigfried, un noble joven que había oído rumores sobre un lago encantado escondido en lo profundo del bosque. Intrigado, decidió explorar el lugar, sin saber lo que encontraría.
Cuando Seigfried llegó al lago, quedó maravillado por la belleza del lugar. El agua reflejaba los rayos del sol, y los cisnes nadaban grácilmente sobre su superficie. Pero uno de ellos captó su atención de inmediato. Un cisne blanco, con una pequeña corona, se destacaba entre los demás. Había algo en la manera en que el cisne lo miraba, como si intentara comunicarle algo.
Seigfried, cautivado por la gracia del cisne, decidió visitarlo todos los días. Poco a poco, comenzó a sentir un vínculo especial con el animal. Aunque no entendía por qué, sentía que ese cisne era diferente, como si hubiera una historia detrás de sus ojos tristes.
Una noche, mientras Seigfried dormía en el castillo, tuvo un sueño extraño. En el sueño, vio al cisne blanco transformarse en una hermosa joven con cabellos dorados y una corona en su cabeza. La joven le habló con una voz dulce y melancólica.
—Soy Odette, la Princesa del reino vecino —dijo en el sueño—. He sido maldecida por el hechicero Rothbart y convertida en un cisne. Solo el amor verdadero puede romper este hechizo. Ayúdame, Príncipe Seigfried, eres mi única esperanza.
Seigfried despertó sobresaltado, con el corazón acelerado. El sueño había sido tan vívido que no podía ignorarlo. Decidió que debía regresar al lago y descubrir la verdad.
Al día siguiente, Seigfried regresó al lago y esperó hasta el atardecer. Cuando el sol comenzó a ponerse, vio algo asombroso. El cisne blanco comenzó a brillar con una luz suave y dorada. Poco a poco, las plumas desaparecieron y, en su lugar, apareció la figura de una joven, la misma que había visto en su sueño. Era la Princesa Odette, finalmente liberada de su forma animal al caer la noche.
—Odette… —susurró Seigfried, sin poder creer lo que veía.
Odette lo miró con lágrimas en los ojos.
—Príncipe Seigfried, has encontrado la verdad. Estoy bajo un hechizo que me condena a ser un cisne durante el día y solo recuperar mi forma humana durante la noche. Rothbart me mantiene prisionera aquí, y solo el amor verdadero puede romper el hechizo. Pero si no me amas realmente, seguiré siendo un cisne para siempre.
Seigfried, conmovido por la historia de Odette, sintió que su corazón se llenaba de amor y compasión. Sabía que debía ayudarla, pero también sabía que Rothbart no se rendiría fácilmente. Sin embargo, estaba decidido a luchar por Odette, sin importar el costo.
—Odette, te juro que encontraré la manera de romper este hechizo. Te amo y haré todo lo posible para liberarte —dijo Seigfried con determinación.
Esa noche, mientras Odette y Seigfried hablaban junto al lago, Rothbart apareció entre las sombras. Su rostro estaba torcido en una mueca de maldad y satisfacción.
—¡Ah, Príncipe Seigfried! —dijo con una voz venenosa—. Veo que has descubierto mi pequeño secreto. Pero te advierto, romper este hechizo no será tan fácil. El amor verdadero es raro, y una simple promesa no es suficiente.
Seigfried se puso de pie, enfrentando al hechicero con valentía.




El lago de los cisnes