Había una vez una familia muy alegre que vivía en una pequeña ciudad llena de sol y color. En esa familia estaban Shantall, una niña muy curiosa y divertida; Erick, su hermano mayor, siempre lleno de energía; y Dereck, el más pequeño de todos, que siempre estaba sonriendo. Junto a ellos, vivían su mamá y su papá, quienes cuidaban de todos con mucho amor y alegría.
Un día muy especial, la familia logró algo que había deseado durante mucho tiempo: ¡una casa propia! Era una casa bonita con un gran jardín donde podían jugar, correr y hacer muchas actividades divertidas. Todos estaban muy emocionados por esta nueva aventura que comenzaba para ellos.
El día en que se mudaron a su nueva casa fue uno de los más felices. Mamá y Papá habían preparado todo con mucho cuidado, y cuando llegaron, Shantall y Erick salieron corriendo por el jardín, explorando cada rincón. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y el viento hacía que las hojas de los árboles bailaran suavemente.
—¡Mira qué grande es este jardín, Erick! —exclamó Shantall, corriendo de un lado a otro—. ¡Aquí podremos jugar todo el día!
Erick, que siempre estaba listo para cualquier juego, sonrió y propuso que comenzaran a jugar con la pelota. Mientras tanto, Mamá y Papá empezaron a organizar una rica comida en una mesa de picnic que habían puesto en el jardín. Dereck, que aún era muy pequeño, reía desde los brazos de su mamá, encantado de ver a sus hermanos jugando.
—Vamos a hacer una comida deliciosa para celebrar nuestro nuevo hogar —dijo Papá, mientras preparaba una ensalada fresca.
—Y haremos pasteles para el postre —añadió Mamá, sonriendo—. Quiero que este día sea inolvidable para todos.
Shantall y Erick seguían jugando a la pelota, lanzándola de un lado a otro mientras reían sin parar. A veces, la pelota rodaba demasiado lejos, y Shantall tenía que correr tras ella, pero cada vez que la atrapaba, ambos reían aún más fuerte. El jardín estaba lleno de flores de colores y árboles altos, lo que lo convertía en el lugar perfecto para tantas aventuras.
—¡Mira, mamá! ¡Mira, papá! —gritaba Shantall—. ¡Erick y yo somos los mejores jugando a la pelota!
Papá levantó la vista de la comida que estaba preparando y les sonrió.
—¡Lo están haciendo genial! —respondió con entusiasmo—. ¡Pero guarden un poco de energía para después del almuerzo, porque haremos algo muy divertido!
Los ojos de Shantall y Erick brillaron de emoción. Sabían que cuando Papá decía algo así, era porque tenía una sorpresa preparada para ellos.
Después de un rato, Mamá anunció que la comida estaba lista. La mesa del picnic estaba llena de delicias: ensaladas, frutas, carne asada y, por supuesto, los pasteles que Mamá había preparado con tanto amor. La familia se sentó junta bajo la sombra de un gran árbol, disfrutando de la deliciosa comida y de la brisa suave que soplaba.
Mientras comían, Papá les contó historias sobre sus propias aventuras cuando era niño. Les habló de cómo jugaba a construir castillos imaginarios en el jardín de su casa y de todas las travesuras que hacía con sus amigos. Shantall y Erick lo escuchaban con los ojos muy abiertos, imaginando cada historia como si fuera un cuento mágico.
—¿Sabes, papá? —dijo Erick mientras tomaba una rebanada de pastel—. ¡Nosotros también vamos a tener muchas aventuras en este jardín! Podemos construir una casa del árbol, o un fuerte, o una tienda de campaña, ¡o todo eso junto!
Papá rió, encantado con la idea.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.