En la remota y hermosa región de Gorish, donde las montañas se elevaban majestuosas como gigantes dormidos, vivían Maribel y su hija Carlita. Ambas tenían una tarea importante, cuidar de su rebaño de ovejas que graznaban suavemente mientras pastaban en los verdes pastizales que cubrían el valle. Aquella mañana, como muchas otras, Maribel y Carlita salieron con sus carneros al amanecer para pastar las ovejas antes de que el calor del sol se hiciera intenso.
La brisa era fresca y el sol apenas acariciaba las cumbres de las montañas que custodiaban el lugar. En Gorish, dos montañas sobresalían entre las demás, Tayta Chauwa y Tayta San Cristóbal. Los pobladores del pueblo decían que esas montañas tenían vida, que podían hablar en quechua y contaban historias mágicas a quienes supieran escucharlas.
Mientras Maribel y Carlita vigilaban pacientemente a sus ovejas, que rumiaban tranquilas en la hierba, comenzaron a notar que algunas de ellas se apartaban del grupo. Contaron el rebaño unas cuantas veces y se dieron cuenta de algo que les hizo el corazón latir con fuerza: ¡Faltaban veinte ovejas! La preocupación creció rápidamente. Las ovejas eran muy valiosas para ellas; eran su sustento y compañía.
Maribel, con una expresión seria pero decidida, le dijo a Carlita: «No podemos esperar hasta mañana para encontrarlas, hija. Debemos ir a buscarlas ahora mismo». Carlita asintió con el ceño fruncido, pero lista para acompañar a su madre. El sol comenzaba a descender, y pronto la luz se haría escasa.
Caminaron hacia donde habían visto moverse algunas ovejas, avanzando entre arbustos bajos y rocas, siguiendo leves huellas en la tierra. La tarde se volvió noche y el cielo de Gorish se llenó de estrellas titilantes que parecían parpadear solo para ellas. De repente, a la orilla de un acantilado, encontraron una pequeña cueva. Parecía un refugio perfecto para pasar la noche, y la única opción posible, porque todavía no habían encontrado las ovejas.
“Entramos aquí, Carlita. Guardémonos del frío y la oscuridad hasta que el sol nos ayude a continuar.” La pequeña cueva olía a humedad y tierra, pero era un lugar seguro. Encendieron una pequeña fogata con palos secos y hojas caídas, y el calor les envolvió las manos y los cuerpos. Entonces, desde el interior de la cueva, oyeron un sonido lejano, como si alguien susurrara en quechua.
Maribel se quedó quieta, sorprendida, y se levantó para mirar hacia la abertura. En la oscuridad de la noche, las siluetas de las montañas Tayta Chauwa y Tayta San Cristóbal se recortaban en el horizonte, quietas e impresionantes.
—Carlita, ¿lo escuchas? —preguntó Maribel suavemente—. Esas son las montañas… ¡están hablando!
Carlita, con los ojos muy grandes, asintió y respondió con una sonrisa emocionada:
—¿Podemos entenderlas, mamá?
Maribel asintió y se sentó, aceptando el momento mágico. Poco a poco, las voces se hicieron un poco más claras, y desde el valle llegaron las palabras en quechua, el idioma ancestral de su pueblo.
“Ñuqanchik kaypi kachkan”, comenzó Tayta Chauwa, la montaña mayor, con una voz profunda y tranquila que retumbaba como un eco lejano, “llapa llamk’achiykuna, llamk’amunaykuna, sutinchik imaymana”.
(«Aquí estamos nosotros, todos los trabajadores, los que amamos trabajar, nuestro nombre es amor.»)
Maribel y Carlita repitieron las palabras en susurros y respondieron con respeto.
No solo eran voces; era como si la misma montaña respirara y compartiera su sabiduría. Tayta San Cristóbal, por su parte, añadió con un tono más suave, un susurro que parecía acariciar el viento:
“Ama qhuchu, ama llulla, ama suwa. Kay pachakuna qochka kanki, kawsaychakunata rikuchkanichis.”
(«No seas perezoso, no mientas, no robes. En estas tierras encontramos belleza, nos ayuda a vivir con dignidad.»)
Entendiendo el mensaje, Maribel y Carlita se dieron cuenta de que las montañas no solo hablaban sino que les guiaban.
Con renovada esperanza, Maribel dijo:
—Vamos, Carlita, debemos buscar nuestras ovejas mañana al amanecer. Pero hoy, estas palabras de las montañas serán nuestra fuerza.
La mañana llegó con el canto del gallo y el resplandor dorado que se filtraba entre las hojas. Maribel y Carlita salieron de la cueva, y aunque la búsqueda era difícil, se sentían acompañadas y alentadas.
En el camino, encontraron a un hombre del pueblo, llamado Rumi, quien se dedicaba a cuidar el agua y las fuentes de la región. Rumi se unió a ellas con gusto y les contó que esa noche él también había escuchado las voces de las montañas.
—Tayta Chauwa y Tayta San Cristóbal siempre están atentos —dijo Rumi—. En Gorish, parece que la tierra está viva y quiere ayudarnos a cuidarla.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.