Había una vez, en un rincón muy especial del aula de infantil, una caja de ceras que se sentía muy triste. Esta caja no era una caja común y corriente, sino una caja mágica y alegre que siempre estaba llena de colores brillantes. Cada mañana, cuando los niños llegaban al aula, la caja saltaba de emoción porque sabía que sus ceras ayudarían a pintar dibujos maravillosos.
Pero esta mañana era diferente. Cuando la caja de ceras se despertó, abrió su tapa con mucha emoción, pero ¡oh, sorpresa! No había ninguna cera dentro. La caja estaba vacía, sin ningún color que ofrecer. —¡Ay, qué tristeza! —exclamó la caja—. Tengo que encontrar mis ceras antes que los niños lleguen, porque sin ellas no habrá dibujos ni sonrisas.
Así que la caja de ceras decidió emprender una aventura por todo el aula. Sabía que sus ceras estaban escondidas en algún lado, pero no sabía dónde. Para hacer la búsqueda más divertida, la caja decidió buscar con rimas, porque las rimas siempre ayudaban a encontrar lo que se pierde.
Primero, la caja miró debajo de la mesa donde los niños pintaban.
—Si un color quieres hallar,
bajo la mesa lo debes buscar.
La caja bajó la tapa y asomó la vista, y vio un destellito rojo muy brillante. ¡Era la cera roja! —¡Encontré la roja!— dijo feliz, y la guardó con cuidado dentro de sí.
Luego, la caja se movió hacia la estantería baja donde reposaban los cuentos infantiles.
—Si azules quieres pintar,
en los libros los debes hallar.
Se asomó entre los libros y allí, entre cuentos de animales y hadas, apareció la cera azul brillando como el cielo en días despejados. La caja la tomó con alegría y la guardó con la roja.
Después, la caja de ceras siguió su búsqueda, el aula estaba llena de sitios donde una cera podría esconderse.
—Si el amarillo quieres hallar,
en la ventana lo puedes buscar.
La caja llegó a la ventana y vio el sol que iluminaba el aula. Al acercarse, vio una manchita amarilla sobre el alféizar. ¡Era la cera amarilla! —¡Qué felicidad!— exclamó mientras la guardaba junto a las otras.
Cuando pensaba que ya había encontrado todas, la caja se dio cuenta de que aún faltaban muchos colores. Pensó un poco y decidió buscar cerca de la pizarra donde los niños dibujaban con tizas.
—Si el verde quieres encontrar,
junto a la pizarra lo debes buscar.
Allí, detrás del borrador, descansaba pausada la cera verde, cubierta de un poquito de polvo. La caja la recogió con mucho cuidado, no quería que se perdiera más.
Al avanzar hacia la zona de las sillas, la caja se dio cuenta de que al lado de una pequeña silla de madera había algo naranja.
—El naranja está en la silla,
la sillita guarda la maravilla.
¡Era la cera naranja! La caja la tomó contenta, pues cada color que encontraba hacía que su tristeza desapareciera un poquito.
Pero todavía quedaban más colores que encontrar. Pensó que sería una buena idea mirar por los rincones de la alfombra donde los niños jugaban.
—En la alfombra juega el violeta,
busca ahí sin ninguna careta.
La caja caminó despacito y encontró la cera violeta, que descansaba junto a un muñeco de peluche. Ella la recogió con cuidado y la guardó en su interior.
Cuando parecía que el recorrido estaba llegando a su fin, la caja vio un brillo en el rincón donde estaban los cubos para ordenar.
—La cera marrón está en el cajón,
junto a los cubos espera con ilusión.
La caja se acercó y con mucho cuidado sacó la cera marrón que esperaba paciente. Ya iba encontrando un montón de colores.
Cuentos cortos que te pueden gustar
L’Aventure de Paul à Noël
Inés y Berna en el Bosque Mágico
Paula y Guillem: Aventureros del Bosque Encantado
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.