En un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques, vivía una niña llamada Monserrat. Monserrat era conocida por ser una persona posesiva, celosa y manipuladora, pero también tenía un corazón lleno de amor para dar. En el mismo pueblo vivía un chico llamado Óscar, un joven amable y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Desde que se conocieron, Monserrat se sintió atraída por la bondad de Óscar y pronto se hicieron inseparables.
Óscar y Monserrat pasaban mucho tiempo juntos, explorando los bosques y jugando en el parque. Monserrat siempre insistía en que Óscar le dedicara todo su tiempo, y aunque esto a veces causaba problemas, Óscar aceptaba porque sentía un profundo cariño por ella. La relación entre los dos era intensa y, a veces, complicada debido a la naturaleza posesiva de Monserrat.
A medida que pasaban los meses, Óscar comenzó a sentirse cansado y débil. Al principio, pensó que solo estaba agotado por las largas caminatas y juegos, pero pronto se dio cuenta de que algo más serio estaba sucediendo. Decidió ir al médico, y tras varios exámenes, le dieron una noticia devastadora: tenía una enfermedad terminal.
Cuando Monserrat se enteró, su mundo se derrumbó. Aunque sus comportamientos posesivos y celosos seguían presentes, ahora estaban impulsados por un miedo abrumador de perder a Óscar. Intentó cuidarlo con más fervor que nunca, a veces de manera agobiante, pero siempre con la intención de que se sintiera amado y apoyado.
Óscar, por su parte, intentaba mantener la calma y disfrutar del tiempo que le quedaba. Apreciaba el esfuerzo de Monserrat, aunque a veces deseaba que ella pudiera ser menos controladora. La enfermedad avanzaba rápidamente y cada día se volvía más difícil para él. Monserrat, sin embargo, nunca se rendía. Pasaba horas leyendo sobre tratamientos y cuidando de él con una dedicación inquebrantable.
Una tarde, mientras estaban sentados en su banco favorito del parque, Óscar miró a Monserrat y le dijo: «No sé cuánto tiempo me queda, pero quiero que sepas que siempre te llevaré en mi corazón. No importa lo que pase, mi amor por ti es eterno.»
Monserrat, con lágrimas en los ojos, tomó la mano de Óscar y le respondió: «Yo también te amo, Óscar. Haré todo lo posible para que cada día que nos quede juntos sea especial. Eres lo más importante en mi vida.»
Los meses pasaron, y aunque la salud de Óscar seguía deteriorándose, Monserrat encontró maneras de hacer que cada día fuera significativo. Organizaba pequeñas sorpresas, como picnics en el parque o sesiones de cuentos bajo las estrellas. Estas actividades no solo distraían a Óscar de su dolor, sino que también les permitían crear recuerdos inolvidables.
Un día, mientras caminaban por el bosque, Óscar se detuvo y se quedó mirando un claro lleno de flores. «Este es mi lugar favorito,» dijo con una sonrisa débil. «Quiero que siempre recuerdes este lugar y pienses en mí cuando vengas aquí.»
Monserrat asintió, incapaz de hablar por la emoción que sentía. Sabía que su tiempo juntos se estaba agotando, pero quería hacer todo lo posible para que Óscar se sintiera amado hasta el último momento.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.