Cuentos de Aventura

Corriendo hacia la libertad con mi sombra en la montaña

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Irai era un niño de cinco años con pelo castaño que brillaba al sol. Cada mañana, cuando el cielo estaba azul y el sol calentaba poco a poco, Irai se despertaba con una gran sonrisa. Sabía que ese día sería especial, porque iba a salir a correr con su papá, Aita. Aita era un hombre de treinta y nueve años, con pelo moreno y corto. Llevaba siempre un pequeño pendiente de coco en la oreja, que casi siempre brillaba cuando corrían juntos entre los árboles.

La ropa de deporte estaba lista, doblada sobre la cama: un pantalón negro corto y una camiseta de manga corta para Irai, y algo parecido para Aita. También estaban sus zapatillas de trail, hechas para caminar y correr por lugares con piedras, hojas y tierra. Cuando salían de casa, los pájaros cantaban y el aire estaba fresco, lleno de olores a bosque y flores.

—¿Listo, Irai? —decía Aita sonriendo y estirando los brazos para que su hijo le diera la mano.

—¡Sí, Aita! —respondía Irai con energía.

Empezaban a correr por el camino de la montaña, sintiendo cómo sus zapatillas tocaban suave las piedras y la tierra seca. Corrían codo a codo, casi como dos sombras que bailaban al sol. A veces se paraban para mirar flores pequeñas de colores, y otras para escuchar el sonido de los pájaros.

En su aventura, el primer amigo que se les apareció fue un conejito blanco. Irai lo vio saltar entre las ramas bajas y señalando dijo:

—¡Mira, Aita, un conejito!

El conejito era tímido pero curioso. Saltaba un poco y después se paraba a mirarles con ojos grandes y brillantes. Irai se quedó muy quieto, y Aita bajó la velocidad para que el conejito no tuviera miedo. Después de un rato, el conejito saltó más alto y desapareció entre las hojas. Aita le dijo a Irai:

—El conejito es nuestro nuevo amigo del bosque. Nos invita a seguir jugando y corriendo.

Y ellos siguieron el camino con más ilusión.

Mientras corrían, también encontraron a dos pequeñas ardillas trepando muy rápido por un árbol grande. Irai gritó feliz:

—¡Mira, Aita, las ardillas! ¡Qué rápido suben!

Aita sonrió y dijo:

—Sí, son muy rápidas. Si nosotros corremos igual que ellas, ¡seremos fuertes y felices!

Irai intentó imitar a las ardillas, saltando entre las piedras y levantando mucho las rodillas al correr. Aita le animaba diciendo:

—Muy bien, Irai, cada paso es un paso hacia la libertad y la aventura.

Cuando llegaron a un lugar donde el sol tocaba el suelo entre las ramas, vieron un zorro que descansaba bajo un arbusto. No corrieron, solo caminaron despacio para no asustarlo, y Aita le dijo a Irai:

—El zorro es otro amigo del bosque, pero debemos respetarlo y no hacer ruido. Mira cómo duerme tranquilo.

Irai miraba al zorro con mucho cariño. Pensó en cómo el zorro debía sentir la libertad de estar allí, en la montaña, y cómo él mismo sentía esa libertad corriendo.

Después de un rato, el cielo empezó a llenarse de nubes blancas, pero el viento era amable y no traía lluvia. En ese momento, Aita se agachó para recoger una pequeña rama y se la dio a Irai.

—¿Quieres llevar esta rama, Irai? —preguntó Aita.

—Sí, papá —respondió Irai con alegría.

La rama era como una varita mágica para él. Imaginaron que era un bastón de explorador, que los ayudaría a descubrir lugares mágicos y secretos del bosque.

Siguieron corriendo y en un claro del bosque vieron una familia de pájaros cantores. Eran coloridos y alegres, y cantaban como si invitaran a Irai y a Aita a unirse a su fiesta. Irai aplaudió y Aita aplaudió, y los pájaros levantaron el vuelo, dejando pequeñas plumas que flotaron suavemente alrededor de ellos.

En un momento para descansar, se sentaron juntos sobre una roca grande, mirando el paisaje de montañas y árboles que parecía infinito. Aita le dijo a Irai:

—¿Ves, hijo? Aquí, en la montaña, podemos correr, jugar y ser libres. La montaña es como nuestra casa grande y bonita.

Irai abrazó a su papá y dijo:

—Me gusta mucho correr contigo, Aita. Siento que mi sombra juega conmigo y que no estamos solos.

Aita le acarició el pelo y respondió:

—Nunca estás solo, Irai. Siempre estoy aquí, y la montaña también es nuestro amigo.

De pronto, escucharon un sonido lejano. Era el murmullo de un riachuelo que corría entre las piedras. Decidieron seguir ese sonido porque sabían que el agua era refrescante y que podrían jugar allí un rato.

Al llegar al riachuelo, Irai saltó entre las piedras para no mojarse, pero en un momento perdió el equilibrio y sus zapatillas tocaron el agua fresca. Se rió mucho y Aita le ayudó a subirse a una roca segura.

—El agua está fría, pero es muy buena para el verano —dijo Aita.

Jugaron con el agua, haciendo chapoteos suaves y observando cómo las pequeñas burbujas subían hasta la superficie. Irai encontró una piedra lisa y la levantó para mirar cómo el sol brillaba en ella.

—Mira, papá —dijo Irai—, esta piedra es como un espejo pequeño.

Aita sonrió y comentó:

—La montaña nos da regalos como esta piedra y el agua clara. Siempre debemos cuidarla y quererla.

Después de una mañana llena de aventuras, era hora de regresar a casa. Irai y Aita se pusieron en marcha, corriendo con alegría y compartiendo juntos cada momento. La sombra de Irai seguía sus pasos, como un amigo invisible que no quería separarse de ellos.

Mientras volvían, Irai pensó en todos los animales con los que había jugado, en la carrera con las ardillas, en el descanso junto al zorro y en las risas hechas con el agua del riachuelo. Cada instante era un pequeño tesoro guardado en su corazón.

Cuando llegaron a casa, Irai y Aita se quitaron las zapatillas y se sentaron juntos frente a la ventana para descansar y mirar al cielo. El sol seguía brillando y en las nubes iban apareciendo formas divertidas que ellos nombraban.

—¿Sabes, Irai? —dijo Aita—, cuando salimos a correr por la montaña, no solo hacemos ejercicio. También aprendemos a querer la naturaleza y a divertirnos con los pequeños amigos que encontramos.

Irai asintió, feliz y cansado, y respondió:

—Sí, papá. Quiero seguir corriendo contigo todos los días y hacer que ese amor sea siempre grande.

Aita se puso su pendiente de coco, sonrió y le dijo:

—Así será, hijo. Siempre correremos juntos, y nuestra aventura nunca terminará.

Y desde ese día, cada mañana que el sol salía y el cielo estaba limpio, Irai y su papá, con sus zapatillas y ropa cómoda, salían otra vez a la montaña. Corrían, jugaban con los animales, escuchaban el canto de los pájaros y exploraban juntos el maravilloso bosque que era su hogar y su lugar de juegos.

Así, Irai aprendió que la naturaleza es un lugar para ser libre y feliz, y que la mejor aventura es la que se comparte con quienes más queremos.

Y de esta manera, con cada paso, con cada sombra y con cada sonrisa, Irai y Aita corrieron hacia la libertad, disfrutando juntos de su montaña mágica.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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