En un reino lejano, donde las colinas verdes se extendían hasta donde alcanzaba la vista y los castillos se alzaban majestuosamente contra el cielo, vivían dos jóvenes cuyos corazones latían al unísono a pesar de las barreras que los separaban. Roy era un muchacho de origen humilde, con el cabello oscuro y ojos marrones llenos de determinación. Trabajaba arduamente en el mercado del pueblo, vendiendo frutas y verduras para ayudar a su familia. Lelis, en cambio, era la hija del noble duque de la región. Su cabello rubio y ojos verdes la hacían parecer una princesa salida de un cuento de hadas, siempre vestida con elegantes ropas que reflejaban su alta posición.
El destino quiso que Roy y Lelis se conocieran una tarde de primavera. Lelis, cansada de la vida en el castillo y deseosa de experimentar la vida fuera de sus muros, había decidido visitar el mercado disfrazada de campesina. Paseando entre los puestos, se detuvo en el de Roy, atraída por la frescura de las frutas y la amabilidad del joven vendedor.
«Buenos días, ¿en qué puedo ayudarte?» preguntó Roy con una sonrisa sincera.
Lelis, sorprendida por la amabilidad de Roy, respondió: «Solo estoy mirando, pero estas fresas se ven deliciosas.»
«Son las mejores del mercado. Aquí, prueba una,» dijo Roy, ofreciéndole una fresa jugosa.
Lelis aceptó y, al probar la fruta, sintió una chispa de alegría. A partir de ese momento, sus visitas al mercado se hicieron frecuentes, y Roy y Lelis comenzaron a conocerse mejor. Compartían historias, reían juntos y, poco a poco, se dieron cuenta de que sus corazones se acercaban cada vez más.
Sin embargo, ambos sabían que su amor era imposible. Lelis era una noble y Roy, un simple plebeyo. Sus mundos eran demasiado diferentes, y si alguien descubría su relación, las consecuencias serían desastrosas. A pesar de ello, no podían evitar verse y disfrutar de los momentos que pasaban juntos.
Un día, mientras paseaban por el bosque cercano al pueblo, encontraron un gran roble que se convirtió en su lugar secreto. Bajo sus ramas frondosas, se sentían seguros, lejos de las miradas curiosas y las reglas de la sociedad. Allí, se prometieron amor eterno y soñaron con un futuro en el que pudieran estar juntos sin temor.
Pero los sueños de Roy y Lelis se vieron amenazados cuando el duque descubrió la ausencia frecuente de su hija. Sospechando que algo no andaba bien, mandó a sus guardias a investigar. No pasó mucho tiempo antes de que los guardias descubrieran a Lelis en el mercado, hablando alegremente con Roy.
El duque, enfurecido, prohibió a Lelis salir del castillo y le ordenó que se olvidara de Roy. Lelis, con el corazón roto, fue encerrada en su habitación, mientras que Roy fue advertido de que nunca más se acercara al castillo bajo pena de castigo severo.
Desesperado, Roy buscó la manera de comunicarse con Lelis. Una noche, decidió arriesgarlo todo y se dirigió al castillo. Trepó por las paredes de piedra hasta llegar a la ventana de la habitación de Lelis. Al verla, Lelis corrió hacia él, con lágrimas en los ojos.
«Roy, mi padre no nos permitirá estar juntos,» sollozó Lelis. «Debemos encontrar una manera de escapar.»
«Lo haremos, Lelis,» dijo Roy, tomando sus manos. «Te prometo que encontraremos un lugar donde podamos ser libres.»
Cuentos cortos que te pueden gustar
El Sabor del Amor
El Sueño de Kayla
El Baile de los Colores
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.