Había una vez, en un pequeño pueblo cerca de la costa, tres niños que compartían una amistad inquebrantable y una curiosidad insaciable por las aventuras. Oliver, un niño de tres años con un espíritu indomable, había escuchado historias de su abuelo sobre una palmera mágica que cumplía deseos. Una tarde, mientras jugaba con sus amigos, Sofía e Iraya, les propuso buscar esta palmera legendaria.
«¿Y dónde encontraremos esa palmera?» preguntó Sofía, siempre lista para una nueva aventura.
«Mi abuelo dice que está en algún lugar de las montañas de Tamasite, al otro lado de los molinos de viento,» explicó Oliver con emoción.
Con la decisión tomada en su pequeña asamblea escolar, los tres amigos, acompañados por Bardi, el leal perro bardino de Oliver, se prepararon para su gran aventura. Llenaron sus mochilas con agua, algo de comida, y una brújula que Oliver había encontrado en el desván de su casa.
El día estaba soleado, pero una brisa suave hacía que el calor fuera soportable. Pasaron junto a la Punta del Camellito, donde las olas chocaban rítmicamente contra las rocas, creando una sinfonía que parecía animarlos en su camino.
«¡Mira! ¿Eso es Tamasite?» señaló Iraya, apuntando hacia unas montañas que se alzaban majestuosamente en la distancia.
Con determinación, el grupo siguió adelante, cruzando campos de flores silvestres que teñían el paisaje de colores vivos. A medida que se acercaban a la montaña, el terreno se volvía más escarpado y el camino más difícil, pero la promesa de la palmera mágica los impulsaba a seguir.
Después de varias horas de caminata, llegaron a los antiguos molinos de viento. El sonido del viento zumbando a través de las aspas era casi hipnótico. Fue entonces cuando escucharon un ruido extraño, algo grande… algo que se acercaba rápidamente.
«¡Ay qué miedo!» exclamó Iraya, abrazándose a Sofía.
«No te preocupes, estoy aquí,» consoló Sofía, aunque ella misma sentía un cosquilleo de nerviosismo.
Oliver se acercó a Bardi, que olfateaba el aire, sus orejas tiesas como antenas. «Quizás sea la palmera que viene a encontrarnos,» bromeó, tratando de aligerar el momento.
De repente, ante sus ojos asombrados, apareció una enorme palmera… que corría hacia ellos. Sus raíces levantaban polvo a su paso y sus hojas se agitaban como si saludaran.
«¡Hola, hola!» dijo la palmera, sofocada por la carrera. «He oído sus deseos y he venido a encontrarlos.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.