Una mañana soleada, en la escuela “Arco Iris”, todos los niños disfrutaban del recreo. El patio se llenaba de risas, juegos y charlas animadas. Había grupos de niños jugando a la cuerda, otros saltando a la rayuela, y algunos más corriendo alrededor del jardín. La maestra Laura, que siempre estaba pendiente, observaba con una sonrisa desde la entrada. De repente, escuchó una voz suave, que parecía un poco perdida, cerca de la puerta principal.
—Disculpen, ¿me pueden ayudar? —preguntó un niño que llevaba una mochila un poco grande para su estatura y miraba confundido a todos lados.
Los niños dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron. El niño tenía el cabello rizado y los ojos grandes llenos de curiosidad.
—¡Hola! Yo soy Mateo, soy nuevo aquí. Mi maestra me dijo que debía ir al salón de 3.º A, pero no sé cómo llegar —dijo tímidamente.
Valeria, una niña con trenza y gafas grandes que estaba con un grupo hablando sobre su próxima excursión, le sonrió.
—No te preocupes, nosotros te ayudamos —aseguró con entusiasmo.
Diego, un niño alto y siempre muy seguro de sí mismo, comenzó a contarle lo que sabía.
—Primero, tienes que entrar por la puerta principal —dijo señalando el enorme portón de madera—, justo donde estás ahora.
—Luego tienes que caminar derecho hasta llegar al patio grande, donde siempre juegan al fútbol —añadió Valeria, señalando hacia un espacio abierto con césped verde.
—Cuando estés en el patio, gira a la derecha y sigue caminando hasta encontrar los salones —intervino Luis, que había estado escuchando desde un banco.
—El salón de 3.º A está cerca de la biblioteca, y es fácil reconocerlo porque tiene un cartel con el nombre del grupo —explicó Ana, que estaba leyendo un libro bajo la sombra.
Mateo asintió, recordando cada detalle y comenzando a caminar para encontrar ese aula que pronto sería su nuevo lugar. Pero en medio del camino, se detuvo.
—Espera —dijo mientras miraba hacia todos lados—. ¿Cómo sé cuál es la derecha? ¿Y cómo puedo saber dónde está el norte? No quiero perderme de nuevo.
Los niños se quedaron pensando, sorprendidos por esa pregunta tan inteligente y difícil para ellos. Algunos miraban al sol, otros al suelo, y nadie parecía tener la respuesta clara.
Justo en ese momento, la maestra Laura se acercó, escuchando la conversación.
—Para orientarnos, podemos utilizar diferentes referencias —comenzó a explicar con calma—. Los lugares que conocemos, como la entrada, el patio, la biblioteca, son puntos de referencia. Pero también podemos usar algo que nos da la naturaleza: la posición del sol.
Los niños la miraron atentos, deseosos de aprender más.
—Por la mañana, el sol sale por el este, que es el lado por donde sale la luz —continuó la maestra—. Así que si estás frente al sol de la mañana y extiendes tu mano derecha, esa será tu derecha, y la otra será tu izquierda. También, el norte estará a tu izquierda si el sol está al este.
Mateo frunció el ceño tratando de comprender, pero la maestra prosiguió con un ejemplo divertido.
—Imaginen que el sol es un gran reloj en el cielo. Cuando un reloj marca las seis de la mañana, el sol está en el este. Si caminan hacia el sol, están caminando hacia el este. Y si giran hacia la izquierda desde esa posición, estarán mirando al norte.
Los niños sonrieron, entendiendo poco a poco, y comenzaron a probar cómo podían saber en qué dirección estaban usando el sol como guía.
—¡Eso es genial! —exclamó Diego—. Vamos a hacer una aventura y descubrir todos los puntos de la escuela usando el sol y nuestra memoria.
—¡Sí! —añadió Valeria—. Podemos hacer un mapa con dibujos para que nadie se pierda.
Así, Mateo se unió al grupo de nuevos exploradores. Empezaron caminando hacia la entrada principal con cuidado de no perderse y observando cómo el sol les ayudaba a reconocer las direcciones. Luis tomó un cuaderno viejo que tenía en su mochila y empezó a dibujar.
—Este es el portón principal —dijo, mientras hacía un gran dibujo con colores—. Ahora, seguimos derecho al patio.
Mientras avanzaban, Ana fue señalando objetos importantes para que los demás no se confundieran.
—Acá está el árbol grande donde juegan a las escondidas.
—Este camino nos lleva a los baños —dijo Valeria.
Mateo se sentía emocionado y ya no tenía miedo de perderse. Estaba aprendiendo algo muy valioso que nadie le había explicado antes.
Caminaron todos juntos alrededor del patio, verificando cada punto del mapa que Luis dibujaba. La maestra Laura también los acompañaba, guiándolos con paciencia y explicando cómo podrían usar otros elementos naturales en diferentes momentos del día.
—Por ejemplo, si están en la escuela al medio día, el sol está casi en lo más alto, cerca del sur —les dijo—. Allí, a la sombra de un edificio, pueden ver cómo las sombras cambian de dirección y eso también les puede ayudar a orientarse.
Mateo estaba encantado con toda la información y sentía que no solo estaba conociendo la escuela —que parecía enorme y un poco confusa para él—, sino que también estaba descubriendo una nueva forma de mirar el mundo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.