Había una vez, en un rincón muy bonito del bosque, un pequeño gusano llamado Gusa. Gusa era un gusano verde, muy risueño y, aunque era chiquito, tenía mucha energía y siempre quería jugar. Un día, algo especial pasó: mientras Gusa caminaba despacito por el suelo del bosque, vio una hoja grande y colorida. Era una hoja de otoño, con colores rojos, amarillos y naranjas que brillaban bajo el sol.
Gusa se emocionó mucho al ver esa hermosa hoja. «¡Qué bonita es!», pensó. Y decidió que quería jugar con ella. Con mucho cuidado, empezó a arrastrar la hoja por el suelo. La hoja crujía suavemente cuando Gusa la movía. Gusa reía y se sentía muy feliz, porque la hoja era perfecta para jugar.
Pero de repente, un suave soplo de viento comenzó a soplar por el bosque. Se llamaba Vienti, y era un viento travieso, pero amigable. Vienti notó a Gusa con la hoja y decidió que sería divertido darle un pequeño giro a su juego. Entonces, con un suave airecito, levantó la hoja del suelo y la levantó, llevándola por el aire. La hoja volaba y giraba, bailando en el viento como una mariposa colorida.
Gusa miraba con sorpresa. “¡Oh, no! La hoja… se está yendo volando”, dijo un poco triste. Quería su hoja de vuelta para seguir jugando. Pero Vienti solo sonrió y dijo con su voz suave: “No te preocupes, Gusa, tu hoja está haciendo un pequeño viaje, y volverá a ti. Confía en mí”.
Mientras la hoja bailaba en el aire, bajó un poquito y cayó con cuidado en un charquito de agüita cristalina. Allí esperaba alguien muy especial llamado Plof. Plof era un duende del agua, pequeñito y amable, con los pies siempre mojados y una sonrisa brillante. Cuando vio la hoja caer y mojarse, la recogió con mucho cuidado y dijo: “Esta hoja debe volver con Gusa. Le ayudará a jugar y a sonreír otra vez”.
Plof se acercó al bordecito del charco y justo en ese momento pasó Eri, un erizo simpático que caminaba con sus patitas entre las hojitas secas del bosque. Eri tenía sus pinchos suaves y sus ojos curiosos.
“¡Hola, Eri!”, saludó Plof. “¿Puedes ayudarme? Tengo esta hoja que pertenece a Gusa, el gusano. ¿Podrías llevarla para que le devuelvan la alegría?”
Eri sonrió y asintió con su naricita. “Claro que sí, Plof. Gusa mi amigo, y me gusta ayudar”, dijo con alegría. Así que Plof le pasó la hoja, bien envuelta en un poco de agua para mantenerla fresca y bonita.
Eri caminó muy despacio por el bosque, con la hoja sobre su lomo. El recorrido fue divertido, porque Eri y la hoja cruzaron caminos con muchos otros animalitos: una mariquita roja que cantaba, un ratoncito que buscaba semillas, y hasta una hermosa rana que saltaba sobre unas piedras. Todos admiraban la preciosa hoja que llevaba Eri, y todos esperaban ver a Gusa feliz con su hoja de colores.
Cuando Eri llegó donde Gusa, lo encontró todavía mirando hacia donde había volado la hoja hace un rato. Gusa estaba un poco inquieto, pero también emocionado de ver a Eri con algo entre las patas.
“¡Eri! ¡Veniste!” dijo Gusa muy contento, con una gran sonrisa en su carita verde. “¿Traes algo para mí?”
Eri bajó despacito la hoja frente a Gusa y dijo: “Aquí está tu hoja, Gusa. Plof me la dio para devolvértela. La hoja viajó con Vienti, el viento, y gracias a todos, puedo dártela de nuevo”.
Gusa se puso muy feliz. Cogió la hoja con su pequeño cuerpo y empezó a jugar de nuevo. La arrastró, la giró, la olió (sí, los gusanos pueden oler un poquito) y hasta la escondió debajo de una ramita para que estuviera segura.
—¡Gracias, Eri! —dijo Gusa con gratitud—. Y muchas gracias también a Vienti y a Plof. Sin ustedes, no tendría mi hoja otra vez.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.