Christian Fernando tenía seis años y era un niño muy inteligente. Le encantaba aprender cosas nuevas y, sobre todo, le fascinaba bailar. Cuando escuchaba música, no podía evitar mover sus pies, girar en círculos y saltar alegremente. Su hermana menor, Ana Patricia, que apenas tenía cuatro años, era una niña muy curiosa, siempre haciendo preguntas y explorando cada rincón de la casa. Ella era traviesa, a veces metiéndose en líos, pero su sonrisa dulce hacía que todo se olvidara en un instante.
Los días para Christian Fernando y Ana Patricia eran divertidos, pero también un poco solitarios durante la mañana y la tarde, porque su mamá era maestra y pasaba muchas horas en la escuela preparando clases y atendiendo a sus alumnos. Pero a pesar de que su mamá casi no tenía tiempo para ellos, había algo que hacía que las tardes fueran mágicas: la abuela Amparo. Ella cuidaba a los niños por las tardes, cuando la mamá tenía que trabajar, y les contaba historias maravillosas que hacían volar su imaginación.
Las tardes con la abuela Amparo siempre comenzaban con risas, juegos y bailes. Christian Fernando enseñaba a Ana Patricia algunos pasos que había aprendido en la escuela de baile, y la abuela los miraba con ojos brillantes y una sonrisa que contaba historias sin que nadie la interrumpiera.
Una tarde, después de merendar juntos galletas y leche tibia, la abuela se sentó con ellos en el sillón y les dijo con voz suave: —¿Quieren que les cuente una aventura que nunca han escuchado? Una de esas que se parecen a los cuentos que mamá les cuenta por las noches.
Christian Fernando y Ana Patricia se acercaron emocionados y se acomodaron entre las mantas. La abuela comenzó a contar:
—Había una vez, en un bosque muy lejano, dos hermanos que se llamaban Martín y Lucía. Martín era valiente y fuerte, mientras que Lucía era rápida y muy astuta. Vivían en una pequeña cabaña con su mamá, que solía contarles historias antes de dormir, como las que su mamá les cuenta a ustedes.
—¿Qué historia les contaba su mamá? —preguntó Ana Patricia con los ojos muy abiertos.
—La historia de los tres cerditos —respondió la abuela—. Pero esta vez no es la historia común, esta es una aventura diferente. Martín y Lucía, después de escuchar la historia, decidieron que querían construir sus propias casas para protegerse del lobo grande y feroz que rondaba el bosque.
Christian Fernando saltó emocionado y dijo: —¡Como en el cuento que mamá nos cuenta! ¡Pero me gusta que sea diferente!
La abuela continuó:
—Sí, pero esta vez Martín y Lucía no solo querían protegerse, sino que también querían descubrir de dónde venía ese lobo y por qué siempre quería asustar a los cerditos. Así que un día decidieron que, después de construir sus casas, se embarcarían en una aventura para conocer al lobo.
Ana Patricia abrazó a Christian Fernando y susurró: —¿Y cómo construyeron sus casas?
—Muy bien, porque Martín era fuerte, construyó una casa de madera sólida, que crujía con el viento pero resistía. Lucía, que aprendió a ser muy astuta, hizo su casa con piedras pequeñas y cemento, muy bien pegados para que nada pueda entrar.
La abuela Amparo sonrió y dijo: —Un día, cuando estaban terminando sus casas, escucharon un ruido que los asustó. Era un gruñido profundo, un «¡grrrrrrr!» que parecía venir de todas partes. Los hermanos se miraron y supieron que había llegado la hora de la aventura.
Christian Fernando se levantó e imitó el gruñido del lobo, causando que Ana Patricia se riera a carcajadas.
—Luego —continuó la abuela—, Martín y Lucía salieron de sus casas con una mochila cada uno. En una pusieron una lupa, para ver mejor; en la otra, un mapa del bosque que la mamá les había dado.
—¿Un mapa? —interrogó Christian Fernando— ¿De dónde lo sacaron?
—De un cofre antiguo que encontraron en la cabaña —respondió la abuela—. Ese cofre había pertenecido a su abuelo, un explorador que también les dejó muchas aventuras en sus historias.
La abuela describió cómo los hermanos se internaron en el bosque, escuchando los sonidos del viento entre las hojas, el cantar de los pájaros y el crujir de ramas bajo sus pies. La naturaleza los llenaba de energía y los inspiraba a seguir adelante.
De repente, mientras seguían el mapa, Martín y Lucía encontraron un lago brillante, tan claro que podían ver a los pececitos nadando. Allí, en la orilla, encontraron unas huellas grandes y profundas que no parecían de ningún animal que conocieran.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.